Alrededor de 2013, la falta de empleo las obligó a agruparse y organizarse. Reunidas en un comedor comunitario e impulsadas por el movimiento social Somos Barrios de Pie, dieron origen a la Cooperativa Textil Las Mandarinas integrada por mujeres y sus máquinas de coser familiares. La iniciativa se fue ampliando y se llegaron a conformar casi 30 talleres en distintos puntos del país. Sin embargo, la implementación de las distintas políticas neoliberales por parte del Gobierno Nacional actual, hicieron que muchos cerraran.
“Son muchos los factores que incidieron, la falta de producción y de comercialización, la liberación de las importaciones, el encarecimiento de todos los insumos. Hoy solamente estamos sosteniendo cuatro talleres, uno en Almirante Brown, otro en Lomas de Zamora, en Florencio Varela, y la sede madre que es la de Avellaneda. Nuestras cooperativas producían ropa de trabajo para mujeres, porque no existía esa oferta en el mercado pero, al frenarse las obras, se dejó de necesitar esa indumentaria”, relata Norma Morales, cooperativista de la sede Avellaneda.
En medio de la adversidad, las cooperativas comenzaron a recibir pedidos tercerizados y fue uno de ellos el que modificó el destino de las talleristas.
“Vino un cliente con la propuesta de confeccionar fundas para figuras geométricas. Aceptamos, pero sin dimensionar que esos productos eran terapéuticos y estaban destinados a la comunidad neurodivergente. Entonces, empezamos a articular con distintas organizaciones, especialmente con la Universidad Nacional de Quilmes, para reconfigurar nuestra producción y entender lo que estábamos haciendo”.

El desafío estaba claro y durante todo el año 2025, las cooperativistas se informaron y capacitaron sobre esta posibilidad. Así, lograron lanzar una línea propia con 16 productos sensoriales.
“Actualmente, estamos en una primera etapa, con una campaña de instalación y visibilización a través de distintas entidades públicas y privadas, y con gobiernos provinciales y municipales. También trabajamos con las familias del barrio, en coordinación con los equipos terapéuticos. Vemos un crecimiento de la comunidad neurodivergente en los barrios populares, entonces tenemos el desafío de construir este tipo de herramientas porque son necesarias y tienen que llegar también a esas niñeces. No podemos permitir más desigualdades”.
Hasta el momento, el proyecto no recibió ninguna clase de incentivo ni subsidio para poder desarrollarse. Y, en caso de que llegue un pedido, son las mismas cooperativistas las que invierten su dinero y confeccionan lo solicitado.
“Las mujeres tenemos la capacidad de reinventarnos todo el tiempo. Acá somos 13 compañeras y si entre nosotras no encontrábamos una salida, prácticamente nos quedábamos sin trabajo y en la calle. Hoy no podemos producir ropa porque es mucho más caro, la gente no ve calidad, ve precio. Entonces, eso también nos puso frente al desafío de cambiar de rubro, de reinventarnos, reconstruirnos y lograr una salida colectiva”.
¿Se puede salir adelante sin el acompañamiento del Estado?
Yo creo que hay etapas de acompañamiento por parte de los Estados, pero después las cooperativas tienen que tener independencia económica propia, porque si no pasa como ahora. Nosotros teníamos 30 talleres y quedamos cuatro, y así le pasó a un montón de organizaciones sociales. Obviamente que la discusión tiene que ir en paralelo con las nuevas formas y matrices de trabajo, en particular en las cooperativas”.
Más información en @cooperativa_lasmandarinas


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