“Las dos palabras Defensa Nacional pueden hacer pensar a algunos espíritus que se trata de un problema cuyo planteo y resolución interesa solamente a las Fuerzas Armadas de una Nación. La realidad es bien distinta: en su solución entran en juego todos sus habitantes, todas sus energías, todas sus riquezas, todos sus medios de transporte y vías de comunicación”.

Juan Domingo Perón

 

“Los tiempos que transitamos requieren, indefectiblemente, un necesario y progresivo proceso de sustitución de ideas”.

Ana Jaramillo

 

El siguiente artículo remite en forma sucinta a uno de los tópicos que componen nuestra labor investigativa[1]. Pretendemos a través de él exponer al eventual lector una resumida exploración vinculada a los antecedentes filosóficos, epistemológicos, y a la estructura conceptual de las denominadas “Organizaciones Libres del Pueblo” -OLP-, categoría que, a nuestro entender, por una parte constituye uno de los rudimentos más llamativos y originales del cuerpo doctrinal que nutrió al primer Peronismo y, por la otra, instituye una de las principales distancias con la cosmovisión fascista llevada a la práctica en tiempos de la Italia de Benito Mussolini.

Un abordaje germinal de la categoría en estudio nos encuentra ante un cúmulo de formas asociativas constituidas de manera orgánica que, a partir de la revolución de junio de 1943, obtuvieron inédito reconocimiento y apoyo estadual, y que aún -en la actualidad– siguen operando en forma activa dentro de la dinámica política, social, económica y cultural del país.

Dentro de la combinación de palabras que componen la categoría analizada (OLP), y que por su parte suele despertar mayor expectación, identificamos primigeniamente el vocablo libres. Tal expresión surge de la concepción justicialista que, en aquellos tiempos, sostenía que la acción del Gobierno no tendría como fin tutelarlas ni integrarlas al aparato estatal -como promovían las doctrinas fascistas– sino, al contrario, garantizar y potenciar su propio proceso de autoorganización mediante la menor intervención posible del sector público sobre ellas.

En este punto surge per se uno de los aspectos más interesantes para emprender los estudios no solo de aquel primer Peronismo, sino también –entre otros tantos componentes significativos del devenir histórico de nuestro país– de la configuración, composición y cosmovisión de las organizaciones sindicales emergidas al calor de aquel movimiento autodefinido como nacional, identificando, como primer gran obstáculo, que la categoría que hoy nos interpela no ha sido lo suficientemente abordada desde las ciencias sociales o más aún: simplemente ha sido desconocida por ellas en el rol que pretendemos asignarle desde nuestra hipótesis inicial.

Del corpus analizado (constituido por una serie de discursos, numerosos aportes teóricos, normas reglamentarias y legislación correspondientes a los períodos 1943-1955 y 1973-1974) puede sostenerse en primera instancia que Juan Domingo Perón otorgaba significativa importancia a tales organizaciones en el modelo de comunidad, Gobierno y Estado que pretendió consagrar a partir de su llegada al poder; y, en segunda instancia, que a su entender cuanto mayor el nivel de autonomía de las OLP, mayor garantía de continuidad, eficacia y permanencia de las mismas.

La categoría que pretendemos describir admite un primer análisis -aunque superficial- de sus tres componentes.

Mientras el concepto de “organizaciones” se enmarcaba en una concepción filosófica que, a contrario sensu de un individualismo secular de corte liberal (liberista) sustentado por una visión antropocéntrica de orientación hedonista y justificado en la centralidad del individuo, afirmaba que la realización humana solo podía concretarse excluyente, íntegra, e integralmente en una comunidad compuesta a partir de grupos diversos; el vocablo de libres, refería a que las necesidades de estos grupos (expresión práctica, material y espiritual de la autoorganización humana) mantuvieran la mayor independencia posible del Estado. Finalmente, la combinación semántica del pueblo se vinculaba al origen y a la naturaleza de las mismas, es decir, a su pertenencia intrínseca a una comunidad nacional determinada, que incluía su imprescindible apertura hacia ella.

Bien vale aclarar que la autonomía asignada a las OLP no implicaba de modo alguno la promoción de un autocentrismo endogámico. Para Perón toda Organización del Pueblo debía -por naturaleza y por definición– manifestar una generosa y permanente porosidad no solamente hacia otras organizaciones similares sino también hacia cada individuo o agrupamiento de individuos que, por alguna necesidad o interés, demandaran recurrir a ellas. Por su parte, las OLP debían participar necesaria y activamente de una experiencia coadyuvante con el Estado. Perón parece anticiparse entonces a la teoría de los sistemas sociales complejos, en el sentido que concebía a una comunidad como un sistema capaz de organizarse de una forma determinada y de establecer relaciones con el entorno siempre de acuerdo a su propia historicidad.

