En nombre del Movimiento de Recuperación Nacional, el general de División Juan José Valle y el general de División Raúl Tanco, lanzaron una Proclama de  la Revolución del 9 de junio de 1956.

El 12 de junio, después de haberse entregado, el general de División Juan José Valle fue fusilado en la Penitenciaría de Av. Las Heras a las 22.00 horas. Antes  de eso el general Valle le envió una carta al General Aramburu que decía lo siguiente:

“Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y de militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido.

Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta.

Así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanques de ustedes aun antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes, escarmentar al pueblo, cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez más su odio al pueblo. De aquí esta inconcebible y monstruosa ola de asesinatos.

Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que  les causan. Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones.

La palabra ‘monstruos’ brota incontenida de cada argentino a cada paso que da.

Conservo toda mi serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. Dirán de nuestro movimiento que era totalitario o comunista y que programábamos matanzas en masa. Mienten. Nuestra proclama radial comenzó por exigir respeto a las instituciones y templos y personas. En las guarniciones tomadas no sacrificamos un solo hombre de ustedes. Y hubiéramos procedido con todo rigor contra quien atentara contra la vida de Rojas, de Bengoa, de quien fuera. Porque no tenemos alma de verdugos. Sólo buscábamos la justicia y la libertad del 95% de los argentinos, amordazados, sin prensa, sin partido político, sin garantías constitucionales, sin derecho obrero, sin nada. No defendemos la causa de ningún hombre ni de ningún partido.

Es asombroso que ustedes, los más beneficiados por el régimen depuesto, y sus más fervorosos aduladores, hagan gala ahora de una crueldad como no hay memoria. Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo  el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos la dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo. Como tienen ustedes los días contados, para librarse del propio terror, siembran terror. Pero inútilmente. Por este método sólo han logrado hacerse aborrecer aquí y en el extranjero. Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al servicio de ustedes.

Como cristiano me presento ante Dios, que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y como argentino, derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde, por la justicia y la libertad de todos no sólo de minorías privilegiadas. Espero que el pueblo conozca un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable. Así nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de mentiras contradictorias y ridículas con que el gobierno trata de cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias en sangre. Ruego a Dios que mi sangre sirva para unir a los argentinos. Viva la  patria.”

Aquellos días de junio

Cito a Enrique Arrosagaray con respecto a los sucesos de aquellos días aciagos:

“Aramburu había asumido el gobierno de facto el 13 de noviembre de 1955, tras la autodenominada ‘Revolución Libertadora’, que derrocó a Juan Domingo Perón en septiembre del mismo año. Durante su gobierno se intervino la CGT, se persiguió a la clase dirigente peronista, y se prohibió todo tipo de mención de términos o frases vinculadas al peronismo.

Por Decreto 4161, del 5 de marzo de 1956, establecía: ‘Queda prohibida la utilización (…) de las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas y obras artísticas (…) pertenecientes o empleados por los individuos representativos u organismos del peronismo. Se considerará especialmente violatoria de esta disposición, la utilización de la fotografía retrato o escultura de los funcionarios peronistas o sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones ‘peronismo’, ‘peronista’, ‘justicialismo’, ‘justicialista’, ‘tercera posición’, la abreviatura ‘PP’, las fechas exaltadas por el régimen depuesto, las composiciones musicales ‘Marcha de los Muchachos Peronistas’ y ‘Evita Capitana’ o fragmentos de las mismas y los discursos del presidente depuesto o su esposa o fragmentos de los mismos’.

No era fácil para el movimiento peronista resistir el intento dictatorial de hacer desaparecer todo vestigio del pasado reciente. Los comandos de la resistencia, fabriles o barriales, estaban escasamente coordinados y las directivas del líder exiliado apenas se comprendían.

Aun así, el sábado 9 de junio de 1956, a casi un año del derrocamiento de Perón, el Movimiento de Recuperación Nacional, al mando de los Generales Juan José Valle y Raúl Tanco, organizó una rebelión armada peronista, con participación civil y militar, al estilo de las viejas revoluciones radicales. El epicentro del alzamiento estuvo en el Regimiento 7 de Infantería de La Plata y  la Guarnición de Campo de Mayo.

El 13 de junio de ese año los diarios del país, estrictamente fiscalizados por la dictadura, dieron el siguiente comunicado: ‘Fue ejecutado el ex general Juan José Valle, cabecilla del movimiento terrorista sofocado’. Pero Aramburu había cumplido exactamente al revés su ‘poder de gracia’.

Si las intenciones de Aramburu y su círculo, en la tarde del 11, eran proseguir las matanzas, ¿qué le pudo impeler a pregonar la cesación de los fusilamientos, comprometiendo su palabra, su honor militar, su dignidad de Presidente y aun  de hombre? La proclamada conmutación de la pena máxima, ¿fue sólo una treta para lograr nuevas redadas de incautos? Si el gobierno se avino a  empeñar una palabra que no estaba dispuesto a cumplir, fue, en primer lugar,  porque la nación entera, ante los ajusticiados en masa, había caído presa de pánico colectivo. Se había fusilado a centenares sin proceso y aun a veces sin la debida identificación de las víctimas.

