Una revisión crítica de la producción académica reciente sobre la “Revolución Argentina” (1966-1973) y el sesgo teleológico de la historiografía del pasado reciente

Nuestro campo disciplinar suele recurrir a ponderar las efemérides “redondas”, a los efectos de esperar una mayor recepción e intereses del lego. En ese sentido, en este año se dieron cuatro eventos de sensible magnitud: 80 años de la asunción del primer gobierno de Juan Domingo Perón; 70 años de uno de los hechos represivos más importantes de los tiempos de la autodenominada “Revolución Libertadora”: el levantamiento trunco de Valle y los fusilamientos en José León Suarez; 50 años del denominado Proceso de Reorganización Nacional y, además, 40 años del inicio de la autodenominada “Revolución Argentina”. Precisamente esta última efeméride, que representa un estado de excepción establecido entre 1966 y 1973, resulta disparador para reflexionar y postular nuestra hipótesis.

La historiografía que aborda la “Revolución Argentina” o el inicio del Onganiato suele operar con un sesgo teleológico, reduciendo el período 1966-1973 a una mera «zona de tránsito», un preámbulo o un «puente» cuyo valor parece radicar únicamente en cómo prepara el terreno para la violencia radicalizada de los setenta o la última dictadura. De hecho, y como consecuencia de la fragmentación del objeto de estudio, existen someros avances relacionados a la vida cotidiana, a los aspectos socioculturales, así como también a las diversas expresiones suscriptas al peronismo como a los estudios vinculantes a la lucha armada. De esta manera, podríamos afirmar que la historiografía tradicional ha incurrido en un «reduccionismo premonitorio» o una «lectura retrospectiva».

El problema del «puente»

 Al leer la Revolución Argentina solo como el escenario de la proscripción y los «azos» (Cordobazo, Rosariazo), se le suele despojar de su propia especificidad estatal. Como consecuencia se le suele analizar por sus efectos (la emergencia de las organizaciones armadas, el retorno de Perón en 1973) y no por sus gicas internas. La magnitud que adquiere como reacción y consecuencia de la conformación de un nuevo orden democrático a partir de 1983, el denominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) monopoliza el estatus de «Estado de Excepción» absoluto en la memoria colectiva y académica debido, sobretodo, a la escala inédita de la desaparición forzada. Esto genera una minusvaloración relativa de 1966, obturando el hecho de que el Onganiato no fue una dictadura «intermitente» más (como las instituidas en 1955 o 1962), sino el primer proyecto refundacional y de largo plazo de las Fuerzas Armadas en el siglo XX. Inclusive, el 30 de diciembre de 1966, el presidente de facto Juan Carlos Onganía reconocía que la “Revolución Argentina” «no tiene plazos, tiene objetivos»[1]. En abril de 1968, frente a los gobernadores, se referiría a los tiempos económicos, social y político[2].

La Revolución Argentina que interviene a partir de 1966 constituyó el verdadero laboratorio institucional, económico y represivo del golpe de 1976. Las técnicas de control social, la aplicación de la Doctrina de la Seguridad Nacional, las leyes anticomunistas (Ley 17.401) y la intervención capilar de la sociedad civil se ensayaron primero bajo el Onganiato. En torno a dichas cuestiones, Daniel Mazzei abordó sobre la asimilación de la doctrina militar demostrando cómo la facción “azul” estructuró un proyecto de poder estable tras los enfrentamientos civiles. A través de su trabajo, se evidencia que el Onganiato contaba con un diseño de autonomía y permanencia estatal propio, contradiciendo la lectura estructural que considera a la “Revolución argentina” como un “puente” al “Proceso”[3]. Por otro lado, tanto Gomes[4] como el trabajo colectivo compilado por Galván y Osuna[5] se encargan de “deconstruir” el “tipo ideal” pergeñado por O’Donnell que entendía al Onganiato como un “Estado Burocrático- Autoritario” puro. Los mencionados trabajos analizan la SEPAC (Secretaría de Estado de Promoción y Asistencia a la Comunidad) y demuestran cómo el régimen diagramó políticas de vivienda y comunitarismo de cuño católico-corporativo para moldear las bases sociales. De esta manera, demostraron cómo la dictadura operaba bajo una lógica propositiva de largo plazo.

Sin embargo, a pesar de que estas menciones que expresan la renovación historiográfica reciente han logrado dotar de espesor analítico al período 1966-1973 rescatando sus aristas corporativas, comunitaristas y militares, sus hallazgos continúan operando de manera aislada en el ecosistema académico nacional. La narrativa histórica general persiste en subsumir tales dinámicas en un esquema teleológico que reduce la “Revolución Argentina” a un espacio de transición o antesala del ciclo de violencia de la segunda mitad de los años setenta.

