En el sombrío laberinto de la Argentina vasalla de las primeras décadas del siglo anterior, bajo un clima marcado por la injusticia social y la sangre obrera en las calles de Buenos Aires, un payador libertario (anarquista, en el diccionario político de entonces), recupera la tradición hernandiana para su grito de protesta gaucha.
Este payador se llamó Martín Castro. Sus libros hoy son piezas prácticamente inhallables, en los estantes de las librerías desbordadas de obras de extranjeros colonizantes y de argentinos colonizados.
En esta nota rescataremos del olvido su libro de versos Los gringos del país, que data de octubre de 1928. En el mismo, Castro nos presenta un contrapunto imaginario entre dos payadores: el Matrero, rebelde y de ideales anarquistas, y Juan Estao, gaucho que expone la voz oficial del régimen oligárquico. En el duelo entre ambos se expresan visiones contrapuestas acerca de la ley, la Patria, la guerra, la política y la religión, tópicos que iremos recorriendo en lo sucesivo.
El Matrero abre el juego al exponer su visión anarquista, que concibe a la propiedad privada como una apropiación espuria que atenta contra las leyes de la naturaleza.
En la vida universal
No hay nada que sea ajeno:
El animal, el terreno,
La pradera, el llano, el yuyo;
No hay nada mío ni suyo,
Todo es del malo y del güeno.
(…)
El hombre no es el creador,
El hombre es intermediario;
No puede ser propietario
De lo que es ley natural;
Porque el hombre es temporal
Y el terruño milenario.

El gaucho Juan Estao se aparta de esta visión y acusa al Matrero de vivir al margen de la ley, sin respetar el orden necesario para la adecuada existencia de los hombres. En tanto el Matrero repudia a los gobiernos conservadores, Juan Estao opina:
Y si es malo su pastor,
Y le conoce el engaño,
Entre y luche en el rebaño
Pa que mande otro mejor,
Busque su gobernador
Que lo sepa dirigir;
Con esconderse, con juir
No se reforma el embrollo;
Hay que allanar el escollo.
O resignarse a sufrir.
Porque las leyes se han hecho
Pa resguardo de la grey;
Todo principio de ley
Es la base del derecho,
Que bajo de cualquier techo
Alcanza su protección,
Su espiritual comprensión
Al pie de cada habitante,
Está como vigilante
Para aplicar su sanción.
El gaucho Matrero, por su parte, concibe a la ley como el ropaje jurídico consagrado a resguardar el orden dominante, siempre al servicio del opresor y con el fin de encadenar a los oprimidos.
La ley es una madeja
Lo grito a todo carrillo;
Envuelve al hombre sencillo
Como mosca en el talar,
Mientras más quiere arisquear
Más se enrieda en el ovillo.
(…)
Porque a la ley no la han hecho
Pa respeto general;
La hace el que tiene metal
Pa que le cuide el bolsillo,
Como quien lleva un cuchillo
Pa resguardo personal.
También opuestas son sus miradas acerca de la Patria. En tanto Juan Estao asume una concepción territorialista de la Patria, entendiéndola como la tierra de los padres, el Matrero la concibe como un sentimiento querido en lo profundo del ser, pero no limitado al suelo natal.
Al respecto, Juan Estao sostiene:
Yo soy patriota argentino
Aunque muy a pesar suyo
Que contempla con orgullo
Del criollo noble y genuino,
Todo el glorioso destino
De la patria en que nací.
Patria la que yo aprendí
A balbucear desde niño,
A los besos de cariño
Que de mis padres sentí.
El gaucho Matrero no reduce la Patria al pago natal, y toma como ejemplo el sentir argentino que brotó en el corazón de los inmigrantes europeos que arribaron a estas playas en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX.