En este punto, es posible inferir que Perón comprendía al desarrollo evolutivo de la historia de la humanidad como un proceso donde los individuos fueron constituyendo y constituyéndose a la vez mediante formas diversas de agrupamientos, desde los más simples hasta los más complejos. La idea nos refiere indefectiblemente a “(…) fases integrativas de menor a mayor, es decir, el principio se funda antes que nada en una razón histórica, entendida en que la sociedad avanzará a través de agrupamientos y reagrupamientos cada vez mayores[2]. Del corpus analizado aflora, además, que Perón forjaba sus esperanzas en un paulatino proceso de organización y articulación entre las diversas organizaciones y el Estado, articulación de la cual dependería la capacidad liberadora del país.

La cosmovisión del ex mandatario no constituye una circunstancia aislada; se enraíza nítidamente en un clima de época en el que notables pensadores coincidían en que aquella fase de expansión del capitalismo (caracterizada, entre otros factores, por una matriz imperialista sustentada por un individualismo filosófico, político y económico de cuño materialista, tal como se había manifestado en la región) había producido y estaba impulsando una desintegración de la sociedad, definida por Perón como desorganización. La misma, según él, atentaba contra una fructífera convergencia de las fuerzas sociales orientadas hacia el bienestar del pueblo. De esta forma describió dicho proceso: “(…) En cuanto a organización, no puede nadie negar que nuestro pueblo estaba totalmente desorganizado. Las fuerzas naturales de la organización que todo pueblo posee deben obedecer a las actividades fundamentales, no se habían realizado en nuestro pueblo sino alrededor de círculos o intereses, que no es lo racional para la organización de una Nación y menos de un Pueblo[3].

No obstante ello, para Perón, la organización de la comunidad no resultaba condición suficiente para consolidar el proceso de transformaciones que se proponía. En este punto ingresa a jugar un papel preponderante un Estado organizado, fortalecido y articulado necesariamente con las organizaciones de la comunidad: por lo tanto sostendrá, entonces, el conductor del justicialismo que “(…) el Estado estaba total y absolutamente desorganizado, como consecuencia de haber mantenido una vieja organización, que pudo haber respondido hace cien años, pero que ahora ya no respondía a las necesidades del momento y menos en una época eminentemente técnica en la organización, en la administración y en el gobierno. Un gobierno total y absolutamente desorganizado había en esta casa. Y muchos de ustedes, que son viejos funcionarios, lo saben: un Presidente, un jefe de despacho que ponía el sello a los decretos, un secretario privado que contestaba las cartas a los amigos, unos edecanes, una Casa Militar para recibir a los amigos y un secretario político que repartía los puestos públicos (…)”[4].

La particular observación de quien ejerciera por tres veces la primera magistratura argentina respecto a las Organizaciones Libres del Pueblo radicaba en que todos y cada uno los sectores organizados que componían la Nación, debían construir formas propias de organización por fuera del aparato estatal, aunque ello requería necesariamente una dinámica de cooperación mutua y permanente.

Queda claro que la experiencia comunista iniciada en 1917 en la URSS -revolución mediante- no constituía para Perón una solución a los grandes problemas de la humanidad en el largo plazo. Más allá de sus conocidas discrepancias filosóficas con el marxismo, sus propias observaciones, lecturas, y, luego, los informes provistos por las delegaciones obreras en el exterior; le indicaron que, en la práctica, el sistema implantado en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas conducía indefectiblemente hacia un modelo de sociedad racional mecanicista donde el ser humano era fagocitado por un aparato estatal omnipresente e inmanente. Perón poseía la convicción de que “al principio hegeliano de la realización del yo en el nosotros, apuntamos la necesidad de que ese nosotros se realice y perfeccione en el yo[5]. Esa primera persona del plural constituía una Comunidad Organizada, no un Estado macrocefálico que terminaba subsumiendo al yo en su seno.

Perón, desde los comienzos de su formación intelectual y política, irá concibiendo la importancia de estas organizaciones en el marco de una comunidad que definió como “organizada” y su relación con las unidades políticas (Estados), en el marco de un intenso e inusual escenario de debate en el campo filosófico y estratégico. Dentro de las organizaciones que abordamos, el estadista incluía desde las simples mutuales y clubes de barrio hasta las asociaciones de profesionales, de trabajadores, de empresarios etc.