Así, por ejemplo, en la trágica noche del 9 al 10, fue sacrificado un conscripto detenido por prófugo desde hacía días en la comisaría de Lanús. El pobre muchacho no tenía ni la menor idea del motín. Lo arrolló la ola mortífera sólo porque sí. Enloquecido de espanto, clamaba: —¡Soy desertor! ¡No sé nada de revoluciones! ¡No me maten!…. —¿Desertor vos? Vos son un peronacho inmundo– le contestó el oficial de Marina encargado de las ejecuciones, y lo empujó al muro de las matanzas.

Aquella misma trágica y helada noche del 9 se practicó una cacería de muchachos en el camino de Chilavert a José León Suárez, según empezamos a narrar en el número anterior bajo el título La Operación Masacre. Allí quedaron al raso una decena de cadáveres, desangrándose bajo las estrellas, en medio de un silencio y una soledad terribles. Muchachos ajenos al motín. Se  los sacó de sus casas y se los llevó a matar, a la luz irritante de los faros de los  carros de asalto.

En los días 10 y 11, se ajustició sin asco en las comisarías de Lanús y Avellaneda, en la cárcel de Las Heras, en la Escuela de Mecánica del Ejército, en Campo de Mayo y en La Plata. El rumor difundía que los muertos se contaban por  centenares y aun por millares. El Gobierno se cuidaba de no comprometerse dando listas completas. En las ciudades ardían el espionaje y la delación. Quien ocultaba a un revolucionario, sólo por eso se hacía pasible de la pena capital. Se ordenó ametrallar a los Generales Valle y Tanco allí donde se los encontrara.  Los ‘Comandos Civiles’ entraban y salían enfurecidos, con absoluta impunidad, de los domicilios privados. Los talleres, las fábricas y aun el comercio estaban paralizados de terror. La gente viajaba en los subterráneos y en los trenes como perdida. Esto no había pasado jamás. Esto no creíamos que pudiera pasar en sitio alguno del mundo.

Ya en la tarde del 11 era tan subido el grado de consternación colectiva, que hasta los mismos autores estaban aterrados de su obra. Esa misma tarde, la Suprema Corte había acudido en pleno a la Casa Rosada a protestar ante Aramburu por la ilegalidad y barbarie de las ejecuciones. Incluso lo había amenazado con la renuncia en pleno de todos sus miembros. Igual  presentación habían hecho el Nuncio y los Obispos. Aramburu, temiendo verse  desautorizado así, empeñó su palabra —¡Palabra de Aramburu!– de cesar las matanzas a partir de la hora cero del día 12.

Pero pese al honor comprometido, a la severa amonestación de la Corte, al pregonado cese de los fusilamientos, pese a todo, Aramburu hizo matar a Valle,  a su amigo Valle, a las 22 del 12 de junio. Valle no murió, por tanto, ejecutado.  Murió asesinado. Ningún sofisma, ninguna triquiñuela leguleya librará a los responsables del juicio lapidario de la historia. No sin razón, los diarios del 13 escondieron en un rincón la información del crimen.

Sin embargo, las represalias no pudieron ser más terribles. Se ajustició antes, durante y después de la ley marcial. Se han ocultado celosamente las cifras exactas. Jamás se dieron listas de nombres. Fueron sistemáticamente burlados  los pedidos al respecto formulados por la prensa nacional y extranjera. En esferas informadas de las Fuerzas Armadas, se habló, primero, de 390 oficiales y suboficiales. La cifra se elevó, luego, a 406. A esa ola de matanzas dio curso legal el decreto dictado por Rojas a las 0:30 del 10. Decreto que puso la vida de  los argentinos a merced de cualquier oficial con facultad de ajusticiar a quien quisiera “solo por sospechas de cualquier naturaleza”.

Azuzados por el decreto, aquella mañana del 10, unos ‘niños bien’, conocidos como ‘los torturadores del segundo piso del Congreso’ por la refinada saña desplegada en ese lugar, invadieron la Cárcel de Caseros, pasando por encima  de su Director, y ocuparon la mañana en vejar a los presos políticos: Leloir, Albrieu, Benítez, Cooke, Rocamora y otros. Durante la tarde y parte de la noche  los tuvieron de cara al muro, las manos en alto, con un pelotón de soldados apuntándoles a la espalda, a la espera a cada instante de la voz de ‘¡Fuego!’.

Los oficiales sublevados en Campo de Mayo –como ya dijimos– se entregaron sin disparar un solo tiro. Lo confesó así el ministro Ossorio Arana en declaraciones de prensa. Al punto fueron juzgados conforme al Código Militar.

