La potencia y la fuerza del Movimiento de Mujeres en la Argentina actual son fuente de inspiración en Nuestramérica y otras regiones del mundo. Pero. ¿incorporan las universidades públicas sus aportes a la construcción de un nuevo conocimiento? ¿Intentan traducir a objetos de estudio esos aportes? 

Las instituciones de educación superior no solo enfrentan el reto de enseñar, sino también de fortalecer las capacidades y aptitudes para la vida. Al ser su población mayoritariamente joven, es menester brindarle una formación integral, pues en esa etapa se modelan las conductas propias y se sientan pautas de comportamiento para la adultez. En ese reto formativo, la educación sexual es determinante en las universidades, cuyo rol protagónico es el de   liderar procesos de cambio mediante la generación y transmisión de nuevos conocimientos. Sin embargo, no es una tarea simple traducir a objetos de estudio desde la perspectiva académica el acervo cultural en desarrollo de los feminismos, ni la alegría y la pasión crecientes como práctica liberadora y transformadora del pensamiento. Transformaciones que tampoco pueden lograrse plenamente sin la formación integral de las nuevas generaciones de profesionales.

La pasión compartida de las mujeres crece al calor de sus demandas impostergables y durante el período de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner toma el pulso de la presidenta mujer.

La “marea verde” crece, trasciende fronteras e impulsa a referentes feministas como Lilian Naserian, de la tribu Masái de Kenia, a visitar nuestro país para intercambiar experiencias sobre la defensa de los derechos de la mujer en la educación universitaria.     

La UNLa –que se ha caracterizado por estar varios pasos adelante en la construcción del pensamiento nacional, popular, democrático, inclusivo y antiimperialista- fue empujada por la fuerza del Movimiento de Mujeres en la calle a dar las primeras respuestas respecto a la construcción de ese pensamiento, desde los feminismos.

El feminismo se constituye históricamente como un movimiento emancipatorio y como una teoría crítica de la sociedad con el propósito de superar la opresión y explotación de las mujeres. Pero, ¿quiénes son las que en realidad están hablando en nombre de las mujeres?  

Esta concepción de la ‘opresión común de las mujeres’ –que tiene vigencia hasta mediados de los ochenta del siglo pasado- es rotundamente desmantelada por quienes consideran que detrás del carácter aparentemente universal de la categoría ‘mujeres’, se oculta la normativización de una particular noción de feminidad, que comprende a las experiencias de mujeres de clase media, heterosexuales, blancas y occidentales. El hecho aparentemente ingenuo de agrupar a las mujeres, permite omitir y presuponer la concepción de identidad. Frente a lo que comienza a definirse como un feminismo global homogeneizador y excluyente que bajo la opresión de género iguala a todas las mujeres, se dan intensos debates y se analizan las múltiples opresiones y diferencias, así como el desencanto de muchas activistas con un movimiento con el que se identifican, pero cuya agenda y legado histórico comienzan a resultarles ajenos.

Así, se hace imprescindible atender a las  intersecciones constitutivas de las relaciones de subordinación a las que se enfrentan las mujeres respondiendo no solo a las relaciones de género o de clase, sino también al racismo, la lesbofobia, los efectos de la colonización, la descolonización y las migraciones transnacionales, etc.

Es importante reflexionar acerca de los principales dilemas, tanto epistémicos como políticos, que subyacen a las disputas entre los feminismos de fines del siglo XX y principios del XXI, así como integrar a la militancia a esa reflexión teórico/política. La reflexión y el debate se constituyen en elementos permanentes de los quehaceres feministas, para de-construirnos a quienes nos pensamos como sujetxs de una transformación social y política y que cuenten con nosotres como protagonistas y no como seres expectantes.

El Consejo Nacional de la Mujer, creado en 1992, es el primer organismo que recomienda implementar la “transversalidad de género” en el ámbito universitario, la cual implica una nueva perspectiva y abordaje de las tareas. No obstante, la periodista Luciana Peker reconoce que esta característica es “un valor” que cae en “una trampa” porque el hecho de “que la tengan que dar todos significa que no la da nadie”. 