Defensa integral

La consagración de las Organizaciones Libres del Pueblo como pilares de la conformación social de nuestro país adquirirá status normativo a través del decreto número 13.378/54, el cual enuncia: “La comunidad nacional se organizará socialmente mediante el desarrollo de las asociaciones profesionales en todas las actividades de ese carácter y con funciones prevalentemente sociales[6].

No puede sustraerse del presente la breve y resumida enunciación de algunos de los autores que ejercieron mayor influencia intelectual sobre el ex Presidente. Es harto sabido que una pléyade de teóricos en el campo de la estrategia militar -en especial Colmar Von der Goltz, Ferdinand Foch y Carl Von Clausewitz- abonaron en el pensamiento de Perón. La trágica experiencia de dos colosales conflagraciones mundiales, demostraron que el factor industrial y tecnológico resultó determinante en las posibilidades de éxito o fracaso, dando por tierra así a las antiguas tácticas castrenses vinculadas con la concepción militar clásica. Surgirá entonces la idea de defensa integral.

Perón se formará académicamente en tiempos de profundos cambios: en los “(….) planes de estudio de la Escuela (Superior de Guerra) se incorporaron materias como Sociología, Economía Política y Estadística. Bajo la dirección del Coronel Mayora, director de la escuela entre 1922 y 1925 se profundizó la influencia alemana a través de una nueva misión militar (….) De dicha misión fueron destinados en 1925 en la Escuela de Guerra los coroneles Faupel y Von Wastrenhage, y en 1927 estando ya Perón de alumno los Coroneles Kretzschamar y Schneider[7]. No obstante sus profundos estudios en el campo castrense, y en particular durante su última etapa formativa según uno de sus principales biógrafos, Enrique Pavón Pereira[8], el conductor del justicialismo demostró en materia de Historia Militar, “desde un comienzo, poseer una interpretación personal. Cada pasaje de la misma era objeto de un cuidadoso estudio”.

Si bien es cierto que el clima de aquellos tiempos se encontraba atravesado por la idea de que la guerra es un fenómeno social irreversible y para ello había que prepararse para la defensa, Perón fue concibiendo a esta como instrumento y garante para la paz. En ese orden de ideas y  siguiendo a Van der Goltz  observaba “(…) un mundo de intereses que aconsejan crecientemente que cada nación se conciba bajo el concepto de ‘nación en armas’, con todas sus fuerzas económicas, políticas, financieras, diplomáticas e industriales, etc., articulados al pensamiento de la defensa nacional”[9]. En un contexto internacional caracterizado por la amenaza imperialista, y en una Argentina sistemáticamente amenazada por un sistema de relaciones de poder asimétricas con Gran Bretaña, Perón fue concibiendo la conformación de un movimiento nacional de raíz defensiva adaptando ideas provenientes de esta nueva línea de pensamiento.

No obstante lo expuesto, faltan a la verdad quienes sostienen que las influencias intelectuales del joven Perón están concentradas en los teóricos de la guerra. De la profusa bibliografía que hemos recolectado para la investigación, surge que el conductor del justicialismo recibió un fecundo adiestramiento en diversas disciplinas como la Geopolítica, la Filosofía, la Historia y la Economía, cuyas lecturas fueron moldeando su intelecto. Sus biógrafos más reconocidos coinciden que en su primera formación el Nuevo Testamento, el “Martín Fierro” de Hernández, la “Historia Universal” de César Cantú, las “Vidas Paralelas” de grandes hombres de Grecia y Roma de Plutarco y las obras de los presocráticos como Tales de Mileto y Cleóbulo de Lindos, fueron sus lecturas iniciales. Ya en las aulas del Colegio Militar receptó valiosas influencias, especialmente de sus profesores de Historia, José Juan Biedma, enrolado en la corriente liberal, y Julio Cobos Daract, partidario de la nueva escuela histórico-argentina surgida con Adolfo Saldías, Ernesto Quesada y Dardo Corvalán Mendilaharsu.