Se formó tribunal. Se dictó sentencia. Esta fue comunicada oficialmente a los comprometidos y a sus familiares, a las 20 del domingo 10. Dicha pena  consistía tan sólo en años de cárcel.

Se burlaron los ‘libertadores’ del juicio militar, de la sentencia, del fallo, de la comunicación ya hecha a los implicados y a sus familiares. Se burlaron del Jefe de Campo de Mayo, General Lorio, a quien obligaron a fusilarlos a todos, a todos  sin remisión, aquella misma noche. La escena fue inenarrable. No hacía dos horas que los militares juzgados se habían acostado a descansar de su cansancio y su fracaso, después de largos días de vigilia, cuando fueron despertados por los generales Lorio, Arandía y el Capellán Militar, con la noticia  inimaginable de que se levantaran para ser ajusticiados, por disponerlo así el gobierno, haciendo caso omiso del fallo militar. La oficialidad en pleno fue conminada a presenciar aquel espectáculo de sangre y de vergüenza para el Ejército. Desde el jefe hasta el último soldado quedaron todos estremecidos tanto por lo criminal del castigo cuanto por la grandeza de alma de los  castigados. A las cuatro de la mañana del 11 cayeron con admirable entereza los coroneles Ibazeta y Cortínez, los capitanes Caro y Cano, los tenientes  Noriega y Videla, los suboficiales Paolini, García y muchos más.

La historia asociará a los nombres de los seis oficiales ejecutados en Campo de Mayo los de tres suboficiales, humildes servidores del Ejército y de la Patria. Son estos: el sargento Luis Pugneti; el suboficial Luciano Isaías Rojas; el suboficial Luis Isauro Costa. Los mencionados suboficiales fueron ejecutados en  el Penal de Las Heras en la madrugada del 11 o acaso la tarde del 10. Lo cierto  y terrible es que sus familiares no fueron enterados ni de la condena a muerte, ni del fusilamiento, ni siquiera del entierro. Recién ocho días después de  sepultados fueron llamados los padres, las esposas y los hijos de las víctimas y  se les señalaron los rectángulos de tierra, en el cementerio de Chacarita, donde  yacían los cadáveres.

Análoga suerte a la de los sublevados en Campo de Mayo corrieron los de la Escuela de Mecánica del Ejército. El general Huergo abogó furiosamente por la pena capital, contra la opinión en contrario del general Arandía Ricardo y del coronel Pizarro Jones. Estos, con toda razón, se negaban a castigar una falta con una pena dictada con posterioridad. El teniente coronel Quijano Semino tuvo la valentía de apoyar con firmeza el justo parecer del tribunal; y con severas palabras censuró la prepotencia de Huergo: ‘Nada tiene que hacer Ud.  aquí. Ud. es un general en disponibilidad’.

El tribunal juzgó conforme al Código Militar y aplicó años de cárcel, no la pena capital. Pero el dictamen del tribunal, que había parecido justo incluso al ministro Ossorio Arana, no conformó a Aramburu ni a los consultivos. (…) Cuando Arandía y Pizarro Jones se retiraban de la presencia de Aramburu, después de haber agotado todos los recursos en defensa del Derecho, aparecieron muertos.

No sólo se ajustició a oficiales, suboficiales y soldados. La ola revanchista cubrió a un grueso número de civiles, muchos de ellos aún sin identificar. Un comunicado oficial transmitido el 10 anuncia: ‘Fueron fusilados en Avellaneda: el teniente coronel Valentín Irigoyen, por haber sido encontrado con transmisor  portátil y proclamas revolucionarias; el capitán Jorge Miguel Costales, por comandar un grupo civil perturbador en Avellaneda, y los civiles Clemente Braulio Ross, Norberto Ross, Osvaldo Albedro y Dante Lugo’. Otro comunicado   anunció el fusilamiento de dieciocho civiles ‘por intentar asaltar la comisaría de Lanús’. Estos comunicados los ostenta jubilosa La Nación del 11 de junio, en  primera página, bajo una gran foto que exhibe, llenando la calzada frente a la  Casa de Gobierno, a toda nuestra oligarquía, reunida allí para homenajear a Rojas y Aramburu.

‘¡Aramburu, dale duro!’ era el estribillo más socorrido. Reclamaba más sangre. Aún no estaba satisfecha. Fue el gran Belloc, si no nos equivocamos, quien dijo que el síntoma más patente de la decadencia del mundo moderno era la crueldad. Una sociedad que no reacciona ante las matanzas es mala. Pero la que las reclama para satisfacer su odio de clases es sencillamente abominable a los ojos de Dios. Difícilmente nuestros ojos podrán contemplar jamás un espectáculo de barbarie semejante al que vimos en esos días ensangrentados. Buenos Aires pecó, pecó colectivamente derramando sangre  de hermanos. Delito horrendo, que difícilmente escapará a un castigo bíblico. Y cuando es Dios quien de su mano venga la sangre derramada del hermano, es de temer el peso de su mano.

