Me estoy enfrentando a una de las tareas más difíciles de mi vida: sintetizar en un puñado de palabras a una mujer enorme llamada Ana Jaramillo.
Voy a intentarlo, sin embargo. Es, al menos, una vía para que quienes no se la hayan cruzado jamás tengan la oportunidad de conocer —al menos someramente— a quien fue no solo la rectora de la Universidad Nacional de Lanús durante 25 años, sino también su fundadora junto a un equipo de gente en el que tuve la inmensa alegría de contarme.
Primero, los datos duros: Ana Jaramillo es master en Sociología por FLACSO y doctora en Sociología con Mención de Honor por la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue docente en la Universidad Pedagógica Nacional de México, en la UNAM y en el Colegio de México, y consultora de la OIT en México y en Perú. Coordinó el Programa Nacional de Asistencia Técnica para los Servicios Sociales en la Argentina, e integró el Comité Académico Asesor de la Universidad para la Paz y los consejos académicos del Instituto Provincial de Administración Pública de la provincia de Buenos Aires, del Instituto de Altos Estudios Juan Perón y del INCAP; presidió, más tarde, el Comité Académico Internacional de la Universidad para la Paz. Ana es autora y compiladora de una impresionante cantidad de libros académicos y ensayísticos publicados en México, Italia, Japón, Perú y la Argentina; con su prosa exacta, tersa, inteligente, se ocupó también de uno de sus grandes fervores, el tango, sobre el que escribió libros tales como Fueye y melancolía y Tango. Tratado de las pasiones, alabado por el mismísimo Horacio Ferrer.
Antes de la UNLa, la vida de Ana Jaramillo se desarrolló, como la de tantos argentinos y argentinas, inmersa en los vaivenes propios de nuestra historia reciente. Tuvo una niñez entre dos mundos, Italia y la Argentina, Nápoles y Buenos Aires: además de la bella lengua del Dante, los años de infancia y primera adolescencia cerca del monte Vesubio le legaron un vínculo amoroso con Italia, las inflexiones del dialecto napolitano, la imprescindible cultura latina y también el nexo de nuestra casa de altos estudios con instituciones universitarias de la Campania y de toda la bota itálica.
Ya estudiante universitaria y comprometida desde el vamos con las causas justas, durante la dictadura Ana Jaramillo tuvo que abandonar la licenciatura en Filosofía —otra de sus grandes pasiones— e irse del país portando no mucho más que a su hijita, sus libros, y algo de ropa. Recaló finalmente en México, país que, como a tantos y tantas compatriotas, la recibió con los brazos abiertos. En el DF Ana estudió Sociología e integró los grupos de exiliados de toda América Latina que trabajaban para ayudarse entre sí y para que los largos kilómetros que los separaban de casa no fueran tan dolorosos. Reinstaurada la democracia en la Argentina, al cabo de siete años volvió al país orgullosa de su condición de Argen-Mex y profundamente agradecida con los hermanos mexicanos que le habían dado cobijo a ella y a su pequeña.
En el año 97 llegó el momento de abrir las puertas de la UNLa. Pero la creación había empezado mucho antes, apenas establecida su fundación por ley, en 1995. En ese tiempo Ana Jaramillo encontró el lugar perfecto para que funcionara la institución donde miles de hijos e hijas de trabajadores iban a convertirse en la primera generación de universitarios de sus familias; un lugar que es, a su vez, símbolo de trabajo y de crecimiento en otro tiempo del país: los talleres del Ferrocarril del Sud y luego línea Roca.

Fue gracias a su imaginación y a su gestión, a su esfuerzo y, principalmente, a su férrea voluntad, que hoy la Universidad Nacional de Lanús cuenta con más de diez hectáreas de espacios verdes con edificios icónicos y un paisaje único e intensamente verde; un campus abierto no solo a los estudiantes sino también a la comunidad que lo rodea. Fue idea de Ana destinar los eneros a los niños mediante un programa recreativo, deportivo y educativo que recibe a cientos de nenes y nenas hasta los 12 años en el momento en que los cursos de la Universidad se encuentran en receso de verano. Como una de las pensadoras nacionales más importantes del país, fue ella quien introdujo el Pensamiento Nacional y Latinoamericano en nuestras aulas y construyó un espacio para honrar a los veteranos y los caídos de Malvinas. Ana Jaramillo trajo la necesidad imperiosa de la memoria, de la verdad, de la justicia y del respeto a los derechos humanos a nuestras actividades universitarias y a las carreras de grado y de posgrado. Recuperó de un pasado oscuro los nombres de hombres y mujeres que aportaron sus saberes a la construcción de un pensar autónomo y auténticamente nacional, y con ellos denominó a los edificios de la Universidad. Desde su indudable inserción en el territorio lanusense miró siempre más allá, guiada por el sueño de la Patria Grande; una enorme Patria solidaria, unida y, sobre todo, latinoamericana.
Tener a Ana Jaramillo como rectora fue un privilegio. Su capacidad de gestión fue a la par de su amor a la docencia. Su creatividad y su tesón hicieron que en un cuarto de siglo el campus pasara de ser un gran terreno colmado de desechos del ferrocarril, con algunos pocos árboles y edificios prácticamente en ruinas, a una universidad vital, moderna y fantásticamente parquizada de la que todos y todas estamos orgullosos.
Estar cerca de Ana nos marcó. Ella nos contagió su pensamiento filosófico y su poder de reflexión. Así como dio cátedra a miles de estudiantes, también de ella aprendimos nosotros, sus colaboradores: no se limitó a transmitirnos que “es posible transformar las cosas” como una mera ideología: nos lo demostró de la manera más concreta, con hechos, no con palabras. Con honesta generosidad, nos invitó a formar parte de un proyecto que es mucho más que un proyecto educativo: es un proyecto de vida para miles y miles de jóvenes; una universidad que, aún sin ella, no para de crecer en un momento en que el país sufre y atraviesa una de las peores crisis de su historia.
Y junto con todo esto que parece la descripción de una heroína de nuestro tiempo, o de una figura de dos dimensiones imposible de encontrar en la realidad, hay una Ana íntima. Una Ana que se ríe, que se divierte, que ama tocar tangos en su bandoneón y que es profundamente humana —no solo humanista— en todos los sentidos del término.
Ni en mis sueños más ambiciosos podría haberme imaginado que esta mujer que conocí en Uruguay de una manera completamente fortuita —bailando, sí, porque además de todo, Ana baila— iba a cambiar para siempre mi vida y mi manera de ver las cosas.
Te quiero mucho, Ana. La Universidad jamás sería lo que es si no hubieras compartido con nosotros 25 años de tu vida. Tampoco yo.
“Escribimos para custodiar el legado de las mujeres que nos inspiraron y nos abrieron el camino, y para iluminar el camino de las que vendrán. Escribimos porque durante demasiado tiempo, la historia de las mujeres faltó de los libros de historia, en casi todos, y también en los de Lanús”, dijo Karina Nazábal, impulsora y compiladora del libro.


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