Tensiones historiográficas

Como fruto del proceso de fragmentación del saber, permanecen análisis que contribuyen a sostener esta idea que estamos cuestionando. Nos referimos a autores de relevancia que analizaron el período en clave de «crisis de hegemonía» o «empate hegemónico» (siguiendo las líneas clásicas de Portantiero[6] o Cavarozzi[7]). Dichos enfoques eran resultado de un nuevo pacto social democrático inaugurado en 1983[8]. Es decir, estaban en el punto de llegada luego de un derrotero signado por la alternancia entre gobiernos autoritarios y democráticos. Los enfoques de los seguidores de estos autores destacan la disputa en la puja distributiva, el peronismo proscripto y la radicalización. Por otro lado, el régimen militar es visto casi como un actor pasivo o torpe que no puede contener el «clima de época» global (Mayo Francés, Revolución Cubana)[9].

Paradójicamente, fue durante dicho régimen en donde se establecieron las bases de lo que luego sería denominada como “Renovación historiográfica” cuya génesis se puede rastrear en el Colegio Libre de Estudios Superiores durante el primer peronismo, llegando al claustro universitario a partir de la autodenominada “Revolución Libertadora” bajo una clara asociación entre una historiografía de carácter económico-social subordinada a la sociología científica funcionalista desarrollada principalmente por Gino Germani. Dicha historiografía supo construir gracias a la acción represiva del Onganiato un halo de proscripción y censura (a partir de la “Noche de los bastones largos”) cuando por entonces su relevancia en los espacios académicos universitarios no era significativa. La expulsión del claustro universitario posibilitó su desarrollo gracias a los Centros Académicos Privados que adquirirían relevancia durante los sesenta (el famoso Di Tella fue, sin dudas, la expresión más paradigmática de “modernización”) y las financiaciones a través de becas y fundaciones extranjeras. Sin ir más lejos, tanto Juan Carlos Portantiero, como Guillermo O’Donnell y Marcelo Cavarozzi fueron formados en estos espacios que se consideraban independientes de la injerencia estatal.

  1. El prisma del «empate hegemónico»

Durante los años setenta, intelectuales fundamentales y fundacionales del orden pos 83 como Juan Carlos Portantiero pensaron la realidad argentina bajo la tesis del «empate hegemónico». El país era leído como un péndulo estéril: la burguesía industrial/terrateniente tenía la fuerza para derrocar gobiernos, pero no para estabilizar su propio orden, mientras que la clase obrera peronista tenía la fuerza para vetar los planes económicos, pero no para tomar el poder[10]. Como consecuencia de encuadrar al Onganiato dentro de la teoría del «péndulo» o el «empate», la intelectualidad de la época lo clasificó automáticamente como una «anomalía transitoria» o un intento fallido más de romper el veto peronista. Esta matriz condenó al período a ser leído como un interregno, un bache histórico entre dos momentos de verdadera resolución política, obturando el análisis de la densa arquitectura corporativa y estatal que el régimen pretendía instalar para siempre.

  • El estructuralismo distributivo y la «crisis de hegemonía»

Por otro lado, con la publicación posterior de obras clásicas como las de Marcelo Cavarozzi, la «Revolución Argentina» quedó definitivamente cristalizada como la rampa de aceleración de la crisis política abierta en 1955. El foco se colocó en la puja sectorial, la proscripción y la descomposición del juego político institucional. Esta lectura consolidó una interpretación puramente reactiva de la dictadura del 66. El Onganiato aparecía en los textos solo como el «dique» represivo que intentaba contener las fuerzas de la modernización social y la resistencia sindical. Al definirlo únicamente por lo que intentaba frenar, la historiografía lo despojó de su dimensión propositiva: el Onganiato no era solo un dique, era un proyecto de refundación social y comunitaria de largo aliento con lógicas estatales propias que excedían la mera reacción anticomunista.

  • El reduccionismo tecnocrático del Estado Burocrático-Autoritario

El monumental trabajo de Guillermo O’Donnell de 1982 (pero gestado intelectualmente a partir de la observación directa del régimen de Onganía) fijó el concepto de Estado Burocrático-Autoritario (EBA). O’Donnell puso el ojo en la alta tecnocracia, la alianza con el gran capital trasnacional y la exclusión política del sector popular.

