Lejos de la academia. Lejos de las Bellas Artes. Una escena trágica bañada en sangre de mujer. Sangre que redunda en todo el lienzo, en la cama, en el cuerpo extremo, desnudo, despojado de sensualidad, en el cuerpo adentro, lastimado, ultrajado; en las sábanas, en las paredes, en el marco, en el piso… una escena sangrienta que termina salpicando el rostro del que la contempla. “Unos cuantos piquetitos”[1]… apenas. Según la policía fueron 20 puñaladas. Frida Kahlo traslada, al arte popular mexicano, la noticia que lee en la prensa y transcribe la defensa que esgrime el marido en tribunales, a una banda suspendida en el aire por palomas, donde se lee: “Unos cuantos piquetitos”.

Los exvotos son ofrendas hechas en México a la Virgen, a Jesús o a un santito, en cumplimiento de una promesa para que ocurra un milagro, o en agradecimiento por un favor recibido ante una desgracia o accidente. Objetos colgados o pintados recreando escenas de enfermedad, catástrofes, necesidades o bendiciones. Tienen como antecedente figuras de barro o bronce encontradas en santuarios y lugares de culto en las civilizaciones egipcias y mesopotámicas. Símbolos de haber recibido un don o de haber solicitado una curación o gracia a una divinidad que se supone milagrosa. Un exvoto es diálogo entre los hombres y mujeres con los dioses cuando ya no se puede apelar a la naturaleza o a la ciencia. Es un ruego, una súplica, un reconocimiento siempre. Es una urgencia ante la angustia de la vida. Es una invocación con un doble juego de reciprocidad para la obtención de un beneficio sobrenatural, milagroso y a cambio… la devoción permanente. El catolicismo los adopta y encuentra tierra fértil en México, en infinidad de imágenes sobre las advocaciones de la Virgen, santos y mártires. Los exvotos también son documentos que narran la historia de los pueblos, sus revoluciones y luchas, colectivas e individuales. Registros populares de otras tantas violencias sustanciadas en láminas.

Frida Kahlo pinta cuadros del México prehispánico y otros con la impronta de los exvotos y  pudiera leerse en ellos, quizás, una negociación entre la vida y la muerte, con el tormento y la tristeza, sin mediación divina, diálogo exento de fe, crudo, valiente. Hay quienes quieren ver también una metáfora de sus sufrimientos espirituales, de sus angustias, de las infidelidades de Diego, de su propio dolor[2].

La figura de Frida Kahlo despierta siempre controversias, interpretaciones encontradas, argumentos contradictorios y todo a la vez. ¿Frida Kahlo se pinta? ¿Es su espejo, modelo para la realización de sus obras? ¿Es autorreferencial?[3] ¿Son todos sus cuadros autorretratos o tal vez metáforas de lo universal femenino? ¿Traduce el dolor propio o el dolor de todas las mujeres ante infinidad de violencias domésticas, callejeras, laborales, mediáticas, psicológicas, violencias silenciosas y silenciadas que se materializan sobre ellas, día a día? Frida Kahlo se pinta y pinta exvotos pero, por sobre todo, pinta la vida misma. Frida Kahlo es mujer, luchadora innata ante la adversidad… y artista.

“Unos cuantos piquetitos” no pide milagros ni gracias, su exvoto no tiene redención alguna. Es el registro de un crimen atroz, de la violencia más absoluta sobre el cuerpo de una mujer. Sin calificativos. Un feminicidio más, con todos los atributos de exceso, locura y desborde que lo caracterizan.De los cuantos que se cometen en México, en Latinoamérica, en el mundo[4]. De los cuantos que se cometen desde siempre.

Silvia Perouch

Frida Kahlo tampoco pide aplausos, es mucho más que una artista tratando de exorcizar sus penas, miedos y dolores. Transgresora por naturaleza, desafía las costumbres de su tiempo y lidera, con sus acciones y obras, a muchas mujeres de esta época. Resquebraja estereotipos de belleza femenina, pintándose tullida, enferma, con cejas tupidas, vellos sobre los labios. Vestida de varón o con trajes tradicionales mexicanos[5]. De pelo corto al ras, sin aditamentos ni afeites, despojada total o llevando a cuestas el vestuario rico, infinito, diverso de su cultura. Combativa siempre, rompe con las ideas preconcebidas para el género. Mujer independiente, libre, pinta sus desgracias, sus abortos, sus accidentes, sus amores, sin entrar en ningún desánimo ante los obstáculos de la vida. Frida Kahlo se reconoce bisexual, tiene relaciones con hombres y mujeres pero por encima de todo, ama, respeta, admira e idolatra, profunda, total y sin mezquindades a Diego Rivera. Algunas feministas la tildan, por eso, por “sojuzgarse amorosamente a quien le propinó los momentos más felices de su vida y las desgracias y pesadumbres más entrañables”, de ser un contraejemplo del feminismo y proclaman y levantan pancartas por las calles que dicen “Abandona a tu Diego Rivera”, en son de crítica y rebajando su historia, sacándola de contexto, de época, ninguneando y reduciendo el valor del amor irrestricto, total, de entrega, que pocas veces la vida te ofrenda, a historias irredentas de mezquindades, desatinos, humillaciones, resignaciones y violencias. No es esa la relación que mantiene con su querido y adorado Diego[6]. No es esa la apuesta de ambos a pesar de los fracasos, las traiciones, las infidelidades y el pesar infinito, quizás de ambos. Frida encabronada, fuerte, retadora, colérica… nunca sumisa. Frida adorada, “la niña de sus ojos”, Fridita, dando y recibiendo estocadas y golpes de la vida, reincidiendo en Diego, es cierto, y Diego en Frida… también hay que decirlo.

