“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”

Jorge Luis Borges

Corría 1810 en una Buenos Aires que pocos meses antes había protagonizado las jornadas de la Revolución de Mayo. La Gazeta de Buenos Ayres, fundada en junio, seguía siendo el periódico semanal que “anunciaba al público las noticias exteriores e interiores que debían mirarse con algún interés”. En una ciudad regida por la Primera Junta, húmeda y colonial, el Colegio de San Carlos no dictaba clases porque oficiaba por aquellos días como cuartel de los Patricios. Era necesario suplir lo que la institución no podía brindar en un tiempo de luchas y conflictos.

Mariano Moreno, hombre formado en la tradición humanística ilustrada, estaba entre quienes aceptaban hacer la guerra, sintiéndola al mismo tiempo como un padecimiento que generaba una deuda con la educación. Suspendidas las clases del Colegio de San Carlos, los libros aparecían como un bien preciado y un don a preservar. “Toda casa de libros atrae a los literatos con una fuerza irresistible —dice un artículo sin firma que se atribuye a Mariano Moreno, publicado en la Gazeta del 13 de septiembre de 1810—, la curiosidad incita a los que no han nacido con positiva resistencia a las letras, y la concurrencia de los sabios con los que desean serlo produce una manifestación recíproca de luces y conocimientos, que se aumentan con la discusión y se afirman con el registro de los libros, que están a mano para dirimir las disputas. Estas seguras ventajas hicieron mirar en todos los tiempos las bibliotecas públicas, como uno de los signos de la ilustración de los pueblos, y el medio más seguro para su conservación y fomento”.

Podría pensarse que, en cierta forma, la Biblioteca nace de la interrupción excepcional que significó la guerra: sus carencias se verían reparadas con la fe en el conocimiento, motor de futuro y consuelo para las penurias. “Buenos Aires se halla amenazado de tan terrible suerte —escribe Moreno en el artículo mencionado—, y cuatro años de glorias han minado sordamente la ilustración y virtudes que las produjeron. La necesidad hizo destinar provisionalmente el Colegio de San Carlos para cuartel de tropas; los jóvenes empezaron a gustar una libertad tanto más peligrosa cuando más agradable: y atraídos por el brillo de las armas que habían producido nuestras glorias, quisieron ser militares, antes de prepararse a ser hombres”.

El 13 de septiembre de 1810 la Primera Junta de Gobierno creó por decreto la Biblioteca Pública de Buenos Aires, que se instaló en las hoy calles Moreno (De la Biblioteca) y Perú (Del Correo), en la Manzana de las Luces. Impulsada principalmente por Mariano Moreno, se fundó con donaciones, suscripción popular y libros expropiados a los jesuitas, que habían sido expulsados de las Américas a fines del siglo anterior. Los primeros bibliotecarios fueron eclesiásticos: Saturnino Segurola y Fray Cayetano Rodríguez. A ellos los siguieron los directores Luis José de Chorroarín y Manuel Moreno, hermano de Mariano.

En la década de 1880, en los años de la unificación del país como nación-Estado, se le otorgó a la Biblioteca el carácter de Nacional.

Groussac, Martínez Zuviría, Borges

En 1885 fue nombrado director el escritor e historiador franco-argentino Paul Groussac, que duró en el cargo cuarenta y cuatro años, hasta su muerte. La gestión de Groussac fue clave para la institución: logró que el presidente Roca entregara a la Biblioteca Nacional el imponente edificio de la calle México 564, originalmente destinado a la Lotería Nacional. La construcción, obra “temática” del arquitecto Carlos Morra ornamentada con bolilleros en las barandas de las escaleras, alojó a la Biblioteca Nacional a partir de 1901. Groussac también consiguió duplicar los fondos patrimoniales y convertir a la Biblioteca en centro de referencia del pensamiento argentino en temas de historia y de crítica literaria.

Otro de los directores relevantes fue Gustavo Martínez Zuviría —escritor que firmaba sus obras como “Hugo Wast”—, quien asumió funciones en 1931 y dejó la institución en 1955. Martínez Zuviría publicó documentos, motorizó los debates sobre libros, autores e ideas, y acrecentó el acervo de la Biblioteca mediante una acción concienzuda de compra de libros.

Uno de sus directores más conocidos y emblemáticos fue Jorge Luis Borges, quien estuvo al frente entre 1955 y 1973 y volvió a la Biblioteca un tema de estudio en sí mismo, en cuanto eje del pensamiento vinculado a los saberes. Por su impulso se creó la Escuela Nacional de Bibliotecarios, inaugurada el 10 de septiembre de 1956.

Fue durante su gestión cuando comenzó a hablarse de la mudanza a la zona norte, al enclave donde hoy se encuentra la Biblioteca Nacional. Muestra de las tensiones y los sinsentidos a los que nos tiene acostumbrados la historia argentina, el terreno donde se construiría el edificio en el barrio de La Recoleta había antes alojado el Palacio Unzué, residencia presidencial en la que vivieron Juan Domingo y Eva Perón, y donde ella falleció en 1952. En 1958 el presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu ordenó que se demoliera la residencia, dejando el terreno libre para la futura construcción. Borges no estaba conforme con que la Biblioteca Nacional se mudara al norte de la ciudad: “Déjese de embromar —decía—, estamos aquí en el sur, mire qué lindo es esto, el acordeón que tocan enfrente…”. Y, con su infaltable ironía, no se privaba de opinar sobre el proyecto edilicio de Clorindo Testa, Alicia Cazzaniga y Francisco Bullrich: “Es una máquina de coser”, decía.

En 1993 se inauguró finalmente el nuevo edificio de neto estilo brutalista sobre un predio de tres hectáreas, el cual fue declarado Monumento Histórico Nacional en 2019. Durante la gestión de Horacio González de 2005 a 2015, se sumó a la Biblioteca el Museo del Libro y de la Lengua sobre la Avenida Las Heras, en un edificio proyectado por Clorindo Testa. También durante la gestión de González, y gracias a su impulso, la Biblioteca pasó a llamarse “Biblioteca Nacional Doctor Mariano Moreno”.

Desde los comienzos de nuestra república, la Biblioteca Popular primero y luego la Biblioteca Nacional atravesó la historia de nuestra patria y fue reflejo de sus luchas y sus tensiones, que se mantienen hasta el día de hoy. Su acervo bibliográfico conformado por miles de libros, fondos de archivo, mapas, fotografías, material audiovisual y musical, publicaciones periódicas, es reservorio de nuestra memoria y patrimonio de todos los argentinos. Y es tarea de todos protegerlo, fomentarlo y, sobre todo, disfrutarlo.

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