Ariel De la Fuente es historiador. Hace once años publicó el libro Los hijos de Facundo. Caudillos y montoneras en la provincia de La Rioja durante el proceso de formación del Estado nacional argentino (1853-1870). Como lo señala su título, se ocupa principalmente de estudiar la relación entre los caudillos y los sectores populares en La Rioja. Inevitablemente debió hablar para ello de los líderes populares Facundo Quiroga, Ángel Vicente “El Chacho” Peñaloza y Felipe Varela.

La historiografía académica y el estudio de “lo popular”

Ariel De la Fuente comienza su libro con una serie de preguntas: ¿Cómo entendían en realidad los gauchos su relación con los caudillos y la política en general? ¿Qué significaban unitarismo y federalismo para ellos? ¿Por qué se rebelaban? ¿Qué cosa especial había en Peñaloza y en otros caudillos que generaba semejantes lealtades y emociones?

Las preguntas pueden resultar interesantes y hasta sorprendentes en algunos de los pasillos de la Academia de Historia o en las laberínticas oficinas del último piso del edificio ubicado en Puán 480, en donde muchos de los docentes e investigadores que pasaron por las aulas de las carreras de grado, posgrado y posdoctorado, no han leído (o han leído de reojo) los trabajos del llamado revisionismo histórico, corriente historiográfica que muchos de ellos detestan. ¿Por qué digo esto? Porque mal que les pese a “los académicos”, las preguntas planteadas por De la Fuente ya han sido tratadas, estudiadas y, en algunos casos, ya han sido respondidas por los historiadores del revisionismo histórico y de la izquierda nacional (estos últimos son otro grupo de estudios que la Academia se encargó de correr del campo historiográfico designándolos como “ensayos políticos” o “una historia de militantes”).

Por mencionar tan solo algunos estudios que un buen investigador puede encontrar, están los libros de José Luis Busaniche Estanislao López y el federalismo del litoral (Ed. Cervantes, 1927); Vida y muerte de López Jordán de Fermín Chávez (Theoria, 1957); La Guerra del Paraguay y las montoneras argentinas de José María Rosa (A. Peña Lillo, 1964); El brigadier Ferré y el unitarismo porteño de Roberto Zalazar (Ed. Pampa y Cielo, 1964); Artigas y el federalismo en el Río de la Plata de Washington Reyes Abadie (Ed. De la Banda Oriental, 1966); “Las masas y las lanzas” de Jorge Abelardo Ramos, primer volumen de cinco, en Revolución y contrarrevolución en la Argentina (1ª edición en Amerindia, 1957), o Felipe Varela. Un caudillo latinoamericano de Norberto Galasso (Bs.As., Cuadernos de Crisis, 1975), entre tantos otros. Además hay que destacar las publicaciones del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel Rosas, que se dedicó con su Revista a diversos temas relacionados con los líderes populares entre los años 1939 y 2002.

Desde hace más de 50 años estos historiadores han estudiado la relación existente entre las masas de la población de la campaña y los llamados caudillos, que en la mayoría de los casos, eran también Gobernadores, Generales, Coroneles y/o Brigadieres. A pesar de ello, De la Fuente desconoce o no quiere reconocer todos estos trabajos y afirma en su libro: “Sin embargo, a pesar de la posición central de Facundo, Chacho y sus seguidores en la historia, la cultura,  y la política en la Argentina desde mediados del siglo XIX, no se ha realizado ningún estudio abarcador de los caudillos, las montoneras y la política en La Rioja, y sabemos muy poco de ellos más allá de los relatos políticamente sesgados y ficcionalizados que dejaron Sarmiento, Hernández y Gutiérrez” (A. De La Fuente; 2007, p.19).  