Por otra parte, no cabe duda de la influencia que Jacques Maritain ejerció sobre Perón. Maritain fue un intelectual francés que arribo a la Argentina en 1936 para brindar una serie de conferencias en los cursos de cultura católica. Aunque Perón estaba destinado en el exterior -según Fermín Chávez- seguirá atentamente sus conferencias. Además, Manuel Ugarte, Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez y Alejandro Bunge conformarán su cosmovisión, así como también indudablemente los trabajos emitidos por FORJA, en especial los de Raúl Scalabrini Ortiz, Jorge del Río y José Luis Torres. El español José Figuerola desplegará indudable influjo con su obra “La colaboración social en Hispanoamérica”, mediante la cual formuló el tránsito de la lucha de clases a la colaboración social. Finalmente, no puede descartarse en Perón su herencia indoamericana adquirida a través de la oralidad durante su niñez y posteriormente en su madurez, a partir de aquel extraordinario itinerario nutrido de entrevistas con los Lonkos en la Patagonia a mediados de los años 30.

 

Defensa Nacional

La noción de la Defensa Nacional que fue acuñando el ex mandatario nula relación mantendrá con las aspiraciones imperialistas de quienes protagonizaron los dos grandes conflictos mundiales y, ulteriormente, la denominada Guerra Fría. En tal contexto (Guerra Fría) y ante las posibilidades certeras de un nuevo enfrentamiento, el fortalecimiento de las OLP constituye para Perón un hito fundamental en el marco de la estrategia defensiva de una comunidad periférica dotada de extenso territorio, extraordinarias reservas de recursos naturales, incalculable potencial productor de alimentos y relativa población. Así concebía que la comunidad argentina debía organizarse en forma planificada para desarrollar su propio y específico modelo de desarrollo industrial y tecnológico.

Debe reiterarse enfáticamente que, a pesar de su condición de militar, Perón orientó permanentemente sus acciones hacia un objetivo primordial: la Paz: “(…) he estudiado mucho la guerra en mi vida (…) he sido durante más de 10 años profesor de esa materia en la Escuela Superior de Guerra, he cursado varios Institutos en Europa (…); nunca pensé que cuanto he hecho en ese sentido pudiera tener como finalidad la destrucción de la humanidad. Es este un concepto generalizado en algunos centros que yo no frecuento[10]“.

En el contexto de una concepción de la defensa orientada a la paz, la cuestión de la organización de las fuerzas sociales será vital: la idea de Pueblo, que Perón diferenciaba de la noción de masa inorgánica, estuvo siempre impregnada de un elemento distintivo: la organización[11] como presupuesto del bienestar común, ya que sin ella, quedaban libradas a su suerte las tensiones emergentes de las asimetrías sustentadas en las desigualdades de una economía periférica.

Es elemental subrayar que la categoría Organizaciones Libres del Pueblo se asemeja “(…) pero no se identifica con lo que otras concepciones denominan: sociedades intermedias, entidades de bien público u organizaciones no gubernamentales. Se trata de la existencia de agrupaciones en los tres sectores básicos de la sociedad: el político, el social y el económico. Del sector político, la organización por antonomasia es el partido político. Del social: los sindicatos, las fundaciones, las cooperadoras, los clubes, las cooperativas. Del económico, las organizaciones de productores, comerciantes, usuarios y consumidores”[12]. Además “(…) la organización del Pueblo es libre. Se entiende que una organización popular es tal, cuando goza de conciencia social, de personalidad social y de organización social. De este modo las Organizaciones Libres del Pueblo pueden desarrollarse libremente, así como hacer llegar al Gobierno ‘sus exigencias, necesidades, aspiraciones, colaboración y cooperación’”[13].

Siguiendo tal orientación, en el citado decreto 13378/54, en su Sección II “Principios generales de la Doctrina Nacional en materia de acción política interna”, se sostiene por una parte que “(…) el ejercicio del Gobierno por el Pueblo exige la participación en el mismo de las organizaciones políticas, sociales y económicas de la comunidad”, y que “(…) las organizaciones representativas del pueblo en el orden político, social y económico, son auxiliares indispensables para el buen gobierno del país si actúan atendiendo a los principios fundamentales de la Doctrina Nacional” y además que (…) “el Gobierno, el Estado y las Organizaciones Libres del Pueblo constituyen el cuerpo de la comunidad. El alma de la Patria es la Doctrina Nacional[14]”.