‘Sólo por intentar asaltar la comisaría de Lanús’ se ejecutó a dieciocho muchachos del pueblo. El comunicado oficial ahora citado anunciando la ejecución del teniente coronel Valentín Irigoyen, tergiversa a sabiendas para echar sombras sobre uno de los más abominables actos de barbarie de los ‘libertadores’. El asesinado en la policía de Lanús, en las primeras horas del 1°,  no fue el teniente coronel Valentín Irigoyen sino su hermano, el coronel José Albino Irigoyen, quien prestaba servicios en la Dirección de Defensa Antiaérea.

El mencionado coronel Irigoyen, el capitán Costales y los civiles Dante Lugo, Clemente Ross, Norberto Ross, Osvaldo Albedro y varios más en número de veinte habían sido apresados por la Policía de la Provincia en la Escuela  Industrial de la Nación, en Avellaneda. Inmediatamente fueron trasladados a la seccional de Lanús. El coronel Irigoyen vestía su uniforme con los correspondientes distintivos y llevaba consigo su cédula militar. Era imposible confundirlo con su hermano Valentín, teniente coronel retirado.

Los detenidos fueron encerrados juntos en una dependencia de la comisaría. Desde allí pudieron escuchar con toda nitidez el siguiente diálogo telefónico, mantenido entre el subjefe de Policía de la Provincia y un general. ‘Sí, mi general… Como no, mi general. Sí; efectivamente tenemos un coronel y un capitán… Muy bien, mi general, sus órdenes serán cumplidas…’. Apenas pasaron unos instantes, cuando un hombre vestido de civil, pero al parecer militar, abrió la puerta de la habitación de los detenidos y dijo ‘Pase el coronel  Irigoyen’. Salió este. Y no habrían pasado cinco minutos cuando se oye el grito  de Irigoyen: ‘¡No tiren, no tiren!’. Al punto una descarga cerrada y luego un tiro aislado. Pocos minutos después volvía el mismo civil a llamar desde la puerta: ‘Capitán Costales’. Nueva descarga y nuevo tiro de gracia. Así se fue asesinando, sin la menor indagación, sin el menor proceso y sin la debida identificación de las víctimas. Cayeron dos oficiales, cinco civiles y un niño de unos dieciséis años.

Y hubieran caído los veinte detenidos de no sonar el teléfono en medio de la carnicería con la orden de suspender los asesinatos. ‘Esperen, no maten más. Ha habido una equivocación. No era a estos…’ dijo un oficial no bien colgó el  tubo. No es para decir el estado de los que esperaban el llamado a la muerte. Efectivamente hubo una ‘pequeña’ equivocación. Por eso, paradojalmente, los restantes detenidos, a quienes salvó de las balas el llamado telefónico, esa misma tarde eran puestos en libertad. Entre ellos algunos oficiales quienes tuvieron el tino de ocultar su condición de tales. Las declaraciones de los sobrevivientes constituirán mañana un testimonio de excepción, solemne e intergiversable, que revelará a las generaciones futuras hasta dónde puede llegar la barbarie cuando los métodos de represión los dicta el odio.

A las 9 de la mañana de aquel trágico domingo 10, los restos de los asesinados llegaban al Policlínico de Lanús. Tras el crimen, la profanación. Allí el jefe de personal, un tal Portela, se permitió, entre insultos y risotadas, patear el  cadáver del coronel Irigoyen. Procede dejar constancia del hecho para que el sacrílego jefe de personal reciba el condigno juicio de la historia. Recién en la tarde del siguiente día los familiares de las víctimas obtuvieron permiso policial   para sepultar los cadáveres, que recogieron desnudos y despedazados. Quede  también registrado para la historia el hecho inhumano de habérseles negado a los asesinados todo auxilio espiritual, a pesar de sus insistentes reclamos. El furor llegó hasta privarlos de la absolución sacerdotal. La noche del 9 de junio,   a la 1.30 de la madrugada, ante un grupo de periodistas que se encontraban aguardando noticias de los sucesos en la Casa de Gobierno, se desarrolló el siguiente diálogo, entre el contraalmirante Rojas y el general Quaranta: —Señor  general Quaranta, esos detenidos de Lanús y Avellaneda deben ser juzgados sumariamente y fusilados al amanecer. —Ya es tarde, señor contraalmirante. ¡Ya han sido fusilados!

Aterrado el gobierno de Aramburu por el terror que él mismo provocara en el pueblo con la mole inmensa de los cadáveres de sus víctimas —¡regio presente a la Democracia y la Libertad!—, se arrojó de inmediato a magnificar la asonada  para justificar ante la nación y el mundo lo brutal de los castigos.

