“Detrás de este triste espectáculo de palabras,

tiembla indeciblemente la esperanza de que me leas,

de que no haya muerto del todo en tu memoria…”

Julio Cortázar, fragmento de “Papeles Inesperados”

Cada 26 de agosto recordamos el nacimiento de Julio Cortázar, uno de los mayores exponentes de la literatura mundial. Podríamos repasar su inoxidable “Rayuela”, buscar las huellas de su infancia en Banfield, y hasta analizar su influencia en lo que se consideró como el “boom latinoamericano”.

Sin embargo, preferimos indagar en su faceta de docente a través de las clases brindadas en la universidad californiana de Berkeley, Estados Unidos, hace 40 años. A lo largo de esas lecciones, Cortázar no solo ahonda en su obra y el oficio de escritor, sino que también aporta su mirada sobre el contexto político de la época y el rol de los autores en América Latina. 

En 1969 Cortázar rechazó una invitación de profesor invitado extendida por la Universidad de Columbia debido a sus convicciones antiimperialistas. No obstante, durante la década del ´70 flexibilizó un poco su postura y visitó algunas casas de altos estudios norteamericanas donde participó de homenajes y simposios. ¿Por qué finalmente aceptó ir a Berkeley?

La principal razón fue que su amigo Pepe Durand lo convenció para asistir y además le prometió “trabajar poco y leer mucho”, algo que finalmente no ocurrió. Sin embargo,  para Carles Álvarez Garriga -doctor en Filología Hispánica y autor del prólogo que recoge las transcripciones de las clases- existía “un motivo más malicioso, más propio de griegos que regalan caballos a Troya” y que quedó expuesto en la carta que Cortázar le envió a Guillermo Schavelzon en diciembre de 1980.

“Mi curso fue excelente para mí y creo que para los estudiantes, no así para el departamento de español que lamentará siempre haberme invitado; les dejé una imagen de ‘rojo’ tal como la que se puede tener en los ambientes académicos de los USA, y les demolí la metodología, las jerarquías profesor/alumno, las escalas de valores, etc. En suma, que valía la pena y me divertí”.

Cuando Cortázar habló de derribar metodologías se refirió a un estilo de clases en las que el diálogo fue el protagonista principal. No pretendió que los estudiantes permanecieran como meros oyentes, sino que por el contrario buscó su participación e interpelación constante. Por otra parte, su rol quedó claro desde el inicio cuando les adelantó: “Los cursos los voy improvisando muy poco. No soy sistemático, crítico ni teórico”.

Ahora bien, ¿cuál es esa imagen de “rojo” que él describió? A lo largo de las charlas que mantuvo con los concurrentes, la ideología y la postura política de Cortázar se hicieron evidentes. Uno de los ejemplos fue el diálogo que mantuvo con una alumna quien lo interrogó acerca de la falta de neutralidad de la literatura sobre los conflictos en Latinoamérica.

“Desde luego que hay una lucha continua, desde luego que ha habido y hay enfrentamientos como los hubo en Nicaragua continuamente y como los hay en este momento en El Salvador, desde luego que hay violencia por ambas partes y que en muchos casos la violencia es injustificable en ambas partes en lucha (…) Es muy fácil estar en contra de la violencia en conjunto pero lo que no se piensa con alguna frecuencia es cómo se llegó a esa violencia, cuál fue el proceso original que la desencadenó (…) Tengo plena conciencia de que en mi país, las fuerzas que se levantaron en contra del ejército y de la oligarquía argentina cometieron muchas veces actos que podemos calificar de excesos; procedieron de una manera que personalmente no puedo validar ni aceptar en absoluto pero aun en esa condena moral que estoy haciendo tengo presente que jamás hubieran llegado a eso -porque no lo hubieran necesitado- si previamente, a partir de las dictaduras precedentes (me refiero concretamente a las de los generales Onganía, Levingston y Lanusse), no hubiera comenzado en la Argentina una monstruosa escalada de tortura, violencia y opresión que determinó finalmente los primeros levantamientos en contra”.

En otro fragmento, Cortázar habló sobre el Libro de Manuel, novela publicada en 1973 cuyas regalías sirvieron de ayuda para las organizaciones que luchaban en Argentina por los presos políticos.

“Al final del libro agregué como apéndice algo que era muy penoso de hacer pero que había que hacer: cuatro páginas documentales a dos columnas; en una de ellas hay declaraciones testimoniales de prisioneros y prisioneras políticos en la Argentina que habían sufrido las más espantosas torturas a partir del año ’70, y en la segunda columna había fragmentos del libro de un periodista norteamericano que se llama Mark Lane y había entrevistado a soldados y suboficiales norteamericanos de vuelta de Vietnam y conseguido que le confesaran las monstruosas torturas aplicadas a los prisioneros vietnamitas durante la guerra. Me pareció de estricta justicia -para los hipócritas y para los mentirosos sobre todo- que en dos columnas se viera lo que puede significar la degradación humana aplicada en diferentes contextos políticos cuando el envilecimiento y el sadismo pueden llegar a ese punto”.

En las clases de Berkeley, Cortázar abordó aspectos inherentes a la literatura y también los referidos al compromiso político y la defensa de los derechos humanos. Lejos de brindar conferencias magistrales, apostó a un diálogo y un contacto fraterno con los estudiantes, quienes en palabra de Álvarez Garriga conocieron al “profesor menos pedante del mundo”.


Bibliografía consultada: Julio Cortázar. Clases de literatura. Berkeley, 1980. Buenos Aires: Alfaguara, 2013.

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