Juana Paula Manso nació en Buenos Aires el 26 de junio de 1819, o sea que esta jovencita de avanzada, cumple ya doscientos años. Se la menciona como educadora, escritora y precursora del feminismo. Consideraciones más que suficientes como reconocimiento. Es verdad que fue “precursora” en muchas cosas. Entre otras en ganarse la crítica de su entorno, especialmente de las mujeres de su época. No es fácil hoy esto de ser mujer con carácter y convicciones: por qué habría de serlo en aquellos días. Mucho menos si se trata de defender la opinión y los derechos en todos los ámbitos, el laboral por ejemplo; arengando derechos desde el “estrado”, un espacio de poder propio de los hombres, desde donde aconsejaba a las mujeres no estar tanto frente al espejo para complacer. Sabemos qué significa, aun hoy, enfrentarse al patriarcado reinante tanto en hombres como en mujeres.

Si bien Juana Paula tuvo una educación convencional, creció en medio de los intelectuales de su época. El más cercano fue su padre José María Manso, que participó y sostuvo el espíritu revolucionario de1810. La formaron también su cercanía a José Mármol, Esteban Echeverría, De Luca. Podría incluirse a Juana dentro de aquel grupo considerado “los Románticos”. Sin embargo, se la continúa viendo como a la mano derecha de Sarmiento. Y este parece ser su mayor reconocimiento o logro.

El mismo Sarmiento, en una carta a Mary Mann, educadora estadounidense, escribe en 1866: “Sobre Juana Paula Manso pocos datos puedo suministrar, pertenece a una familia decente de Buenos Aires; fue casada con Noroña; ha estado en Filadelfia. En 1858 la coloqué en una escuela de ambos sexos, siendo ministro Mitre, a fin de aprovechar su conocida instrucción y honrar en ella al talento; pues es la única mujer que se consagra a las letras…”. Palabras más o menos al fin parece reconocerla. Sin embargo, en renglones siguientes  le dedica otras palabras como elogio: “Juana Manso ha sido el único hombre, entre todo Chile y Argentina, capaz de comprender mis ideas sobre educación”. “El único hombre” dice, pecando por omisión cuando refiere: “la coloqué en 1858”, sin considerar que en 1854, cuando la conoció, Juana había creado varias escuelas, la primera, veinte años antes, una para señoritas argentinas en el exilio en Montevideo y luego otra en Río de Janeiro.

Apenas asume Rosas la gobernación de Buenos Aires, José María Manso, su padre, opositor al gobernador, debe exiliarse en Montevideo. Poco después Juana con su madre y hermana viajan a Montevideo. Todo parece encaminarse, pero pronto el general Oribe, partidario de Rosas, echa a los argentinos del paisito oriental y deben trasladarse a Río de Janeiro. Al caer Rosas, las familias argentinas regresan a Buenos Aires en el buque Manuelita Rosas. Y entre los tantos exiliados, Mariquita Thompson.

Juana Paula decide quedarse. Había creado un colegio y contrajo matrimonio con Francisco de Noroña, portugués. Su esposo es concertista de violín y parten en gira musical por Estados Unidos y Cuba. Ella lo acompaña en el piano, había estudiado con el maestro Juan Pedro Esnaola. Durante los años de gira nacen sus dos hijas, y les va tan mal económicamente que deben volver a Brasil. Muy pronto Noroña las abandona. Con dos hijas, sin marido y sin recursos más allá de su talento Juana regresa a Buenos Aires. Situación imperdonable en nuestra pacata aldea a orillas del Plata.

Sarmiento la convoca para trabajar a su lado. Juana escribe los Anales de la Educación, funda el primer colegio mixto y la biblioteca de Chivilcoy, que se inaugura el mismo día que ese tramo del ferrocarril. Con sus propios recursos publica su Álbum de Señoritas, que incluye consejos varios a las mujeres. Envía unos números como obsequio a la Sociedad de Beneficencia dirigida por Mariquita Sanchez, viuda de Thompson y ya casada con Mendeville. La señora rechaza el paquete sin abrir. Extraña rivalidad la de Mariquita, dado que ambas familias han sido unitarias y aunque con distintas edades, ambas pregonan derechos hacia las mujeres, se muestran preocupadas por la educación y son amantes de las letras. Juana había estudiado en la escuela de La Piedad que pertenecía a la Sociedad de Beneficencia, por lo que habría sido educada según los códigos de las damas porteñas. Las señoras de la Sociedad de Beneficencia rechazan a Juana Manso cien años antes de rechazar a Eva Duarte. Falta de solidaridad de género que en realidad, como bien sabemos, hace parte de la lucha de clases.

Mucha mujer

Cuando sugerí a Editorial Sudamericana una novela con Juana Paula como protagonista, la editora me respondió: “Y qué puede tener de interesante la vida de una mujer vieja, gorda y fea”. Acotación desagradable viniendo de otra mujer. Ese desafortunado comentario despertó más aún mi deseo de una novela, no solo poniendo énfasis en la trayectoria de la educadora sino creándole a la mujer un entorno no siempre adverso, uno más amable que el que se cuenta en sus escasas biografías. Licencia de narradora.