La magnificación de los hechos no tuvo límites. Los discursos de Aramburu y Rojas y las largas crónicas de los periódicos hablan de “horrendos planes terroristas”, de “asesinatos en masa”, “de incendio del barrio norte”, de “destrucción y saqueo de iglesias (incluso la Catedral)”, de “incendios de los locales de los diarios democráticos”, de “destrucción de fábricas”, etcétera.

Según Rojas, el movimiento de junio “tiene ramificaciones en el resto de  América. Sofocarlo es, no solamente defender la democracia y la libertad argentina, sino también la de todo el continente americano” (La Nación, martes 12 de junio, p.3 c.3). Más lejos llegó Aramburu al vincularlo al movimiento comunista mundial. “Puede asegurarse que el movimiento no tenía solamente un fin político. Era un plan terrorista que había de dar distintas “satisfacciones” a sus miembros concurrentes: a unos, el poder y autoridad política; a otros, dinero o bienes; a los más, como accesorias, venganzas. Técnicamente había sido planeado, de acuerdo con el molde comunista, en grupos celulares con jefes y fines propios e independientes, de conducción comunista indudablemente”. Así, textualmente, lo aseguraba La Nación del 12  de junio, en primera página y primera columna. Y remataba la crónica con estas palabras: “Pudo así definir el general Aramburu esa coalición criminosa  en esta forma: Cabeza comunista y cuerpo aliancista-peronista”.

Pero, cuando más allá de sus vaguedades altisonantes, pretendió el gobierno aducir concretos para justificar los centenares de fusilamientos, encarcelamientos y torturas, lució su ingenio inventando patrañas burdas y pueriles, a las que la prensa “libre” calificó de “importantísimas revelaciones presidenciales ilustradas con elementos originales de alto valor” (La Nación, 12 de junio, p.1 c.1). ¿Qué prueba sensacional o qué hallazgo misterioso reveló Aramburu para justificar las ejecuciones, los secuestros, los encarcelamientos, las torturas, los confinamientos, con todas las secuelas de hambre, miseria y luto que ello trajo a millares de familias argentinas? Avergüenza recordarlo:

1°- “El hallazgo de dos valijas abandonadas en un auto asimismo abandonado”. ¿Qué contenían las misteriosas valijas? Unos sobres. Y, ¿esos sobres? La orden a los “jefes de manzana”, allí nombrados, de pasar a degüello a todos los oligarcas de su manzana. Y ¿quiénes resultaron ser los dichos “jefes  de manzana”? Según una sensacional revelación, dada unas semanas después  por la Secretaría de Prensa de la Presidencia, los tremebundos jefes de manzana resultaron ser unos bonachones vecinos, algunos hasta miembros de  la Acción Católica. Como es de imaginar, estos quedaron paralizados de asombro al verse señalados por el gobierno para tan infernal menester. Y, por   supuesto, todo fue anunciar la Secretaría el gran secreto, y comenzar a llover solicitadas en los diarios desmintiendo al gobierno. Este, como es su costumbre, dio la callada por respuesta y se tragó muy “pancho” el papelón.

¡Asombrosamente inteligente la farsa de las valijas abandonadas! Ya se cuidará el gobierno de recordarla. Algún día podrá ponerse en claro quién fue el autor de la broma de las valijas en la que cayó Aramburu tan “inocentemente”.

2°- Otro descargo del gobierno fue acusar a unos estudiantes, entre ellos a Raúl Lagomarsino, Marcos, Held y pocos más, a quienes se había detenido semanas antes, de “explotadores de mujeres, estafadores y delincuentes”. Los mencionados no tenían ningún contacto con el movimiento de Valle. Habían sido detenidos —repetimos— varias semanas antes. Procesados y juzgados, ha sido ya probada su desconexión con el movimiento de junio. Sin embargo, Aramburu, en ocasión gravísima, ante la prensa mundial, no vaciló en clasificarlos de tratantes de blancas, ladrones, delincuentes, invertidos. ¿Tenía  algo que ver todo esto con el motín?

3°- Tan falso como los anteriores fue el tercer cargo formulado a los sublevados: que la revuelta había sido encabezada por comunistas extranjeros  desconocidos. Lo cual no obstó para que Aramburu pudiera asegurar a renglón  seguido: “Pero ya no habrá más revueltas en la Argentina, porque hemos matado a las cabezas” (La Prensa, 14 de junio, p.1 c.1). ¡Las cabezas estaban fuera, pero Aramburu las mató dentro del país! Estas necedades y la promesa de un “Libro negro”, que por supuesto no publicará jamás, es todo cuanto alegó  el gobierno en descargo del huracán de matanzas con que anegó al país.

