Son las 13:50 del lunes 24 de noviembre de 2025. En el hemisferio sur es casi verano. Para mí, noviembre significa ropa liviana y culminación de cuatrimestre: cerrar calificaciones, imprimir actas, organizar festejos de fin de año. Pero este año es distinto porque estoy en Berlín, hace frío y el semestre acaba de comenzar.

Camino con Catharina Lux y Jeannette Windhauser por pasillos largos, repletos de estudiantes con mochilas y libros en las manos. Todos están muy abrigados. Hay edificios que son universales y al mismo tiempo «declinan» de modos singulares en cada parte del mundo. Las universidades son así: sabes que estás en una, aunque son todas distintas. Hay un «tipo ideal» de universidad y luego, universidades concretas. Pienso en esto rememorando a Max Weber, en cuya tierra me encuentro.

Catherina y Jeannette me recibieron unas horas antes en su oficina del Instituto de Ciencias de la Educación (Institut für Erziehungswissenschaften). Nos acabamos de conocer, pero la charla fluye con una calidez sorprendente que supera mis expectativas. Sonríen, son sencillas y muy hospitalarias. Además, se interesan por mis actividades y por mi país. Me preguntan mucho, interrumpen mis relatos para pedir detalles. Les hablé de mi querida UNLa, del trabajo que hacemos allí en materia de educación en derechos humanos, de las redes en las cuales trabajo buscando impulsar una formación en derechos humanos que acompañe y dé forma a la formación profesional. De eso hablaré en un rato, en la conferencia con estudiantes de la carrera de Educación de la Humboldt Universität.

Entramos al edificio principal de la Humboldt. Me resulta imponente, tanto por su tamaño como por su solemnidad. Por lo demás, es una universidad como tantas otras: aulas, pasillos, luces blancas, gente, carteleras, grupitos de estudiantes repartiendo panfletos. Al entrar me topo con Marx, el mismísimo Karl Marx eternizado en el hall principal con su Tesis XI: «Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert; es kömmt drauf an, sie zu verändern» [Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo]. Es una frase que no pude olvidar desde el momento en que la leí por primera vez, tal vez a mis veinte o veintidós años en la «facu de sociales» de la UBA.

Seguimos caminando, subimos escaleras, doblamos a la derecha y llegamos al aula asignada para la clase. Claro que estoy nerviosa. Es la primera vez que estoy aquí, tendré que hablar en inglés, compartir información y responder preguntas. Soy profesora invitada (Lecturer) en la Facultad de Cultura, Educación y Ciencias Sociales[1], donde pude llegar gracias al apoyo de otra profesora de esa casa de estudios, Liliana Feierstein. Liliana es argentina, pero vive y trabaja hace más de veinte años en Berlín. Con ella armamos un proyecto sobre educación en derechos humanos en perspectiva comparada: Berlín y Buenos Aires. Fui seleccionada para pasar diez días en la Universidad Humboldt realizando entrevistas a profesores universitarios. Mi investigación se propone describir cómo perciben algunos profesores universitarios en Berlín y en Buenos Aires su rol docente en términos de formación para los derechos humanos. Para acceder a esa información, tendré que hacer entrevistas a varios docentes. Pero además, me invitaron a compartir la experiencia que venimos desarrollando hace más de doce años en la Universidad Nacional de Lanús. Allí la enseñanza de los derechos humanos abarca a todas las personas que cursan una carrera. Eso les pareció interesante a mis interlocutoras alemanas, y me pidieron que contara cómo lo hacemos y cómo repercute esto en la formación profesional de nuestros futuros graduados.

Me preparo para dar mi clase. Hay más de cuarenta estudiantes. El aula es cómoda, está muy bien calefaccionada, tiene micrófono y proyector. Puntualmente a las 14:15 comienza. Las clases siempre empiezan y cuarto, y duran una hora y cuarenta y cinco minutos, aunque a veces pueden extenderse hasta las dos horas.