Frida Kahlo milita múltiples revoluciones, una primera que estrena apenas a los 6 años cuando la poliomielitis hace estragos en su cuerpo[7]. Así inicia la revolución del rehacerse permanente… cuando un accidente vuelve a sembrar de muertes su cuerpo[8]. Pero ella no desfallece, encuentra en esos sufrimientos su fortaleza, su coraje, y renace en el amor, en el socialismo y en las artes. Porque el arte le reconoce a Frida su irreverencia, su natural surrealismo[9], sus pinturas autobiográficas, plenas de realismo y magia. Porque Frida revoluciona en cada encuentro con Diego (al que ella califica de un accidente en su vida) y revoluciona también en cada separación. Revoluciona, ama y no se quiebra, renace entre cirugías, dolores, ballenas y corsés, reverdece gigante desde sus flaquezas.

Frida Kahlo no es un estandarte del feminismo, o no solo, porque su lucha trasciende los géneros. La lucha de Frida es lucha por la vida, intensa, profunda, sin regateos. Su obra documenta con precisión fotográfica la realidad. No es onírica su pintura aunque sea a veces alucinatoria y pareciera un desborde de fantasías, delirios y pesadillas.

“Unos cuantos piquetitos” tampoco es una obra más del arte popular, contiene un tema reincidente en la vida cotidiana de un México infectado de machismos. No es la obra ingenua o naif de una burguesita de Coyoacán. Frida tiene una vida política, comunista y activista reconocida, y desde hace tiempo, cuando pinta este cuadro para ni siquiera sospecharlo. Sería simplista y lineal no leer la crítica que Frida sangra, gota a gota. Con este cuadro realiza una denuncia que excede su propia historia, y hay que señalarlo a quienes quieran ver en él una metáfora más de su biografía.

Porque Frida lucha por la vida pinta la muerte, a pinceladas de sangre, obsesionada, al detalle, con técnica minuciosa. Pinta en la cama, sentada, acostada, reflejada en un espejo, amarrada a una silla de ruedas, clavada a columnas de acero que la sostienen, amputada, atravesada por un barral de tranvía. Pinta costillas rotas, pelvis aplastadas, hijos destruidos, fracturas, ilusiones abortadas[10]. Pero una visión de Frida sufriente es reducirla a algunos aspectos que signaron su vida. Porque en definitiva Frida bebe de esa manera la vida, a sorbos y a borbotones, hasta la borrachera.

Frida Kahlo lucha por los derechos universales. Por eso no podemos olvidamos de Frida militando, amando, cantando, cocinando, gritando, bebiendo, gozando. No podemos olvidarnos de su México, su gente, sus revoluciones, sus calaveras, sus retablos, sus olores. No podemos hablar siquiera… si no conocemos los colores, los mercados, las catrinas, las atmósferas, los azules, las rupturas, los prejuicios, las clases sociales, los huipiles, los alcatraces, las chinampas, los colibríes, los corridos, los tequilas, los mariachis y los mezcales. México se prueba, se descubre, se goza, se padece, no se juzga. México y Frida son una paradoja que angustia, que revela y sacude, que redime, son las mil revoluciones nacientes y sofocadas pero nunca vencidas que muestra la historia y su historia, poesía molida en los molcajetes[11] de sus ancestros mestizos.

México y Frida… se sudan. ¡Cabrones![12]


Bibliografía

Herrera, Hayden (1984). Frida: una biografía de Frida Kahlo. México: Diana. ISBN 978-968-131-684-6.

Kettenmann, Andrea (1999). Frida Kahlo. Taschen. ISBN 3-8228-6548-6


[1] “Unos cuantos piquetitos” (1935), se basa en una noticia que Frida lee en un periódico local: una mujer es asesinada por celos y en su defensa el hombre declara “solo fueron unos cuantos piquetitos”. El impacto por la crueldad explícita en estas palabras hace que, una vez más, la ira sea vehículo para su pintura.