Un verdadero avance en materia de políticas de género lo constituye la Ley 26.150 de 2006 con su Programa Nacional de Educación Sexual Integral (ESI).  Establece que todos los educandos tienen derecho a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos públicos, estatales y privados, de todas las jurisdicciones, desde el nivel inicial hasta el superior de formación docente y de educación técnica no universitaria. Peker la denomina “la madre de todas las batallas”, valora el “juego que se abre en la escuela”, y aclara: “hablamos del único lugar donde tiene intervención el Estado antes de que las relaciones amorosas y humanas se desarrollen solo en lo personal. La escuela es la gran y la última posibilidad que tiene el Estado de poder prevenir la violencia o actuar frente a la violencia que sufren chicas y chicos”. Además, destaca el valor de la ESI en lo jurídico porque la ley “va en contra de un principio rector de la historia de la humanidad: que los padres tienen derechos sobre sus hijos e hijas como si fueran cosas”. Y enfatiza: “Lo que hace la ESI es decir que el derecho de chicas y chicos a informarse está por encima de la patria potestad”.A este panorama de actores en juego, la académica Graciela Morgade agrega: “Las universidades, que tienen acumulación y que también tienen que tener procesos internos de transformación, no nos estamos haciendo cargo de que formamos docentes y que tenemos que tomar la ESI como un eje de trabajo”.

El Encuentro Nacional de Mujeres (ENM), que se realiza anualmente desde 1986, imprime una huella de tozuda persistencia, a pesar de los cambios políticos, económicos y sociales, y deja a las universidades rezagadas respecto a los aportes teóricos de los feminismos. 

Desde lo personal es político hasta la compleja producción de teorías capaces de comprender el mundo a partir de nuestros cuerpos encontrados, se elaboran estrategias colectivas, para enfrentar la reacción de las diversas violencias de género. Violencias encarnadas en el cuerpo de las mujeres, que se inscriben en las dos formas más grandes de opresión del patriarcado: la colonización y el capitalismo.

La organización creciente del Movimiento de Mujeres se percibe en la creación de innumerables colectivos de género; en la enorme convocatoria de los ENM; en las marchas de #Ni una menos programadas y espontáneas; en las exigencias permanentes de reformas del cuerpo de leyes; en la utilización creciente del lenguaje inclusivo; en la cantidad cada vez mayor de publicaciones y de materiales de estudio e informativos; en la demanda de cursos, seminarios, talleres, carreras; en la exigencia de incorporación del aborto legal seguro y gratuito en los hospitales; etc.

Es loable destacar, además, el papel de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género (RIPVG) en el impulso del diálogo global y la búsqueda de estrategias comunes para erradicar el sexismo de los medios de comunicación, generar mayor sensibilidad en el tratamiento informativo e incorporar la creciente demanda de políticas de género a ser implementadas por los tres poderes del Estado.

Pero ¿qué sucede al interior de las altas casas de estudio? Sabemos que no es fácil incorporar en ellas la historia de las ideas feministas –en especial las geográfica e históricamente situadas- como un eslabón más del pensamiento complejo, crítico e indisolublemente ligado al desarrollo de su práctica. Su abordaje implica aceptar que los feminismos fomentan el encuentro entre mujeres como sujetas y abandonar tácticas explicativas, en pos de su rebelión presente y de su propio proceso de liberación. De ahí que estén ligadas con pensamientos de mestizaje, etnias, culturas, opciones sexuales, etc.            

Los feminismos, como maneras de ejercer la participación mayoritariamente negada en otros ámbitos, defienden principios fundamentales como: autonomía, democracia, autoorganización, autofinanciamiento, horizontalidad,  sin jerarquía ni representación, participación a título personal, etc. Esto desafía el status quo y genera una creciente fuerza que las universidades no pueden seguir ignorando, pues no hay manera de ocultar su incidencia en los pensares, saberes, sentires y pasiones que permean los muros de las altas casas de estudio.  

La composición estudiantil de la UNLa  es mayoritariamente femenina y acoge en su seno a todas las clases sociales -en especial las más vulnerables del conurbano bonaerense- a las que acompaña con verdadera dedicación. Es deseable que se incorporen los aportes de las ideas feministas en sus planes de estudio. Que se abran espacios educativos que reconozcan que la violencia constituye un problema estructural, basado en una relación desigual de poder y anclado en una forma particular de organización social. Que se favorezca la deconstrucción de patrones socio-culturales trasmitidos de una generación a otra sobre las violencias múltiples en las formas de relación entre mujeres y hombres, y en otros grupos históricamente discriminados (personas con discapacidad, afrodescendientes, indígenas, sexualmente diversas, etc.). Que se nutra con los innumerables ejemplos de las mujeres a través de la historia. Mujeres invisibilizadas. Mujeres obligadas a actuar en forma clandestina y subversiva. Mujeres que son las ancestras de esta marea verde inocultable como expresión de un nuevo movimiento que se entreteje, en Nuestramérica y las demás regiones del mundo, con otros movimientos de liberación. 

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