“Contrariamente, la actitud realista, inspirada en el positivismo, desde Santo Tomás a Anatole France, me parece hostil a todo género de elevación intelectual y moral. Le tengo horror por considerarla resultado de la mediocridad, del odio, y de vacíos sentimientos de suficiencia. Esta actitud es la que ha engendrado en nuestros días esos libros ridículos y esas obras teatrales insultantes. Se alimenta incesantemente de las noticias periodísticas, y traiciona a la ciencia y al arte, al buscar halagar al público en sus gustos más rastreros; su claridad roza la estulticia, y está a altura perruna.”

André Breton.

Positivismo Administrativo

Cuando el “trámite” está por encima de lo tramitado; cuando el “resultado” pesa más que el proceso; cuando la forma eclipsa al fondo; cuando el contenido importa menos que el continente; cuando el producto es más importante que lo producido; cuando la estadística esconde a las personas… está siendo reproducida una de las artimañas ideológicas más perversas inoculadas por el capitalismo para “enseñarnos” a “ordenarnos”… a dar los pasos “correctos”, a construir con “informes” y con “estadísticas” la mascarada de la nadería y la nómina de los inútiles.

Como si fuésemos ingenuos (o incapaces de aprender de nuestras derrotas) ciertos herederos del positivismo nos repiten, con orgullo, los “grandes logros administrativos” de las burocracias en todos los niveles y en todas sus deformaciones. Parece ser un “deporte”, de alto esmero, reproducir acríticamente las escuelas (y las secuelas) de los modelos “administrativos” hegemónicos y se rinde pleitesía al modelo epistemológico dominante en las corrientes ideológicas opresivas donde el positivismo se actualiza con formatos “modernizados”. Harvard, Cambridge… al servicio del Consenso de Washington Administrativo. Y muchos de sus servidores ni se enteran.

Comte, Spencer y Mill desarrollaron su método para subordinar el conocimiento social y llevar a la sociedad, y sus relaciones, a una etapa “científica” o “positiva”. Tuvo cierto impacto revolucionario que se agotó con sus propias premisas. Se trata de un sistema filosófico para el cual el “método científico” (su idea de método científico) es la forma única que los seres humanos tienen para adquirir, y manejar, conocimientos. En la base de tal filosofía está la preponderancia de la observación y la experimentación para establecer reglas de funcionamiento “claras” capaces de regular las relaciones de la sociedad moderna, es decir  “científica”. Para ello Ducrocq, Macarel, Goodnow, Bremond y Di Bernardo apuraron líneas de pensamiento con normas para todo y en todo… desde el cobro de impuestos, los comportamientos del Estado, la regulación de las relaciones de producción, la justicia, el modo y la dinámica de los poderes o los límites entre lo público y lo privado. “Pero la crítica del positivismo (…) nos enseña todavía algo más sobre esa no identidad, algo que atañe fundamentalmente a la función del pensamiento crítico: irreductible al conjunto de posiciones que sostenemos frente a la sociedad, crítica es la perseverante reflexión –política y epistemológica a la vez- sobre los modos en que participamos en ella; y que no se reducen al pensamiento (…)[1].

En su lógica de la administración esos “positivistas”, enterados o no de la ideología que los formatea, ensayan todos los recetarios para la manipulación de las conductas sociales, es decir, para manipular lo político. “Vigilar, controlar y castigar” a la historia, a la sociología, a la antropología, al derecho y a la psicología. Suelen refugiarse en el discurso de lo cuantitativo. Su éxito se basa en el fracaso de la ética puesto que es una lógica de lo administrativo incapaz de entender la dialéctica de los fenómenos sociales ni el derrotero que siguen los hechos históricos que, en sus regularidades y leyes, exigen formas muy creativas y dinámicas de la administración participativa, comunitaria, democrática y no concentrada en cúpulas de “genios”. En las filas de la “administración positivista” han ocupado sitial de relevancia los sistemas de cómputo (u ordenadores) sobre el supuesto de que expresan, con nitidez e infalibilidad, la regularidad de procesos de ordenación debido a la concentración del poder (información) que los hace necesarios. Hay que cuestionar a fondo a la “teoría del conocimiento” de la Administración Positivista, para que no se escape al escrutinio de lo factual ni pretenda justificar leyes o consensos de control represivo infiltrado en sus rutinas procedimentales. De ninguna manera hay aquí un alegato contra la tecnología, sí por el contrario lo hay contra las matrices ideológicas que la fetichizan como herramientas de subordinación social.

Una administración como la positivista, infiltrada en la vida cotidiana de instituciones diversas, opera para moralizar lo estéril con su lógica del orden y con narrativas tendenciosas cuyos ideales mediocres, basados en el disciplinamiento social, producen asimetrías económicas, sociales y políticas muy al gusto de las oligarquías. Frente a los dogmas de la Administración Positivista el usuario no tiene derecho alguno, el destino se reduce a “obedecer la normativa”. El Positivismo que se ha infiltrado, triunfante, no reconoce democracia en los trámites. Todo es verticalismo y uniformidad sistematizados por unas “leyes” del orden redactadas por ellos mismos, y que cumplen cuando y como ellos quieren. La normatividad por encima de la humanidad.