[2] 1933. Rivera tiene un romance con Cristina, la hermana pequeña de Frida. Anteriormente hubo otras infidelidades por parte de Rivera, pero esta aventura con Cristina afecta mucho a Frida y supone un giro determinante en sus relaciones de pareja. Aunque llegan a superar sus desavenencias, Frida inicia otras relaciones amorosas tanto con hombres como con mujeres que continúan el resto de su vida. Rivera muestra fuertes celos sobre las relaciones extramatrimoniales de su esposa aunque lleva mejor las relaciones lésbicas de Frida que las heterosexuales.

[3] Tanto los críticos de la obra de Frida Kahlo como sus biógrafos coinciden en señalar que cualquier intento de separar la vida personal de su obra resulta casi imposible al analizar la temática, la simbología y hasta la técnica de la obra de la artista. Son trabajos de sesgo personal y autobiográficos: Frida es sujeto y objeto de su pintura.

[4] En América Latina, este tipo de crímenes alcanzan altos índices de ocurrencia, se manifiestan de forma sistemática, repetida y se caracterizan por su particular crueldad y sexualización. Así lo ponen en evidencia las estadísticas oficiales de 16 países de la región, específicamente Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela, en los cuales entre los años 2010 y 2018 se contabilizan 12052 feminicidios, equivalentes a 1506 casos al año, 125 al mes, y por lo menos cuatro al día. 

[5] Los trajes tradicionales mexicanos, largos vestidos de colores y joyería exótica que viste Frida, se convierten, junto a su semblante cejijunto, en su imagen de marca. Diego ama su pintura y es también su mayor admirador. Frida, por su parte, es la mayor crítica de Diego.

[6] Frida contrae matrimonio con Diego Rivera el 21 de agosto de 1929. Su relación estuvo basada en el amor y la admiración que se tienen (aunque hay aventuras con otras personas), en el vínculo creativo, odio, un divorcio en 1939 y un segundo matrimonio un año después. A su matrimonio lo llegan a llamar “la unión entre un elefante y una paloma”, pues Diego es enorme y obeso mientras que ella es pequeña y delgada.

[7] El primero de estos infortunios consistió en una poliomielitis que contrajo en 1913, dando inicio a una serie de sucesivas enfermedades, lesiones diversas, accidentes y operaciones. Esta primera enfermedad la obliga a permanecer nueve meses en cama y le deja una secuela permanente: la pierna derecha mucho más delgada que la izquierda.

[8] El 17 de septiembre de 1925 sufre un grave accidente cuando el autobús en el que ella viajaba es arrollado por un tranvía, quedando aplastado contra un muro y completamente destruido. Regresaba de la escuela a casa junto a Alejandro Gómez Arias, su novio de entonces. Su columna vertebral queda fracturada en tres partes, sufriendo además fracturas en dos costillas, en la clavícula y tres en el hueso pélvico. Su pierna derecha se fracturó en once partes, su pie derecho se dislocó, su hombro izquierdo se descoyuntó y un pasamanos la atravesó desde la cadera izquierda hasta salir por la vagina.

[9] André Breton define así su obra en 1938 durante una visita que realizó junto a su esposa Jacqueline en México, en la que Frida y Diego son anfitriones de la pareja. Por esa época acaba de llevarse a efecto la Exposition Internationale du Surréalisme en París, que Breton ha organizado junto a otros artistas prominentes del movimiento surrealista: Marcel DuchampPaul ÉluardSalvador DalíMax ErnstMan Ray y Wolfgang Paalen. Frida participa con dos de sus obras (La mesa herida y Las dos Fridas) en la versión mexicana del gran evento en París de 1938: la Exposición Internacional de Surrealistas de la Galería de Arte Mexicano de Inés Amor. Una exposición que además contó con el apoyo de Breton y en la que participaron, entre otros artistas, otras dos mujeres: Leonora Carrington y Remedios Varo.

[10] Frida, debido a sus lesiones, nunca llega a tener hijos, cosa que tarda muchos años en aceptar. En 1930, Frida se embaraza por primera vez. Sin embargo, debido a la posición anómala del feto y a las secuelas del accidente de 1925, el embarazo de tres meses debe ser interrumpido, según decide el médico Jesús Marín. Por aquel entonces otros médicos opinaron que probablemente Frida nunca podría tener hijos.

[11] El molcajete —del náhuatl molli ‘guisado, salsa’, y caxitl, ‘cajete o escudilla— es un mortero de piedra de tamaño variable, con tres patas cortas en la base, en el que con un tejolote —de texolotl, ‘muñón de piedra’—, se machacan o muelen ingredientes para preparar salsas y otros platillos.

[12] En México expresión popular, mítica, interclasista, desafiante y provocadora que resume “no importa lo que se piense de esto o cómo se lo vea”. 

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