¿Cómo es posible —se pregunta uno— que el país no reaccionara, que no reaccionara el Ejército, el más castigado, que no reaccionaran nuestros intelectuales ante tanta barbarie unida a tan canallescas mistificaciones?  Primero, porque complotada con el gobierno, trabajó a todo vapor la gran prensa mercantil, poniendo en juego sus mecanismos anestesiantes de la opinión pública. Y, segundo, porque el país no se hallaba gobernado sino invadido; y, como tal, sometido a los más temibles métodos de sojuzgamiento  que ponen en juego los paladines de la libertad cuando ven amenazados sus privilegios.

Al rayar el alba del domingo 10, ya se habían apagado todos los fuegos revolucionarios. Los complicados huían en desbandada por los caminos de la Provincia, buscando ganar las fronteras o deambulaban por las calles de Buenos Aires en procura de asilos diplomáticos. Los más llamaban a las puertas de un amigo, bajo cuyo amparo pudieran escapar a la nube de pesquisas, policías y sabuesos de los Comandos Civiles, lanzados a la caza de los conspiradores.

Valle, caminó pausadamente por la ciudad. Durante el levantamiento había comandado a su gente, a la par de Tanco, en Avellaneda. Cuando todo estuvo perdido, pasó el puente y enderezó hacia el centro de la ciudad. Iba solo con su alma, rumiando el descalabro. No necesitaba de camuflajes. Las muchas vigilias, el cansancio, los sinsabores no desfiguraban su rostro. Largas patillas.  En el ceño y los labios, hondas huellas de muchas noches insomnes. Pálida serenidad en el rostro.

¡Con qué claridad veía ahora que había salido, no a luchar, sino a corajear, no  a matar sino a morir, arrollado por la ola incontenible de un pueblo que pretendía ingenuamente sacudirse de encima la opresión como si fuera esta sólo una pesadilla que se la aleja cambiando de lado! No había conducido él a  los suyos. Los suyos le habían arrastrado a él. A la sobra de ímpetu se había unido una falta casi total de prudencia. Todo lo que había abundado el coraje había faltado la astucia.

El gobierno desde hacía tiempo tenía en su mano todos los hilos de la conspiración. Aramburu mismo lo expresó así. Pudo apresar a las cabezas. Pudo evitar el levantamiento. Pudo ahorrar sangre. Pero no, permitió que todo prosiguiera hasta el fin. Así marcaba uno a uno a sus enemigos. Así, de una buena vez por todas, los escarmentaba con un castigo ejemplar. No de balde cuenta con un espionaje al que nada escapa. No de balde había filtrado hábiles “escuchas” en todos los cuadros del enemigo.

Los comunicados oficiales de la radio comenzaron a propalar las primeras matanzas: Valentín Irigoyen, Jorge Miguel Costales, los hermanos Ross, Albedro, Lugo… A todo el personal militar, policial y de gendarmería se prescribía la captura del coronel Cogorno. Aviones Gloster Meteor bombardeaban despiadadamente el Regimiento 7 de Infantería de La Plata. Bombarderos Avro Lincoln diluviaban metralla sobre la estación de radio de Santa Rosa, y las manzanas vecinas. Phillipeaux, muchacho magnífico, había caído capturado. En todas partes: juicios sumarísimos y ajusticiamientos.

Debía morir, porque “jamás podría mirar con honor a la cara a las madres y esposas de los asesinados”. Entró en la casa de un amigo, en pleno Barrio Norte, pero no ya para esconderse sino para prepararse tranquilamente a la muerte. Su serenidad era tanta, que, allanado el departamento, momento después de haber llegado él, pasó inadvertido. Los allanantes jamás habrían advertido que tenían a la mano al tan buscado jefe de la revolución.

Juan José Valle toma la resolución de entregarse ya que no deseaba comprometer a sus amigos, no traerles el menor cuidado. Abandonó de inmediato su primer refugio y, con la imperturbable tranquilidad de siempre, salió otra vez a la calle en busca de un sitio soledoso, donde como cristiano y como hombre de honor, lo dispondría todo antes de dar el paso definitivo. Todavía en la noche del 11 dejó su nuevo refugio, donde había pasado la tarde  del domingo y todo el lunes, para llevar su pésame a la familia de un coronel, su entrañable amigo fusilado en la madrugada de ese mismo día. Al restituirse  a su domicilio, su resolución ya estaba tomada irrevocablemente. Se entregaría  a sus enemigos en la madrugada del siguiente.

Esa misma noche del lunes, un amigo suyo concibió el plan de salvarlo presentándose al capitán Manrique, en la Casa de Gobierno, e intercediendo por él. Bien veía Valle que todo sería inútil. Jamás habría aconsejado ni permitirlo siquiera a sus amigos se valieran de su amistad con gentes del gobierno para interceder en su favor. Impuesto Manrique del propósito de Valle, esa misma noche se hizo presente en el domicilio de Rojas, acompañando  al amigo de Valle, y le comunicó la “gran noticia”: Valle se entregaba.