Kandel en la Universidad Humboldt

Sabía que antes de mencionar el tema específico de la educación en derechos humanos (EDH) debía hacer unos comentarios generales sobre la Argentina y su sistema de educación superior universitario. Hay contrastes. Ambos países tenemos gratuidad en los estudios universitarios; en Alemania, incluso para el posgrado. Pero me piden detalles sobre la segunda característica de nuestro sistema universitario: el ingreso irrestricto. Explico cómo funciona. Me comentan que eso sería impensado en la mayor parte de los países europeos: en Alemania, el ingreso a la universidad requiere la aprobación del examen Abitur. Los exámenes selectivos son un criterio bastante universal y naturalizado (por lo tanto, poco discutido). Entra a la universidad quien aprueba esos exámenes. Nos detenemos en este punto. Me preguntan si lo considero justo. Comento que hay un criterio de «justicia distributiva», pues a priori nadie queda exento de aspirar a ingresar a la universidad si cumple con los requisitos que establece la Ley de Educación Superior 24.521. Pero también doy detalles acerca de las altas tasas de abandono o, lo que es lo mismo, las bajas tasas de graduación. Ofrezco datos, cruzo esos datos por nivel socioeconómico. Describo las características de los estudiantes universitarios, colocando especial énfasis en las universidades del Conurbano de Buenos Aires (muestro un mapa). Y, de entre todas las universidades, hablo particularmente de la UNLa. Hago referencia a algunas de las tendencias que describen el perfil de nuestros estudiantes: Feminización de la matrícula; Incremento de estudiantes de primera generación de universitarios en sus hogares; estudiantes que trabajan; aumento de presencia de estudiantes en situación de discapacidad y también aumento del promedio de edad de nuestros estudiantes.  

Alguien me pregunta sobre los estudiantes «primera generación de estudiantes universitarios en sus hogares». Me piden que aclare cuál es su perfil, y hago énfasis en la pobreza y la desigualdad como uno de los principales desafíos de nuestro sistema universitario (y, por supuesto, de nuestro país y nuestra región en general). Al tener sistemas de ingreso tan selectivos, muchos países europeos cuentan con perfiles sociodemográficos de estudiantes más homogéneos. Aunque en ese contexto hay una diversidad cultural que es cada vez más pronunciada, sobre todo por la creciente presencia de estudiantes de origen musulmán. Pero vuelvo a la Argentina. Comento que el ingreso irrestricto es parte de nuestra idiosincrasia. También les llama la atención el hecho de que hay una suba en el promedio de edad de los estudiantes. Me resaltan lo interesante y democratizante que perciben el hecho de que la gente de más avanzada edad pueda estudiar. Me preguntan sobre las bajas tasas de graduación. Reconozco que es un tema preocupante en mi país. Pero al mismo tiempo les comparto una idea que, si bien no tengo estudiada, la tengo como certeza absoluta: el paso por la universidad deja huellas. Claro que es importante graduarse, pero quienes llegan a la universidad, caminan por sus pasillos, concurren a las aulas, almuerzan en el comedor universitario, intercambian palabras con otros estudiantes, hablan con docentes, viven experiencias que los transforman. No salen igual a como entraron. La universidad deja marcas.

Luego me permito compartir algunas estrategias concretas que mi universidad viene desarrollando, al igual que muchas otras, con vistas a lograr mayores niveles de retención de estudiantes. Les hablo del programa Tutores Pares, de los talleres de alfabetización académica, de los puentes que se tienden entre la escuela secundaria y la universidad.

También hablé de los recortes y de las luchas que está dando en estos momentos el sistema universitario y el sistema científico ante los retrocesos presupuestarios. Nos dimos un tiempo para hablar del esquema neoliberal que avanza en Argentina, América y Europa. También comentamos que de fondo hay una revisión acerca del rol del Estado y que se expande un cuestionamiento y una desconfianza hacia lo público en general. También sucede en Alemania.

Esta deriva me permitió introducir el tema de la enseñanza de los derechos humanos. Propuse la figura de un par de anteojos. Entiendo que -además de un sistema de normas- los derechos humanos son una lente desde la cual mirar al mundo: los derechos en clave de justicia y no en clave de privilegios, un piso de igualdad como elemento necesario para llevar una vida digna. Hablamos de retrocesos en estos acuerdos que parecían haber sido consensuados, al menos por el mundo occidental.

