La Navidad de 1975 quedará para siempre en el recuerdo de los vecinos de Monte Chingolo. Podrían imaginarse festejos, fuegos artificiales o regalos traídos por Papá Noel. Pero lo cierto es que la llegada del Niño Jesús quedó a un lado junto con la sidra, las nueces y el pan dulce. El 23 de diciembre de ese año, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) atacó el Batallón Depósito de Arsenales 601 Domingo Viejobueno. Con Mario Roberto Santucho a la cabeza, el grupo intentó copar esta dependencia del Ejército para proveerse de armamento y generar una gran movilización guerrillera. Pero la operación fue filtrada y los integrantes del ERP fueron sorprendidos por los militares, quienes en pocas horas repelieron el ataque. El enfrentamiento no se restringió al batallón, sino que agentes policiales y militares buscaron a fuerza de balas a quienes habían logrado escapar y esconderse en los barrios aledaños. El copamiento provocó la muerte de 70 guerrilleros, 40 civiles, y 10 miembros de las fuerzas policiales y militares. El ataque a Viejobueno y la crisis político-económica fueron la antesala de lo que viviría el país en los tres meses siguientes.

Una monja francesa en medio de la balacera

“Llegamos al barrio el 23 de diciembre. La hermanita que venía con la mudanza tuvo muchos problemas porque todos los puentes estaban cortados. Al final pudieron llegar y descargamos el camión pero como a las seis de la tarde comenzamos a escuchar tiros. Primero pensamos que estaban anticipando el festejo de Nochebuena hasta que de repente comenzó a correr el rumor de que estaban tomando el arsenal y nos recomendaron que nos fuéramos. Cuando nos quisimos ir un joven que nos reconoció por los hábitos nos dijo ‘hermanas, métanse adentro y recen’. La villa ya estaba toda rodeada”.

El relato corresponde a Rolanda, miembro de la Congregación de las Hermanitas de Jesús quien, tras misionar por distintos países de Latinoamérica, llegó a Monte Chingolo el mismo día del copamiento. La Congregación de las Hermanitas de Jesús tendría un capítulo propio dentro de la dictadura cívico-militar del 76, con las detenciones y desapariciones de las religiosas francesas Alice Domon y Léonie Duquet: las monjas fueron secuestradas el 10 de diciembre de 1977 en la Iglesia porteña de la Santa Cruz por orden del capitán Alfredo Astiz, y mantenidas en cautiverio en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).

“En ese momento no sabíamos lo que estaba pasando y en un momento me subí a la terraza de una vecina y vi los fondos del arsenal, donde había un bosque de eucaliptus. Vi muchos chicos corriendo hasta que oí silbar una bala cerca y nos metimos todas adentro. Pasamos toda la noche tiradas en el piso de tierra sin saber lo que pasaba. Este episodio nos identificó mucho porque lo vivimos con los vecinos y no nos lo tuvieron que contar. Algunos después nos dijeron que pensaron que nosotras éramos subversivas porque les parecía extraño que vinieran hermanitas a vivir en un barrio pobre sin tener escuela ni nada. De hecho, nos allanaron varias veces. Revisaban todo entrando por atrás y por adelante”.

A sus 90 años, Rolanda continúa hoy viviendo en Monte Chingolo. Su figura fue relevante para todos los vecinos del lugar, quienes gracias a su empuje lograron armar una cooperativa en la década del ’80 para cumplir el sueño de tener una casa propia. El barrio de monoblocks destinado a 70 familias se inauguró diez años más tarde y dejó atrás al precario asentamiento.

Un cura español esquivando la muerte

 “Yo mantengo que imponer una ideología por la muerte y las armas es de bastardos, y cuando eso se hace invocando a Dios, doblemente bastardo; matar al ser humano por un objetivo político no tiene nombre, en mi opinión”.

Pablo Laguna Llanos fue el primer párroco de la iglesia San Juan María Vianney, ubicada a menos de 200 metros de la estación de trenes de Monte Chingolo. El 23 de diciembre de 1975 lo encontró en el barrio, con los preparativos por la llegada del Niño Jesús.

