La casita de Tucumán, pintada con tizas de colores en el pizarrón llevado ex profeso al salón de actos para que alguna alumna recite su poema memorizado, es una imagen ligada a muchos actos escolares a través del tiempo. Sin embargo, no siempre fue de este modo.
Este año ve la llegada de los doscientos años de la Declaración de la Independencia, una fecha cargada de silencios y omisiones, pero una buena oportunidad de repensar y revisar cómo ha sido recordado ese día a través de estos dos siglos.
Una primera aproximación puede llegar a sorprender al buceador de historias: el 9 de Julio como tal, como ícono del grito de Libertad, permaneció muchos años casi ausente de la iconografía y los programas de estudio.
Un recorrido por las páginas de los libros de lectura escolar de las décadas de 1910, 1920 y 1930, será infructuoso en la búsqueda de alguna imagen del ¡Sí juro! de Laprida leyendo el acta con referencias a Juan José Paso o Fray Justo Santa María de Oro. Tal vez algún manual de historia incluía alguna imagen del frente de la casa, pero no era lo habitual. Es de destacar aquella primera foto del frente ruinoso, tomada en 1868 y según cita wikipedia, primera (y única muchas veces) fuente de consulta para la generación on line “antes de su casi total demolición”.

 

El Cabildo y sus clásicas imágenes bajo la lluvia, era el que ocupaba el imaginario patrio, aún con figuras románticas como French y Beruti, que después quedarían en la anécdota de la letra chica y la polémica sobre si existían o no los paraguas en ese entonces. El sentimiento patriótico se volcaba para aquellas jornadas porteñas de 1810 y veían al 9 de Julio, lejano, en el Noroeste y sin presencia porteña. Pero el Cabildo estaba en condiciones similares de descuido y falta de puesta en valor: cortado para dar paso a la construcción de las diagonales y la Avenida de Mayo, sin torre y habiendo sufrido modernizaciones, recién se lo presentaría de una manera más o menos similar –más corta, eso sí- en 1940. La Casa de Tucumán, muchas veces motejada con el diminutivo –“la casita de Tucumán-, también tendría su reconstrucción, partiendo de los planos originales y las antiguas fotografías, en 1942.

 

Cuando el 9 de Julio de 1947, el Gobierno del general Perón declaró la Independencia Económica, eligió la casa de Tucumán como escenario. Publicaciones oficiales como la impactante y muy gráfica revista Argentina, compararon a aquellos congresales con los políticos y ministros del primer gobierno justicialista. Tal vez ese momento histórico de cancelación de deudas internacionales y optimismo, sirvió para impulsar la difusión de la iconografía de 1816. Los cuadros, las láminas, el acta misma, se convirtieron en material gráfico y de difusión escolar. Instalada la fecha en el calendario escolar, los libros de texto pasaron a incluir glosas románticas sobre aquel día con una constante: el frente de puertas verdes y las columnas retorcidas, que se convirtió en desafío a dibujar por niños y padres voluntariosos.
Revistas como Billiken y más tarde Anteojito, harían un clásico de la inclusión de la maqueta de la casa para recortar y armar, una costumbre que se extendió por décadas. Los libros de lectura, entonces, incorporaron la instantánea recreada un siglo y medio después por el imaginario: los patriotas entusiastas proclamando su juramento. Las figuritas escolares repitieron ese catálogo que se sumó a los nombres de calles: el peinado para atrás de Paso, el bigote de Laprida, el pelo blanco del Fray.

 

Los ciento cuarenta años de la fecha coincidieron con 1956 y la euforia de la autoproclamada Revolución Libertadora. Allí, suplementos como el del diario La Nación buscaron asociar el concepto del gobierno de facto con la Independencia de aquellos años. Las alusiones, siempre indirectas, hablaban del momento de Libertad que se vivía, en contraposición al período anterior, que por decreto no podía mencionarse. Con el tiempo, la fatigada y reciclada sede del Congreso de Tucumán fue asociada al progreso industrial y hasta figuró en el dorso de monedas.
El año 2016 ve los doscientos años de la Declaración de la Independencia. Nadie se anima a llamarlos Bicentenario, lejos de las fiestas mayas épicas, con su impactante festejo en 2010, en una avenida casualmente llamada 9 de Julio. La Historia se sigue dibujando en cada cuaderno y en cada aula.

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