Al término de esta entrevista, desde el domicilio mismo del contraalmirante, habló con Valle su amigo y le transmitió la palabra de Rojas: “Bajo mi responsabilidad, que se entregue. Su vida no correrá peligro ninguno”. Sin embargo a Valle el corazón le anunciaba premonitoriamente que ni esa palabra de honor ni el comunicado del gobierno de la mañana del 12 anunciando el cese de las ejecuciones serían cumplidos. Pero, ¡qué más daba! Él había determinado entregarse a la muerte, y se entregó a las 4 de la mañana  de ese mismo día. Trasladado al Regimiento 1 de Palermo, se lo juzgó y se lo condenó a muerte. Se dice que fue Rojas quien firmó primero de todos la sentencia. Llevado después del mediodía a la cárcel de Las Heras, hizo gala de  una ejemplar entereza cristiana y de sorprendente valentía. Con firme pulso escribió sus célebres cinco cartas, entre ellas la dirigida a Aramburu, conocida  ya en todo el mundo y traducida a varias lenguas.

Recibió los Santos Sacramentos. Se despidió de su hija, consoló a su Párroco, que lloraba a lágrima viva. Y de pie, de cara al pelotón, perdonó a sus asesinos. Invocó a Dios. Ofrendó su vida por la causa del pueblo, único móvil de su acción, y por la unión de todos los argentinos. “RUEGO A DIOS QUE MI SANGRE SIRVA PARA UNIR A LOS ARGENTINOS””.[1]

La Operación Masacre

En 1957, Rodolfo Walsh escribió Operación Masacre, donde decía quiénes fusilaron y a quiénes en la Comisaría de Lanús.

“Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: “Viva la patria” sino que dijo: “No me dejen solo, hijos de puta”.

Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada anunciando que dieciocho civiles habían sido ejecutados en Lanús.

La represión es fulminante. Dieciocho civiles y dos militares son sometidos a juicio sumario en la Unidad Regional de Lanús. Seis de ellos serán fusilados: Irigoyen, el capitán Costales, Dante Lugo, Osvaldo Albedro y los hermanos Clemente y Norberto Ros. Dirige este procedimiento el subjefe de Policía de la provincia, capitán de corbeta aviador naval Salvador Ambroggio.

Los seis hombres que al mando del coronel Irigoyen pretendieron instalar en Avellaneda el comando de Valle y a quienes se capturó sin resistencia, son fusilados en la Unidad Regional de Lanús en la madrugada del 10 de junio.

Fojas uno, acta del Juzgado: con fecha abril 9 de 1956, el doctor Viglione, habiendo tenido conocimiento de que en la brigada de investigaciones de Lanús se cometen reiteradamente apremios ilegales contra los detenidos, decide constituir el Juzgado en esa repartición policial. Fojas uno vuelta: constituido el doctor Viglione en la seccional policial citada, en compañía de los secretarios del Juzgado, recorre los calabozos y es informado por los detenidos Héctor, Agustín Daniel y Julio Jorge Silva, Agapito Rearte, Rómulo Fernández, Héctor A. Milito, Mariano Enrique Gareca, Carlos Neme, Miguel Artemio Longhi, Alfredo Richler, Alfonso Dande, Ernesto Arturo Suárez, Domingo Cuervo y Domingo Prieto, que se encontraban lastimados por haber sido sometidos a torturas en las mismas dependencias en que se encontraban, por lo que se dispone requerir la presencia del médico de policía, doctor Ricardo Alberto Díaz, quien informa por separado. Los detenidos denuncian entonces a sus torturadores: Rearte al empleado Fariña; a Milito lo sometieron a picana los empleados Zapiola y Fernández; Cuervo denuncia que le pegó el empleado Gatti y otros más que reconocería; Prieto dice que le pegó y aplicó la picana el empleado Fumagalli y otros; Richler vio cuando llevaban a sus compañeros a la celda completamente desnudos y en mal estado, a raíz de las  torturas sufridas.

El acta es firmada por todos los detenidos mencionados, el juez y los secretarios. El informe del médico de policía dice: Que los detenidos Héctor, Agustín Daniel y Julio Jorge Silva tienen las siguientes lesiones: escoriaciones lineales en la cara lateral derecha y en la cara lateral izquierda del hernia, abdomen superior. Múltiples equimosis puntiformes en casi todo el abdomen, con una evolución de siete días; producidas con un instrumento duro y puntiforme pasado por la zona con discreta presión; las segundas han sido producidas por un pequeño instrumento de pequeña superficie sin punta, que ha actuado con violencia suficiente para producir esos pequeños derrames sanguíneos superficiales. Agapito Néstor Rearte: dos cicatrices de medio centímetro aproximadamente de diámetro en la región dorsal del pene; corresponden por su tamaño a quemaduras y tienen una data de no menos de siete días y no más de quince días. Rómulo Fernández: hematomas de ocho días aproximadamente de evolución en el párpado inferior derecho, provocado por elemento contuso, que pudo ser golpe de puño. Milito: equimosis en la región inguino-escrotal, provocadas por elemento contuso. Carlos Neme: cicatrices puntiformes en el pene y en el escroto, del mismo tipo que las de Rearte. Domingo Prieto: herida contusa en la rodilla derecha y una herida superficial en el brazo derecho; estas lesiones están en plena cicatrización y tienen tres o cuatro días. Dijo luego el doctor Schaposnik: ‘No voy a seguir leyendo constancias del sumario que demuestran fehacientemente los malos tratos inferidos por el personal de la Brigada de Investigaciones de Lanús a los detenidos’.