“Empezamos a oír ruidos de tanques que llegaban por Pasco y a ver los helicópteros. Los militares hicieron sacrificar 25 jóvenes para hacer de cuenta que no sabían que venía el ataque y después esperaron a la columna en el interior a fuego cruzado en lo que fue una carnicería. Ojo que los del ERP no eran angelitos. Pero lo que nunca se cuenta es que los que más sufrieron fueron los vecinos de la villa, porque muchos murieron en el fuego del Ejército que perseguía a los guerrilleros que escapaban. En esos momentos de dolor había que pensar en las familias y me fui para el Viejobueno para acompañarlas”.

Laguna Llanos desembarcó en la Argentina en 1966, luego de que el Papa Juan XXIII llamara a acompañar pastoralmente a los pueblos latinoamericanos.  

“Teníamos una deuda histórica porque solo venían los de comunidades religiosas como los jesuitas, los franciscanos o por ejemplo los salesianos, que durante muchos años se ocuparon de la tarea en todo el sur. Entonces entre los obispos de allá y de acá se ponían de acuerdo y pasó que Alejandro Schell, que era el obispo de Lomas de Zamora -y cuya diócesis también abarcaba toda esta zona en esa época-, dijo que le gustaría contar con varios de nosotros. Así que nos asignaron a cuatro, uno de Segovia, uno de Valencia, uno de Córdoba y yo de Bilbao. Y así nos vinimos al país más rico de la región, que era grandísimo como cinco veces España, y entonces cuando llegamos aquí ya sabíamos a lo que veníamos”.

El grupo de sacerdotes traía las banderas del Concilio Vaticano II celebrado entre 1962 y 1965. Allí participaron curas de distintas partes del mundo y representantes de otras religiones.

“Veníamos con el compromiso de que ‘las alegrías, las tristezas y los sufrimientos de la gente serán también los nuestros’. Esa era como la piedra angular de la que partíamos. Y ahí es donde comienzan los conflictos y los problemas, porque como expresión retórica es muy linda, pero ¿qué significa? ¿Cómo se come? Nosotros íbamos a las parroquias de la periferia, donde está el hombre que vive a la intemperie, que se siente excluido en el barro”.

Llanos Laguna fue uno de los propulsores del Movimiento de Curas para el Tercer Mundo, que se fundó en la Argentina en 1967 y que contó con más de 400 religiosos que desarrollaban sus actividades en villas miseria y barrios obreros.

“Participamos de todos los líos posibles, cuando había movilizaciones o manifestaciones. Yo tuve la suerte que me echó el obispo Desiderio Elso Collino que tenía una obsesión con nosotros y decía ‘hasta que no acabe con los gallegos no estoy en paz’. Collino era muy ‘culo y calzón’ con los militares de ese momento y compartía todo su horizonte. En el ’76 me dio las gracias por los servicios prestados y me fui. Vine de la dictadura de Franco, llegué a la de Onganía y salí con la de Videla. Fue como el juego de la Oca”.

Cada verano, Laguna Llanos visita la Argentina y se da una vuelta por Monte Chingolo.

“A mí me siguen atando las relaciones humanas. Aquí mujeres y hombres que supieron manifestar esa sensibilidad y solidaridad; y no eran gente con los bolsillos llenos. Algunos dan lo que les sobra, pero el dar es sentir que el dolor del otro se te hace parte y es tu dolor. Y ahí es donde creo que los políticos no tienen entrañas, porque la lucha debería ser para que este pueblo amado no sufra, pero les importa un carajo y da pena porque hay una juventud que nos podría proyectar un futuro nuevo”.

Los testimonios de Rolanda y Pablo son parte de una serie de entrevistas realizadas a vecinos de Monte Chingolo para la construcción de un registro audiovisual de la historia de la comunidad. El proyecto forma parte del Museo Histórico de Monte Chingolo y se realiza en cooperación con Megafón, el área de medios de comunicación de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa).

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