Y luego volví a hablar sobre EDH. Comenté que en Argentina hay un organismo llamado Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), y en su interior una Red Interuniversitaria de Derechos Humanos. Conté que esa red promueve la inserción curricular de los derechos humanos en los planes de estudio de las carreras universitarias.

Como mis interlocutores son futuros docentes, nos permitimos pensar en los impactos que pueden tener los cursos de derechos humanos. Sabemos que la formación de la subjetividad política no depende de un curso. La construcción de esa subjetividad es multicausal. Pero a su vez sabemos que no podemos evadir la tarea.

En Alemania, y particularmente en Berlín, la formación docente ocurre en la universidad. Por eso la Facultad de Educación es muy numerosa, pues en ella estudian las personas que aspiran a obtener el título de maestros de primaria y de secundaria. Catherina y Jeannette me pidieron más detalles sobre la formación en derechos humanos. Sobre todo, quisieron saber cómo está actuando la universidad y la sociedad en general respecto del avance de ideas antiderechos. Me dijeron que Argentina es una referencia para ellas en materia de lucha y participación de la sociedad civil. Que reconocen nuestra tradición de alta conciencia cívica y de defensa de la democracia, hasta mencionaron a las Madres y a las Abuelas.  Este tema fue retomado luego en otra actividad en el Departamento de Ciencias de la Educación.

Hablé de las manifestaciones multitudinarias en defensa de la universidad pública. Y comenté que fue muy impresionante ver cómo se sumaba gente en distintos rincones del país, expresando el orgullo que representa la universidad pública argentina, aun para la gente que no concurrió a ella. También hablé de la retracción del presupuesto universitario, de los votos en el Congreso de la Nación y de la Ley de Financiamiento Universitario y la decisión de incumplirla por parte del Poder Ejecutivo Nacional. Un estudiante insistió en saber qué estrategias se asumen para la lucha por parte del sector universitario y, particularmente, por parte de los estudiantes. Les respondí que las estrategias son las mismas que desde hace tiempo: además de las movilizaciones muy masivas y la presentación de recursos judiciales ante la Justicia, paros y hasta en algunas oportunidades alguna que otra toma, pero que son poco captados por la prensa y que, lamentablemente las estrategias ahora no generan el efecto buscado. 

Hubo una segunda actividad en el Departamento de Educación, para hablar específicamente de educación en derechos humanos en la Argentina. Pude profundizar en aspectos metodológicos y experiencias concretas que desarrollamos en nuestras aulas. Además, mencioné en detalle el programa del Seminario de Justicia y Derechos Humanos, junto con las investigaciones que realizamos en el Instituto de Justicia y Derechos Humanos de la UNLa, vinculadas a la noción de Justicia Curricular y trayectorias docentes. Mis interlocutoras me contaron acerca de sus trabajos sobre género y educación sexual integral. Es un tema que atraviesa a la sociedad en su conjunto y al sistema educativo desde hace años. Me muestran una biblioteca con libros para todas las edades y otros materiales de enseñanza que se emplean en las escuelas de Berlín. Hay una universalidad en derechos humanos y género, y también hay formas particulares en que los temas declinan según los territorios, sus historias y sus luchas.

Esa misma noche hubo en la Universidad Humboldt una asamblea estudiantil. Tuve la suerte de participar y una colega con una generosidad enorme me fue traduciendo al inglés lo que allí sucedía. De la asamblea participó la rectora, profesores y estudiantes de distintas carreras. El tema central fue: ¿cuál es el límite a la libertad de cátedra? ¿se puede en nombre de la libertad de cátedra promover discursos que discriminan? Los recuerdos del nazismo sobrevuelan por todos lados. En las carteleras hay afiches que piden denunciar situaciones de antisemitismo. En los intercambios se menciona el compromiso de este país con la democracia, se despegan de cualquier atisbo de nazismo. Y en medio de esa discusión una estudiante comenzó su intervención leyendo un texto de Hanna Arendt, extraído de Los orígenes del totalitarismo. Su argumento es que hacia 1933 los intelectuales y académicos alemanes adoptaron una postura de «neutralidad» o «apoliticismo» frente al ascenso del nazismo. Para ella, esta supuesta neutralidad fue en realidad una forma de complicidad, porque permitió que el totalitarismo avanzara sin resistencia significativa desde el mundo académico.  Y la pregunta es si en tiempos de avance del partido de ultraderecha AfD (Alternativa para Alemania) puede la universidad mantenerse neutral.