Tal vez algún desprevenido lego o jurista influenciado acríticamente en la escuela positivista ha de escandalizarse en razón de que, desde el propio Estado, se haya promovido una norma jurídica para consagrar una “doctrina”. No obstante quienes, intentando abstraernos en lo posible de naturales pasiones humanas, hemos pretendido seguir con cierto interés el surgimiento y el desarrollo del primer Peronismo en un contexto de época, tal estupor no puede conmovernos, ya que percibimos que en aquellos tiempos marcados por disputas de índole ideológica a Perón “(…) no lo seducían las ideologías (liberalismo, marxismo, etc.) entendidas como formulaciones teóricas de pretendida validez universal sin un anclaje comprobado en la realidad concreta. Prefería conformar una doctrina realizable que, inclusive, pudiera lograr cierta armonía entre opuestos[15]. El ex Presidente concebía “(…) a las doctrinas como exposiciones sintéticas de grandes líneas de orientación, que representan en sí, y en su propia síntesis, solamente el enunciado de innumerables problemas; pero la solución de esos problemas, realizada por el examen analítico de los mismos, no puede formar cuerpo en esa doctrina sin que constituya toda una teoría de la doctrina misma”[16].

En ese orden de ideas Perón expresaba que “Las naciones perduran más que por los valores materiales que poseen, por los valores morales y espirituales de todas y cada una de las personas que componen la comunidad nacional”[17], y además, que los derechos “de la sociedad son conferidos al Gobierno, al Estado y a las Organizaciones del Pueblo por las personas que integran como tales la sociedad, con el objeto de realizar mejor sus fines individuales[18]“.

Finalmente, para el conductor del justicialismo,”(…) una doctrina sin la teoría que la fundamente resultaba incompleta, pero una teoría que no contemplara realizaciones concretas resultaba inútil. El círculo para él cerraba de forma tal que la teoría se enseñaba, la doctrina se inculcaba, y el desafío consistía en llevar a ambas a la práctica. La realidad nutre a la teoría, y la teoría nutre a la realidad”[19].

Perón concibió de esta forma a las doctrinas como modos de especulación–acción en permanente contacto con la realidad, que se expresan a partir de grandes postulados orientativos, los que a la vez responden a las aspiraciones, necesidades, y conveniencias nacionales y populares. Solo los grandes principios doctrinarios son considerados inmutables y, en tanto, las doctrinas deben ir adaptándose a las circunstancias históricas requiriendo, para mantener su vigencia efectiva, un permanente régimen de actualización.

En años donde una generalizada autopercepción acreditaba (según cuantiosos autores) la realidad dependiente de la Argentina, la labor doctrinaria resultaba para muchos pensadores indispensable como instrumento coadyuvante hacia una emancipación definitiva y, aún más, en el tiempo que la norma fue concebida, Perón era plenamente consciente de que la acción conspirativa interna y externa crecía paulatinamente poniendo en serio riesgo la continuidad de las transformaciones encaradas desde el Gobierno.

Retornando a la cuestión en análisis del presente escrito, obsérvese que en el texto del Decreto aparece enunciada nítida y específicamente la categoría Organización Libre del Pueblo como constituyente del cuerpo de la comunidad. En ese orden, la referencia a lo comunitario no resulta casual, no solamente por la concepción orgánica que Perón sostenía respecto a la naturaleza humana. Son tiempos donde diferentes vertientes del comunitarismo filosófico comenzaron a emerger con fuerza (aunque los antecedentes de tal filosofía son anteriores como la versión lascasiana) en contraposición al individualismo filosófico al que Perón le asignó propiedades claramente disolventes en las organizaciones humanas. Además, como profundo observador de la realidad, el conductor del justicialismo encontrará en las OLP un verdadero e interesante germen de lo que posteriormente se conocerá como derechos sociales no estatalizados[20].

Asimismo, en aquella época recorrida por una inédita “reacción antipositivista”[21], Perón se nutrirá no solamente de textos escritos en el viejo continente, sino además de otros vinculados a la producción local y latinoamericana. La formación del ex Presidente se alimentará de las tensiones filosóficas de época, en la que coexistirán, entre otras, representaciones teóricas sustentadas en los derechos individuales (individualismo filosófico), el colectivismo mecanicista materializado en versión soviética, y una corriente de tipo orgánica (no organicista) que concebirá a los derechos como sociales.

Como reflexión que ampara la conclusión a aquellos debates filosóficos Perón sostendrá: “El Gobierno, tal como lo concibe el Justicialismo, es una acción destinada a la acción común, en forma de posibilitar que cada uno se realice a sí mismo al propio tiempo que todos realizan la comunidad”.