El gringo siente el terruño
Porque en él ha trabajao;
Porque en él se ha acostumbrao
Al amor y a la vigilia.
Y allí formó la familia
Como el gaucho más pintao.
El contrapunto en torno a la Patria, conduce a ambos payadores a exponer sus ideas en torno a la expresión extrema en que el patriotismo se manifiesta: la idea de guerra. En tanto Juan Estao abraza el militarismo como una forma de disuadir las pretensiones expansionistas de otras naciones, el Matrero considera que la guerra consume la sangre de los trabajadores y el armamentismo en modo alguno puede ser la base sobre la que repose la paz entre los pueblos.
Compartamos el razonamiento del primero:
Las armas son de rigor,
Si es posible con ventaja;
Pues con las armas se ataja
Las furias del agresor,
Porque le infunden temor
Al que nos quiere atacar
Nos sirven para cortar
La soberbia del furente,
Como corta la corriente
El filo de un tajamar.
En la visión del Matrero se aprecia la influencia del pensamiento de Juan Bautista Alberdi, quien considera a la guerra como un crimen y afirma que el héroe del mundo moderno ya no es el guerrero sino el industrial productor de riquezas.
El progreso de la raza
Es la pluma y el arao,
El hombre civilizao
Nos da un ejemplo en la vida,
El soldado, da una herida
La barbarie es el soldado.
(…)
Siempre jué, la paz armada
El crimen premeditao,
El delito agazapao,
Para asaltar a cualquiera;
Como el malhechor espera
Con el trabuco empuñao.
El duelo entre ambos criollos prosigue con su caracterización de la política. Juan Estao elogia la democracia formal, en la cual la soberanía popular encuentra su limitación en el Colegio Electoral. De esta forma, los rumbos políticos del país son adecuadamente encauzados por los hombres notables del régimen, dotados de plena capacidad para ejercer su soberanía, a diferencia del pueblo trabajador embrutecido.
Comenta Juan Estao sobre ello:
Pues tienen los electores
El tiempo de discernir,
La libertad de elegir
Los buenos legisladores.
De calcular los valores
Del obrero y del dotor,
Puede dir el votador
Como pisando escalones;
Y andar por las elecciones
Hasta el plano superior.
(…)
Esos hombres del Congreso
Que Ud. mira con desdén,
Son los obreros del bien
Caballeros del progreso
Los que estudian el proceso
De la vida en general;
La grandeza espiritual
De la gente millonaria,
Llega hasta el redil del paria
Para aliviarles el mal.
Lejos de concebir a la política como el gobierno de los mejores, el gaucho Matrero deplora al régimen oligárquico fraudulento, en el que “votan los muertos y mueren los votantes”. En su visión, que es la visión de Martín Castro, la democracia es una mera formalidad institucional para legalizar el saqueo de las riquezas del país y esclavizar a la clase obrera.
El Matrero denuncia:
Decir señor diputao
Como señor senador;
Es, pues, decirle señor
Al fraude y a la artimaña,
Señor mentira, don maña
Don chisme, señor traidor.
(…)
La elección es ilegal,
Porque en día de elección,
Vota el voto de extorsión
Descienden hasta el comicio;
La delincuencia y el vicio
El fraude y la sumisión.

Las miradas contrapuestas acerca de la religión marcan el final del duelo entre los payadores. Comencemos con la apreciación de Juan Estao:
Desde el principio del mundo
El hombre jué gobernao,
Dios también es un Estao
Siendo un misterio profundo
Al güeno y al iracundo
Los vigila el hacedor
De los malos con dolor
Castiga la rebeldía,
Y a los güenos de alegría
Les cubre el alrededor.
El Matrero entiende a la religión como un medio para oprimir las conciencias de los hombres, generando la mansedumbre ante las injusticias que padece el hombre en la Tierra, apagando su espíritu de rebelión.
Que traiga el Papa de Roma
Los papeles donde afirma,
Que Dios le puso la firma
Cuando le entregó el poder;
Porque naides quiere creer
Lo que en su credo confirma.
(…)
Si existe un robo en la vida,
En forma incondicional,
Es el robo espiritual
Que inventa la religión;
Que arranca en la confesión
De lo íntimo del mortal.
El duelo entre ambos criollos concluye con los aplausos de la paisanada a los argumentos del Matrero y el silencio de un Juan Estao que ya no puede ocultar su derrota. A partir de allí, Estao decide hacer astillas su guitarra en la falda de una sierra, jurándose no volver a templar el instrumento.
En el poema de Martín Castro, el payador rebelde ha doblegado al payador oficialista, tal vez como un íntimo anhelo del autor de ver redimido al pueblo criollo, subyugado como en los tiempos de Martín Fierro. La protesta gaucha de José Hernández encuentra en Martín Castro la prolongación de la tradición campera para cantar los males de un país en derrota. Muchos de sus versos gozan de una dolorosa actualidad.

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