El comisario Mucci, que dirigía las investigaciones en Lanús, todavía sigue en funciones… Éstos son ejemplos que pongo. Mi exposición sería interminable si me hubiera dedicado a sacar las notas necesarias de los expedientes judiciales… 114. Esto ¿no merecía otra conferencia de prensa? (…) Dijo luego el doctor Schaposnik: No voy a seguir leyendo constancias del sumario que demuestran fehacientemente los malos tratos inferidos por el personal de la Brigada de Investigaciones de Lanús a los  detenidos. El comisario Mucci, que dirigía las investigaciones en Lanús, todavía sigue en funciones… Éstos son ejemplos que pongo. Mi exposición sería  interminable si me hubiera dedicado a sacar las notas necesarias de los  expedientes judiciales… ¿no es también urgente fundamentar un gran movimiento de opinión que aniquile para siempre a los terroristas de arriba, a  los torturadores, a los fusiladores? Empiezo a convencerme de que es una desgracia, una especie de tara psicológica de la que huye la gente respetable, ver siempre las dos caras de la moneda. Esa moneda de dos centavos de sensibilidad, que reclamaba el doctor Schaposnik[2].

Nuestro homenaje

LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE LANÚS ESTÁ REALIZANDO UN HOMENAJE A JUAN JOSÉ VALLE HACIENDO OTRA ESCUELA DE OFICIOS CON SU NOMBRE, PARA RECUPERAR LA DIGNIDAD QUE FUE AVASALLADA POR LAS DICTADURAS  SUCESIVAS, LAS QUE DEJARON MUCHOS Y MUCHAS DESAPARECIDOS Y A NIÑOS Y NIÑAS APROPIADOS. ASÍ RECUPERAREMOS LA DIGNIDAD, PORQUE CREEMOS QUE SI NO TENEMOS UN OFICIO, NO LA TENDREMOS NUNCA MÁS.

Por eso escribí el prólogo de Latinoamérica, Ahora o nunca de Perón, porque no sabía Perón, que años después llegaría Videla y nos desaparecerían y asesinarían a 30.000 personas y nos obligarían a otros a resguardarnos en diferentes países.

“Esto nos recuerda la paciente impaciencia que sugería Tomás Borge para afrontar la inmensa tarea de la integración de Nuestra América. Unas veces más cerca, otras veces más lejos, ese propósito ha estado desde siempre en el corazón mismo del proyecto nacional y popular que el autor de  este libro prefiguraba para establecer las exigencias a partir de las cuales hacer  posible una nación económicamente libre, socialmente justa y políticamente soberana.

‘El hombre —nos diría Ernst Bloch— es un animal utópico, pero la utopía debe transformarse en utopía concreta si no quiere transformarse en legitimadora de lo existente al ser, simplemente, escapismo intelectual’. Por eso nos habla de lo no todavía. No será ahora o nunca, porque las utopías cuestan y tardan un poco más. La urgencia de la consigna política no significa que la historia no  tenga avances y retrocesos o corsi e ricorsi, como decía Giambattista Vico”.

Ya que acordamos con Amnistía Internacional, tenemos que enseñar como decía Aristóteles en La Política: “puesto que hay un fin único para toda ciudad, es manifiesto también que la educación debe necesariamente ser única y la misma para todos, y que el cuidado de ella debe ser común y no privado”.

Derechos en el trabajo, como unas condiciones de empleo justas.

Derecho a la educación y gratuita.

Derecho al saneamiento, que incluye el acceso a un aseo seguro.

Derechos culturales de las minorías y de los pueblos indígenas.

Derecho al más alto nivel posible de salud física y mental, como el acceso a unos servicios de salud de calidad.

Derecho a una vivienda adecuada, que incluye la protección frente a los desalojos forzosos.

Derecho a la alimentación, que incluye la capacidad para obtener alimentos nutritivos.

Derecho al agua, que incluye agua apta para el consumo asequible[3].


[1] Arrosagaray, Enrique (2016). La resistencia y el General Valle. Buenos Aires, Punto de Encuentro.

[2] Walsh, Rodolfo (1994). Operación Masacre. Buenos Aires, Planeta.

[3] www.elhistoriador.com

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