Leo esta afirmación que los historiadores tienen como lectura obligatoria en las universidades argentinas, vale decir, un libro que es hoy referencia, que se toma como “un clásico” del período transcurrido entre 1810 y 1880 mientras tengo acá, al lado mío, las dos ediciones de Fermín Chávez, Vida del Chacho. Ángel Vicente Peñaloza, General de la Confederación, publicado por editorial Theoria en 1962 con 180 páginas, y una segunda edición en 1867 que contiene un apéndice documental de 83 páginas en el que se reproducen las cartas del “Chacho” Peñaloza con Urquiza, Santiago Derqui, el Coronel Ricardo Vera, José Hernández, Olegario Andrade, Juan Saá, entre tantos otros. Pienso en “la barbarie letrada”, aquella frase utilizada por Alberdi cuando atacaba a Sarmiento. Se me cruza otra frase, más conocida, del escritor uruguayo Eduardo Galeano, sobre la idea de quiénes escribieron la historia: “Si la historia la escribieron los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”.

Fermín Chávez y su Vida del Chacho

El libro de Fermín Chávez demuestra, siguiendo meticulosamente la vida y trayectoria del “Chacho” Peñaloza, que luego de la caída del gobierno federal de la Confederación Argentina en noviembre de 1861, la provincia de Buenos Aires con sus unitarios -porque también Buenos Aires tenía federales- comenzó de una forma violenta y brutal a exigir que las demás provincias le rindieran obediencia por su victoria militar en la Batalla de Pavón, en la que Mitre venció a la Confederación Argentina liderada por Urquiza. La victoria militar no se tradujo inmediatamente en victoria política de los unitarios ni de sus aliados en las provincias. Comenzó un largo periplo que incluyó batallas entre Buenos Aires y las provincias del interior, traiciones entre los aliados federales y una guerra infame que unió a los sectores liberales de las ciudades portuarias del Uruguay, el Imperio del Brasil y Buenos Aires contra el Paraguay.

El autor además demuestra cómo en los llamados “letrados” argentinos contemporáneos al “Chacho” (Mitre, Sarmiento, Fidel López, Echeverría) primó el desprecio por el gaucho y por el indio, secundado por una postura despectiva hacia la tradición católica y española. Tanto los gauchos como los indios fueron rápidamente utilizados para llenar la línea evolutiva que estos académicos y científicos tomaban de Europa. Hacia fines del XIX, Sarmiento traía al darwinismo social decimonónico al Río de la Plata y juzgaba con la vara europea a los pobladores del territorio. La barbarie expresada tanto en el “Facundo o Civilización y barbarie” (1845) como en la “Historia de Belgrano” (1857) de Mitre, caía sobre los gauchos e indios que le dieron la independencia a estas tierras. Teorías que llegaban como una fuente infinita de justificaciones pero también como una fuerza puesta a motorizar un proceso ya iniciado de enajenación de tierras a los gauchos e indios y de intervención militar y política de la ciudad puerto sobre el interior.

La barbarie letrada del siglo XX 

Paradoja del tiempo quizás, los letrados modernos y posmodernos argentinos sostuvieron lo que decían estos letrados del siglo XIX. Muchos de ellos no pueden y/o no quieren aceptar que el pueblo haya podido elegir, seguir y luchar a los líderes populares como Peñaloza, Quiroga o Varela. Se les hace un nudo en la garganta. Se les paralizan los dedos y parece que no pueden escribir cuando se cruzan con documentos que hablan sobre la relación que existía, existe y existirá entre la política y el pueblo (o la masa de trabajadores y trabajadoras). Siguiendo a Mitre, como hace más de cien años, traducen en lenguaje liberal esta relación y hablan de manipulación, caudillismo o populismo. Para ellos la política, la democracia, pasaba por la ciudadanía. Ahora bien, ¿cómo era esa ciudadanía?  Cuando se habla de los derechos políticos durante el siglo XIX estos autores en general se detienen en las elecciones; en cambio, estas elecciones se realizaban sin la existencia de los derechos civiles (libertad de opinión, difusión, organización y manifestación) y sin derechos sociales (derecho a la educación, el trabajo, el salario justo, la salud, la jubilación, la libre elección e igualdad garantizando a todos un nivel aceptable de bienestar): en consecuencia, esas elecciones, esos derechos políticos, tenían un alcance muy limitado, estaban vacíos en su contenido, y por lo tanto sirvieron más para justificar a los gobiernos que para representar a sus ciudadanos.