Sin embargo, aunque el modelo del EBA fue brillante para explicar las variables macroeconómicas de Krieger Vasena, provocó un daño colateral en la narrativa histórica posterior: deshumanizó y despolitizó las dinámicas internas de la dictadura. Al entender al Estado del 66 como una fría «máquina tecnocrática» de exclusión, la historiografía clásica invisibilizó las agencias políticas de los sectores civiles católicos, las disputas ideológicas internas del Ejército (azules vs. colorados) y los intentos capilares de construir consenso barrial[11].

Consideraciones finales

Luego de este breve racconto de “lugares comunes” donde anidan las mayores construcciones de sentido en torno a la significancia de la Revolución Argentina, podemos inferir que nuestra historiografía contemporánea heredó, sin someter a crítica, las urgencias epistémicas de los años 70 y 80[12].

Aquellos intelectuales (Portantiero, Cavarozzi, O’Donnell) necesitaban explicar urgentemente por qué la democracia argentina se había derrumbado y por qué se había desatado la violencia setentista. Por ende, interrogaron al Onganiato exclusivamente como la «cuna» de esa violencia o el «síntoma» de esa crisis distributiva.

Este humilde artículo sostiene que resulta propicio que, al haber pasado décadas de esos debates, es momento de romper con esa matriz de lectura retrospectiva para analizar al Estado de Excepción de 1966 por su propio peso específico y diseño institucional autónomo. Volver a poner en perspectiva el proceso que encarnó la autodenominada “Revolución Argentina” resulta también necesario para desentrañar una serie de sintagmas políticos y ordenadores de sentido que empezaron a hegemonizarse a partir de 1983 bajo la misión de legitimar el nuevo orden democrático liberal reaccionario a cualquier expresión nacional y/o corporativa.


[1] Romero, L. A y De Privitellio, L. (2000) Grandes discursos de la historia argentina. Buenos Aires, Aguilar.

[2] Altamirano, C. (2007) Bajo el signo de las masas. Biblioteca del pensamiento argentino. Buenos Aires, Emecé.

[3] Mazzei, D. (2012) Buto el poder de caballería: el Ejercito argentino. Buenos Aires, Eudeba.

[4] Gomes, G. (2011). El onganiato y los sectores populares: funcionarios, ideas y políticas de la Secretaría de Estado de Promoción y Asistencia a la Comunidad (1966-1970). Anuario del Centro de Estudios Históricos “Prof. Carlos S. A. Segreti”, 11, 279-302

[5] Galván, V., y Osuna, F. (Comps.). (2014). Política y cultura en los años sesenta: El principio del fin de la «Revolución Argentina». Biblioteca de Ciencias Sociales, UNGS

[6] Portantiero, J. C. (1977). «Economía y política en la crisis argentina: 1958-1973». Revista Mexicana de Sociología, 39(2), 531-565.

[7] Cavarozzi, M. (1983). Autoritarismo y democracia (1955-1983). Buenos Aires: Centro Editor de América Latina (CEAL).

[8] Muzzopappa, H. O. (2001). Caminos para pensar la democracia. Buenos Aires: Centro de Investigaciones Históricas, Departamento de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Lanús (UNLa).

[9] Algunos de los autores que continúan dichas líneas clásicas de interpretación: Farinetti, M. (2021). El Cordobazo y la tesis del empate hegemónico. Buenos Aires: Ediciones del CCC (Centro Cultural de la Cooperación); Varesi, G. Á. (2015). «El Onganiato como proyecto de refundación hegemónica: alcances, contradicciones y límites (1966-1970)». Sociohistórica, (36), e003. Universidad Nacional de La Plata; Jáuregui, A. (2014). «La planificación económica en el Onganiato (1966-1970)». Anuario del Instituto de Historia Argentina, 14, 1-18. Universidad Nacional de La Plata.

[10] Spinelli, M. (2007) “Historiografía política argentina. Explicación y comprensión en el análisis de la segunda mitad del siglo XX” Anuario del Centro de Estudios Históricos “Profesor Carlos S. A. Segreti”, 7(7), 311-327.

[11] Zapata, V., & Simonoff, A. C. (2010). La revolución argentina (1966-1973).

[12] Brienza, Lucía (2009). La escritura de la historia del pasado reciente en la Argentina democrática. XII Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Departamento de Historia, Facultad de Humanidades y Centro Regional Universitario Bariloche. Universidad Nacional del Comahue, San Carlos de Bariloche. Rattenbach, J. (2026) “La posguerra de Malvinas se terminó” en Rumbo 180° [En línea]

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