«El folklore integra orgánicamente la vida del pueblo; pues bien: este incorpora también a su vida actual ese pasado, que sobrevive en la memoria colectiva, no como simple recuerdo de algo ocurrido y concluso en una época cualquiera, sino como tradición, como elemento proveniente de un pretérito indeterminado, pero vigente hoy en las preferencias colectivas, en los ideales comunes, en las costumbres, en las normas consuetudinarias”. La frase pertenece al destacado folklorólogo, investigador y docente salteño Augusto Raúl Cortázar (1910-1974), y es perfecta para conmemorar el 22 de agosto, “Día del folklore”: fecha que en nuestro país honra el nacimiento de Juan Bautista Ambrosetti, descubridor y explorador del Pucará de Tilcara y uno de los precursores del estudio del folklore argentino.

Porque nuestro folklore es mucho más que bailar una zamba o comer locro el 25 de mayo: para conocer un poco más qué significa y cuál es su importancia fundamental en la construcción de nuestra identidad, hablamos con Amanda Zaragoza, profesora de danzas folklóricas de larguísima trayectoria y experiencia. “Soy docente de alma —dice Amanda—. Amo la danza y la amaré hasta el día que me muera”.

¿Por qué es importante que un pueblo conozca su folklore y que lo practique?

Cuando hablamos de folklore, antes que nada tenemos que hablar de que no es solo la danza, el canto o la música. El folklore tiene que ver con costumbres, con las formas de vida que se vienen transmitiendo de generación en generación de manera anónima desde que este mundo les dio la oportunidad a seres humanos de habitar estas tierras, mucho antes de la colonización. Nuestros pueblos originarios eran sumamente sabios y de ellos no fueron quedando algunas cosas que fuimos absorbiendo como mitos, creencias e inclusive formas de medicina que hoy se están poniendo en práctica. Saber cuáles son los orígenes es saber tu propio origen. Es conocerte, saber de dónde venís.

¿Cómo influyen los medios de comunicación en la pérdida o la ganancia de estos saberes?

Los medios representan a determinados sectores de la sociedad a los que fundamentalmente les conviene que nosotros perdamos identidad y estemos mirando hacia otros lugares, hacia otras sociedades que tienen otras formas. Traen todo lo de afuera para desculturizar, y desculturizar un pueblo significa manejarlo. Y no es solo que no se pase música en la radio o en la TV, sino que no se pasan historias.

¿Qué se pierde cuando una comunidad deja de bailar sus propias danzas?

Yo creo que bailar es como cantar o ejecutar un instrumento, te puede gustar o no. Pero lo que se deja de lado es conocer. En otros países de Latinoamérica, Brasil por ejemplo, conocen sus danzas, las tienen incorporadas desde chiquitos, como pasa con el samba. Y la llevan en la sangre y en el espíritu. Por eso nosotros estamos peleando mucho por la Ley de Folklore[1] que está, pero no se cumple.

¿En qué consiste esta ley?

En que haya docentes curriculares que den Folklore como materia curricular, para que los chicos aprendan qué es, qué son las comidas típicas, las formas, la historia, toda la amplitud que tiene el folklore. No se agota en tocar la guitarra o bailar. Afortunadamente, hoy en día hay muchísimas peñas donde ves mucha gente joven y también está la UNA que ha hecho mucho por el folklore. En algunos lugares como provincia de Buenos Aires sé que es una materia curricular, pero en la ciudad no, porque no les interesa. Y esto tiene que ver también con el presupuesto de educación, que se achica cada vez más.

¿Qué debería hacer el Estado para favorecer la difusión del folklore?

En principio valorar lo que significa y lo que significan sus contenidos para la infancia. Lo que pasa también es que cuando vos hacés folklore y lo revisás históricamente, ves que está muy emparentado con la política. Si pensás en el Triunfo, la danza habla de batallas, no de ganar un partido de ajedrez. Si hablamos de Juana Azurduy, que tiene una cueca hermosa, estamos hablando de un personaje femenino con una existencia muy firme que la hace enfrentar a los varones. Si pensamos en la época de Rosas y te digo Refalosa federal, esta danza se llama así porque alude a resbalar por la sangre que había en las calles. Entonces, todo esto a muchos los toca y no les gusta. No les conviene. Las danzas tradicionales fueron acompañando la historia y la política a medida que fueron pasando las generaciones. Y eso es lo que es necesario que conozcamos, que llevemos adelante, y que disfrutemos además de conocerlo. Saber que acá había gente antes de la Conquista, y que lo que están haciendo hoy con los pueblos originarios es un crimen. Que ellos son los verdaderos dueños de la tierra. Por otro lado, el Estado tiene que poner presupuesto para que esto ocurra y también alentar a la población educativa, a los docentes. Pero precisamente hacen todo lo contrario.

Amaterra

Si bien tuvo que jubilarse en 2025, desde hace varios años Amanda Zaragoza trabaja con el licenciado en Folklore Daniel Almirón: juntos han tenido a su cargo los talleres del Programa Cultural en Barrios del gobierno de la Ciudad que se dictan en Caballito, San Telmo y Villa Lugano, y han enseñado también en otros espacios. “En las clases siempre nos importó no solo enseñar danzas, sino contar cómo cada una de ellas tiene que ver con las formas de vida de determinada época —señala Amanda—: cómo se conocían las parejas, cómo la gente compartía en un patio de tierra donde tenían la posibilidad de juntarse, cómo era la relación social. Con Daniel caminamos juntos, coincidimos en las formas de trabajo, en las actividades, en cómo encarar la enseñanza”.

Hace 14 años Zaragoza y Almirón fundaron Amaterra, un grupo de danza-teatro formado por bailarines no profesionales: una iniciativa artística vocacional que cuenta historias a través de la danza y la actuación, con una pasión y un amor al arte que conmueven en estos tiempos de desazón y mercantilismo.

Al principio fueron doce personas y hoy suman treinta y cinco, y ya cuentan con varios espectáculos montados en teatros y centros culturales: entre ellos A tu lado Camila —una fantástica versión de la trágica historia de amor de Camila O’Gorman y el cura Ladislao Gutiérrez—, Soy región —una obra de Almirón que reúne historias de distintas regiones argentinas—, la ópera andina Puente al sol, y El séptimo, basada en el mito del lobizón y la icónica película de Leonardo Favio Nazareno Cruz y el lobo.

“Yo siempre quiero mostrar cosas que me cuenten algo del folklore: las historias, los cuentos, las leyendas. El trabajo que nosotros venimos haciendo es también mi forma de vida, es lo que yo quiero hacer, y es lo que yo siento. Mi sueño es llevar a Amaterra fuera de la capital, a otros espacios en el Conurbano y en las provincias”.


[1] La Ley Nacional N° 27.535, sancionada el 20 de noviembre de 2019, establece el derecho de todos los estudiantes a recibir educación sobre el folklore como bien cultural nacional. La norma aplica a escuelas públicas y privadas de nivel inicial, primario y secundario en todo el país.

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