No voy a poder profundizar en los detalles de la reunión, donde había más de cien personas que permanecieron debatiendo hasta tarde en la noche. Pero la pregunta quedó dando vueltas en mí: en entornos plurales, con un profundo respeto por la libertad de expresión, donde valoramos la diversidad de ideas y de miradas, y donde, además, nos consideramos activos constructores de ciudadanía y defensores de la democracia y los derechos humanos… ¿llegaremos a tener que preguntarnos por los límites de la libertad de cátedra? En varias de las conversaciones que surgieron, al calor de los tiempos que corren conversé con colegas que en Europa se están preguntando cómo explicar que una cosa es el adoctrinamiento, y otra cosa es la defensa de los derechos humanos y la promoción de la igualdad de derechos en todas sus formas.  Hablar de esto último no es adoctrinamiento.  

Al terminar la actividad camino nuevamente por el pasillo donde empecé esa mañana. Me cruzo nuevamente con Marx, y su mandato de entender la realidad para poder transformarla. Pero… ¿transformarla en qué? ¿con qué herramientas? Y recuerdo mis clases de sociología general, donde Max Weber sentenciaba que en el aula los docentes no debemos abusar de nuestra autoridad transmitiendo convicciones, que nos ajustemos al texto. Y me acuerdo entonces del valor de los matices, de la posibilidad de sintetizar reuniendo lo mejor de cada parte: tesis, antítesis y síntesis (Hegel).  Compruebo una vez más, como cada vez que piso una universidad, que la universidad es un espacio público, un espacio de debate político, donde la realidad se cuela por sus puertas y ventanas, no queda suspendida afuera hasta que salimos, porque esa realidad la llevamos en nuestros poros y nos penetra inevitablemente a nosotros también. Es, definitivamente, una institución compleja. Querida y compleja.

Termino volviendo a la experiencia de mi clase en la Humboldt Universität. El diálogo con colegas y estudiantes siempre enriquece. Parada frente a ellas y ellos pienso que hay efectivamente algo universal en la universidad: un lenguaje compartido que habilita la pregunta filosófica por los sentidos de las cosas. La universidad es una casa de pensamiento, de construcción colectiva de saberes y experiencias. Un lugar, del cual salimos distintos a como entramos. Trabajemos para que esto siga ocurriendo en cada historia de vida de quienes circulan por sus pasillos y aulas.  

Acerca de la idea de Bildung
Un hito que con frecuencia se nombra cuando se habla de la universidad moderna es la creación de la Universidad de Berlín (hoy universidad Humboldt, el lugar donde estoy presentando mi clase), ya que esta fundación muestra en qué consistieron los esfuerzos por reformar e impulsar el desarrollo de la universidad en el siglo XIX. Ligados al idealismo alemán, un grupo de filósofos ideó un plan para “rejuvenecer y reformar” la universidad, y de este modo convertirla en “centro de saber y de enseñanza”, promoviendo la autonomía y el autogobierno.

El principal referente de este período, Wilhelm von Humboldt fue además un funcionario del gobierno prusiano que buscó la fundación de una institución que refleje sus ideas acerca de lo que debía ser la universidad: “la cumbre donde se reúne todo aquello que sucede directamente en interés de la cultura moral de la nación”. La universidad que propuso Humboldt debía garantizar la “libertad de enseñar y la libertad de aprender”, es decir que por sobre todas las cosas debía ser una institución pública autónoma, que reciba del estado el apoyo material que le garantice su pleno desarrollo. En síntesis, la propuesta de Humboldt buscaba que la universidad despliegue la noción de Bildung, palabra de difícil traducción que expresa un proceso de formación general e inacabado.