Al margen de la vigencia que comenzaron a cobrar las versiones comunitaristas a principios del siglo XX, la doctrina concebida por Perón asumió caracteres originales no solamente en razón de que emergió desde un pensamiento situado en coordenadas espacio temporales específicas, sino también porque fue clara expresión de una tradición epistemológica que ya poseía vastos antecedentes en Nuestra América. La idea de un pensamiento situado, vale señalar, se vinculará directamente con la ubicación (real[22]) de Argentina en su relación con el mundo, y particularmente en lo que algunos autores señalaron como la situación semicolonial.

La categoría de Organizaciones Libres del Pueblo se desprenderá entonces de una matriz de especulación-acción, teórico-política, que intentará ordenar el mundo de lo social, lo político, lo económico y lo cultural compuesto por un sistema de valores situacionales.

Resta interrogarse si este modelo de organización concebido durante el primer Peronismo y llevado a la práctica -en un todo o en parte- mantiene vigencia, o si el tiempo transcurrido ha sepultado dicho proyecto modelar en las catacumbas del pretérito.

 

[1]El presente trabajo surge de la investigación originada en el marco de la convocatoria “Amílcar Herrera” titulada El Peronismo como pensamiento político contrahegemónico, y como acción para la construcción del poder nacional y la integración regional Latinoamericana”. Instituto de Cultura. Universidad Nacional de Lanús.

[2]BARRIOS, Miguel Ángel: “El Continentalismo de Perón en la Globalización”. Editado por el Centro   Argentino de Estudios Internacionales  www.caei.com.ar.

[3] PERÓN, Juan D: “Discurso pronunciado por el Teniente General Juan D. Perón, el 2 de julio de 1952, ante altos funcionarios de la Administración Nacional”.

 

[4]PERÓN, Juan D: “Discurso pronunciado por el Teniente General Juan D. Perón, el 2 de julio de 1952, ante altos funcionarios de la Administración Nacional”.

[5]PERON, Juan D.: “Discurso en la clausura del Congreso Internacional de Filosofía 9 de Abril de 1949 en la Ciudad de Mendoza”.

[6]DECRETO PE. NUMERO13.378: suscripto del 11 de Agosto de 1954.

[7]En CAMUSO, Marcelo: “Perón y sus maestros. Formación para la acción”. Universidad Católica Argentina. Escuela de Ciencias Políticas para el 6º Congreso Argentino de Ciencia Política. Rosario 5-8 de noviembre de 2003.

[8]PAVON PEREYRA, Enrique: Citado por CAMUSO Marcelo: “Perón y sus maestros. Formación para la acción”… ibídem.

[9]CAMUSO, Marcelo: ibídem

[10]PERON, Juan Domingo: Obras Completas. Buenos Aires Fundación pro Universidad de la Producción y del Trabajo/Fundación Universidad a Distancia “Hernandarias”. Editorial Docencia 1997. 27 tomos. Volumen I, Proyecto Hernandarias, Buenos Aires 1997.

[11]VILLAGRA Carlos: “Las organizaciones libres del pueblo”. En: www.carlosvillagra.com.

[12]AGUIRRE, Alfredo Armando “El concepto justicialista de Comunidad Organizada” (Publicado en revista “Participar”, Buenos Aires, Número. 83, Marzo- Abril 1989).

[13]AGUIRRE, Alfredo Armando: ibídem

[14]DECRETO NUMERO13.378: suscripto del 11 de Agosto de 1954.

[15]PESTANHA: Francisco José: “La doctrina para Perón”. En www.nomeolvidesorg.com.ar

[16]PESTANHA, Francisco José: “La doctrina……”ibídem

[17]PESTANHA Francisco José: Análisis del texto “Doctrina Peronista” de Juan Domingo Perón Publicado en “ANTOLOGIA DE BICENTENARIO”. Colección “Los Nacionales” UNION DEL PERSONAL CIVIL DE LA NACION.

[18]PESTANHA, Francisco José: Análisis del texto “Doctrina Peronista” (…) ibídem.

[19]PESTANHA, Francisco José: “La doctrina……”ibídem.

[20]Georges Gurvitch, sociólogo y jurista -entre otros autores- abordará en profundidad esta cuestión en el marco de sus estudios sobre los derechos sociales.

[21] Corriente filosófica que promovió un rechazo al empirismo y al método científico en el desarrollo de teorías sociales.

[22] Considerado uno de los principales imperativos de la obra de Raúl Scalabrini Ortiz.

Artículos Relacionados

Hacer Comentario