La Administración Positivista es una coartada enemiga de las “democracias”, sustituye en el mundo los derechos humanos fundamentales con “normatividades” capaces de interferir en el destino de todos, con más efectividad aún que una fuerza del orden represivo “tradicional”. Es una mascarada contra la democracia, infestada con procedimientos, trámites y fetiches “ordenadores” donde se camuflan todos los nuevos “pequeños asesinatos” del burocratismo que atenta contra la democracia misma. Basta con verlos en la fila de cualquier trámite o en las normas de las más insignificantes de las burocracias. “Positivistas, entonces, son dos posiciones totalmente contradictorias entre sí: la idea de una ciencia independiente, que concibe los intereses extracientíficos como periféricos a la ciencia, y la idea de una ciencia totalmente instrumental, que ha renunciado a problematizar su propia participación y utilidad sociales”.[2]

La Administración Positivista es un nuevo oscurantismo de los saberes, de la inteligencia artificializada, que es un arma ideológica de dominación con retórica de “Derecho” donde se crean identidades falsas revestidas de esa racionalidad formalista que ahoga las necesidades de la inteligencia humana en pantanos de papeleos. El tramiterío reverencial insaciable, subordinado, deshumanizado y camuflado con ayuda de las máquinas fetichizadas.

Cinco razones (al menos) para alertarnos frente ese Positivismo:

1.- Siguen siendo odiadores seriales de la Filosofía, las Humanidades y las Ciencias Sociales.

2.- Tan pronto te descuidas desaparecen de las curriculas la Historia, las Letras y las Artes.

3.- Hoy son tecnócratas compulsivos y su epistemología oculta es el dinero, los cargos de privilegio y el poder.

4.- No interpelan al capitalismo, no debaten sobre las causas profundas de las miserias humanas.

5.- Son adoradores de la técnica y la tecnología. Dogmáticos de las máquinas y del tecnologismo a-crítico. “Benjamin en una carta dirigida a Horkheimer en 1940, donde le presenta su trabajo como “una primera tentativa de fijar un aspecto de la historia que debe establecer un corte irremediable entre nuestra manera de ver y las sobrevivencias del positivismo que […] demarcan tan profundamente incluso aquellos conceptos de Historia que, en sí mismos, son para nosotros los más próximos y los más familiares.” Citado por Pablo Oyarzún en “Cuatro señas sobre experiencia, historia y facticidad” [3]. Es un debate que nos debemos.

Ellos sostienen (entre otras cosas) que una máquina no miente pero, en la moral del administrador positivista y en su lógica del orden, puede inferirse una fascinación perversa por el control de las vidas sin solicitar consensos. Por eso se desliza como “sentido común”, como “parte del paisaje”, como si fuese natural el artificio más perverso ideado por las oligarquías para normativizar las conductas de los pueblos. Que piensen, que actúen fuera de la inteligencia de sus luchas emancipadoras y se sometan al orden artificial del burocratismo positivista. Por tanto, el positivista infiltrado que “administra”, se siente Dios, enriquecido por la fe de un método de gestión, también sobrenatural, por la creencia en su perfección técnica. Es un oscurantismo difícil de desmitificar porque se arma de evangelios “legales” y conductas a-históricas. Las administraciones positivistas no pueden resolver los problemas humanos porque pretenden sustituir al verdadero sujeto de cambio de la Historia por sistemas que adulteran el poder social organizado. Y los tenemos infiltrados por doquier.

La vida está en otra parte. Está en la comunidad que lucha, en todos los frentes y a toda hora, para organizarse y reclamar su derecho inalienable al desarrollo sin los obstáculos del burocratismo. En el estado actual de la humanidad, con los escenarios que evidencian hartazgos y, al mismo tiempo, esperanzas emancipadoras, una rémora de infiltrados positivistas opera en las entrañas mismas de las organizaciones más avanzadas. Eso debería ser un alerta suficiente, siempre. No son casos aislados y es de necesidad mayor identificarlos, debatirlos y superarlos. Para que dejen de impedir el desarrollo libre de las inteligencias.


[1] Dra. Gisela Catanzaro https://ri.conicet.gov.ar/bitstream/handle/11336/3867/CONICET_Digital_Nro.5148_A.pdf?sequence=2&isAllowed=y

[2]https://ri.conicet.gov.ar/bitstream/handle/11336/3867/CONICET_Digital_Nro.5148_A.pdf?sequence=2&isAllowed=y

[3] En Benjamin, W.: La dialéctica en suspenso. Santiago de Chile, Arcis-LOM, 1996, p. 68.

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