La palabra alemana Bildung fue traducida a veces como formación, y otras como cultura. Pero más allá de la dificultad de la traducción, conviene destacar aquellos significados que tradicionalmente se le han asociado en la tradición filosófica y pedagógica alemanas provenientes de la Ilustración: espíritu (Geist), y libertad (freiheit). Así, “estos tres términos, formación, espíritu y libertad, constituyen las claves sobre las que descansa una pedagogía que atiende a la plenitud de lo humano en el hombre” .

Estas ideas -independientemente de su concreción-, permiten pensar en un sentido que la universidad tuvo en alianza con la emergencia de los estados modernos. La universidad debía ser, para Humboldt, una institución autónoma, pero profundamente vinculada con el Estado. Su función no era sólo la formación de profesionales –función que él reconocía como fundamental- sino sobre todo, “el cultivo de la moral”, el desarrollo de la cultura, la formación de la persona.

Desde esta perspectiva, la ciencia era una y junto a su tratamiento se debía desplegar el desarrollo cultural de la Nación. De todo esto deducimos que enseñar la ciencia no es sólo formar profesionales: en el mismo proceso de formación se forman sujetos, hombres cultos.

El proyecto humboldtiano buscó desde un principio diferenciarse de la idea de “utilidad del saber”, no porque desconociera la importancia de la formación profesional, sino porque anteponía a ella la formación humana: de esta primera se desprendería el quehacer cotidiano, el desempeño cotidiano de los profesionales.

“La formación de lo humano en el hombre no podía reducirse a la adquisición de una habilidad técnica especializada (de un saber hacer); sólo podía dar verdaderamente las orientaciones prácticas, esto es, propiamente formar, un saber más englobante, animado por el ideal filosófico de articular al infinito los diferentes campos de conocimiento en un saber unificado y organizado” .

Del saber mismo se desprende la técnica, podríamos afirmar. Humboldt se ocupa de dejar en claro cuál es el objetivo de la universidad: no es que el alumno se deba al maestro, ni que el maestro se dedique exclusivamente al alumno, pues ambos deben destinar sus esfuerzos al desarrollo de la ciencia, a la búsqueda de “la” verdad a través de la investigación.

Volví sobre estas ideas, acerca de las cuales trabajamos mucho junto al Dr. Francisco Naishtat en el Instituto Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA (años 2006 a 2012), e ideas que derivaron en la publicación de un libro: Genealogías de la Universidad Contemporánea. Sobre la Ilustración o pequeñas historias de grandes relatos . Pero buscando autores y debates contemporáneos acerca de la idea de Bildung me topé con un libro de un filósofo sueco, Morten Timmermann Kosgard , que propone una reinterpretación interesante: si bien la reflexión filosófica destacó los aspectos individuales de la Bildung, hay en ella una dimensión social y comunitaria que se debería recuperar en el tiempo actual. Bildung, desde su perspectiva, contiene una posible mirada sobre la educación como proceso que nos invita a pensar en cómo nos vamos a relacionar con el mundo. Desplazar la pregunta por el desarrollo individual y el logro de metas cuantificables hacia un objetivo que vincula la propia existencia con un mundo en el cual hay algo propio inscripto en ese mundo. Y hay algo del mundo inscripto en cada sujeto: reconocer y potenciar una herencia compartida que nos hace parte del mundo. Bildung es lograr que el estudiante sienta una relación significativa y de confianza con la realidad, sintiéndose «en casa» dentro de una disciplina o tema de estudio.

Esta reinterpretación de la idea de Bildung como proyecto pedagógico que trasciende la formación del individuo aislado y potencia la experiencia de lo común me parece interesante para “retunear” (como el nombre del libro de Morten: re-ajustar) a la universidad en tiempos en los cuales todo parece moverse de su lugar.


[1] En este link se anuncia mi participación en dos actividades que transcurrieron durante mi estadía: https://www.erziehungswissenschaften.hu-berlin.de/de/erziehungswissenschaft-mit-den-schwerpunkten-gender-und-diversitaet/veranstaltungen

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