Imposible creer que una mujer con esa fuerza e inteligencia, con tamaña personalidad, que practicara arte dramático, que fuera concertista de piano, que hubiera compuesto óperas, escrito novelas, poesía, el primer manual de Historia Argentina y La familia del comendador -de fuerte contenido antirracista-, que había viajado tanto, no hubiera vivido días más interesantes y felices que los que viviera con el exilio, el abandono del padre de sus hijas, la falta de respeto de sus coetáneas y el dudoso reconocimiento de Domingo Faustino Sarmiento, su empleador, porque su mentor no fue.

Juana Paula Manso era una mujer formada intelectualmente y conformada cuando conoció a Sarmiento, aun cuando él, creyendo que le ofrecía un gran elogio o reconocimiento, la definiera como el único hombre en todo Chile y Argentina capaz de reconocer su idea de educación… Ella tenía su criterio propio.

Aunque las féminas patricias o damas porteñas no la apoyaron, Juana tuvo una gran amiga que la acompañó hasta el último día y más. Otra “mucha mujer” que también fuera repudiada por las de su género: Juana Manuela Gorriti, que sostenía: “Cuando cumplo con un deber no tengo miedo a nada.”

Ambas pelearían por sus convicciones. La Manso no era católica sino protestante, motivo por el cual en su lecho de muerte se negó a confesarse y a recibir los santos óleos. Las mujeres que la habían denostado se acercaron a su lecho de muerte demandándole que debía bautizarse y recibir la extremaunción. Terca, o consecuente en sus decisiones, el 24 de abril de 1875 Juana Paula murió sin conformar a las señoras ni a la Iglesia. Motivo por el cual no podía ser enterrada en el cementerio general, propiedad de los católicos. Fue Juana Manuela Gorriti quien moviendo cielo y tierra logró que Juana Manso fuera recibida en el cementerio de disidentes.

Silvia Miguens

Cómo se atreve

Para concluir este pequeño homenaje, les dejo unos párrafos de Cómo se atreve, novela que dediqué a Juana Paula Manso, entremezclando sus palabras y pensamientos con los míos:

“Dicen que soy vieja, gorda y fea, y no me extraña. Qué mejor que mostrarme igual a ellos también en su aspecto desangelado y ocre. Ocre, como ha dicho Sarmiento que soy. Y puede que, por esto de emularlos y situarme a sus alturas, Sarmiento haya dicho también que yo, Juana Paula Manso, he sido el único hombre entre cuatro millones y medio de habitantes, entre Chile y la Argentina, capaz de comprender su obra de educación. Así me ha definido Sarmiento, como el único hombre capaz. Además sostiene que, ‘inspirándome en su pensamiento, he puesto el hombro a este edificio siempre a punto de desplomarse’. ¿Es que hay otro modo de ver nuestro país? ¿Podríamos haberlo visto de otro modo? ¿Podremos? ¿Cuándo? Algo habrá, sin duda. Puede que yo haya sido el único hombre capaz y puede que sea tan ocre como él y tantos otros cercanos a él, puede que me les parezca de algún modo, más aún de lo que yo misma creo. Por qué no… Sin embargo, existe otra verdad nunca dicha con respecto a mí y es que la inspiración, en tiempo y en distancia, me ha llegado desde mucho más allá del peso o el dominio de Sarmiento, de su ideología, de su pensar, de lo que él y tantos han definido ‘su potestad, su influencia’; es que cada uno es lo que es y no lo que debiera ser. Y aun otra verdad: mi condición de mujer ocre la he adquirido de tanto frecuentar a hombres como él. Pero no siempre he sido así. Recuerdo que un atardecer, en Cuba, en casa de los Quesada Loynás, pasando por detrás de aquel grupo de señores enfrascados en la bebida y sus vanidades, le escuché decir a don Germán Castro:

—¡Qué tanta vaina, la señora de Noronha es intelectual y sin embargo no es fea!

En la luna del espejo los vi sonreír por detrás de mí, observando como al desgaire la muselina blanca de mi falda. Aquel día, atardecer en realidad, fue cuando comprendí que nunca encontraría el porvenir enfrentándome con dedicación al espejo sino enfrentándome con particular esmero a mis congéneres, afines o equivalentes, semejantes o análogos, paralelos o simétricos, los hombres. De todos modos no es fácil… bien se sabe que ‘la mujer es esclava de su espejo, de su corsé, de sus zapatos, de su familia, de su marido, de los errores y de las preocupaciones, que sus movimientos se cuentan y sus pasos se miden’”.

“Mujeres, me pregunto desde entonces, ¿por qué se condena su inteligencia a la noche densa y perpetua de la ignorancia?; ¿por qué se ahoga la conciencia de su individualismo, de su dignidad como ser que piensa y siente? ¿Por qué reducirla al estado de hembra cuya única misión es perpetuar la raza?”.

“¿Qué hemos venido a hacer al mundo? ¿Hemos reflexionado alguna vez sobre esto? Un niño que nace en la ignorancia y en ella crece, cuando llega a ser grande ¿cómo habrá contribuido al progreso de esa especie ni de su raza?”

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