A pesar de todo esto, hace menos de veinte años la historiografía académica comenzó a realizar estudios de los llamados “sectores populares”. ¿Cómo fue posible este giro? Porque tomaron la tradición de estudios populares surgida en Europa (¡sí!, eso también lo vieron primero en Europa) con los estudios culturales de la escuela de los Annales de Lucien Febvre y Marc Bloch y/o de la historia popular en las revueltas y revoluciones en Gran Bretaña de los ingleses E. P. Thompson, Rodney Hilton y Christopher Hill, las investigaciones del historiador francés Roland Mousnier o las microscópicas búsquedas del italiano Carlo Ginzburg. De estos trabajos rescato tan solo a un puñado de interesantes exploraciones y estudios surgidos en la década del ochenta: hablo de Raúl Fradkin, Samuel Amaral, Carlos Mayo, Raúl Mandrini, Ricardo Salvatore, de algunos de sus discípulos o autores y autoras que han realizado buenos trabajos como el caso de Diego Santilli, Gabriel Di Meglio, Ana Frega, Beatriz Bragoni y Gustavo Paz. Subrayo: estos autores y autoras argentinas no reconocen la tradición de estudios de los sectores populares desarrollados por el revisionismo histórico ni por la izquierda nacional sino que retoman la tradición de las escuelas de Francia y Gran Bretaña, con los problemas inevitables asociados a toda reproducción, los cuales me interesa señalar a continuación:

1. En un siglo XIX marcado por las presiones de las potencias europeas, vale decir, atravesado por la conformación de un orden neocolonial como lo señala uno de los intocables de los académicos (Tulio Halperin Donghi), resulta irrisorio desatender los efectos de los intereses de los imperios británico, francés, holandés sobre la política del Río de la Plata. Resulta incomprensible que no vinculen estos intereses con las perspectivas de los líderes de las facciones en pugna o que no se explore sobre los efectos causados en la economía de los sectores populares. En definitiva, que no se pregunten: ¿cuánto benefició, si es que benefició, la política económica liberal propuesta por las potencias europeas a los pobladores de la región del Río de la Plata? Y estrechamente relacionada con esta pregunta, ¿qué relación tuvieron estas transformaciones con las luchas entre los diferentes sectores durante el siglo XIX? En la mayoría de estos trabajos no se profundiza sobre la ligazón (necesaria e imprescindible) con la política económica o, peor aún, no se profundiza sobre los distintos proyectos alternativos: en consecuencia, se hace imposible ligar la política con la historia política de los pueblos, con sus economías y efectos (comercio de artesanías, circuitos económicos legales e ilegales, tenencias de la tierra, etc). Observo que cuando se habla del pueblo en la historiografía no se habla de economía o política, sino que se lo encasilla como “historia social”, “literatura criolla” o “vida cotidiana” del siglo XIX. En síntesis, cuando aparece el contenido político, solo se menciona ligado a los proyectos de los letrados (Mitre, Sarmiento, Alberdi), descartando los proyectos de los llamados “caudillos”.

2. Con más de cien años de historia, es momento de reconocer que la historiografía académica tiene una tradición que ha afectado los modos de explorar, investigar o, como nos gusta decir a los historiadores, los modos de “hacer historia”. No basta con cursar materias de grado y posgrado sobre la historia de nuestra historiografía, sino que encuentro la necesidad -más bien la urgencia- de reconocer su tradición liberal, afrancesada y anticatólica. Una tradición que ha imposibilitado el acercamiento al folklore y a nuestro pasado católico, criollo, gaucho, negro e indígena. La historia ha dejado esa tarea al costado y con ello ha perdido la historia del pueblo que vivió el siglo XIX. A modo de conclusión, hoy en 2019, le aconsejo a un estudioso de este período que, antes de leer el libro de Ariel de la Fuente, lea primero el que Fermín Chávez escribió en 1967.

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