Quizá no haya forma más ingrata de comenzar una semblanza que con una comparación, pero tal vez valga la pena. Juan Pablo I, quien condujo a la Iglesia solo durante 33 días en 1978 fue bautizado como “el Papa de la Sonrisa”. De Francisco, el argentino Jorge Mario Bergoglio, se han dicho muchas cosas y se lo ha calificado de mil maneras, aunque quizá la más justa pueda ser la de “el Papa de los Abrazos”.
La fe en Flores
No hay registro y solo tenemos su relato. Jorge había nacido en Flores en 1936, el barrio en el que creció, estudió y jugó al fútbol como lo hacían todos los chicos porteños de aquellos años. Tenía casi 20 años el día de septiembre en que fue llamado, como le dicen los católicos a la experiencia —personal, íntima— en la que se convencen de dedicar su vida a la vocación religiosa.
“Sentí que tenía que entrar a la Iglesia de San José de Flores. Había un cura confesando y sentí como que alguien me agarraba y me llevaba”, contó Francisco. Luego fue al seminario, fue sacerdote y más tarde ocupó diversos cargos dentro de la Compañía de Jesús. Fue obispo, cardenal y Papa. Pero toda esa carrera no tiene otro comienzo que ese sentirse agarrado y, tal vez, abrazado.
Poner el cuerpo
Los memoriosos recuerdan los artículos periodísticos propalados al día siguiente de su elección como Papa, en los que se lo acusaba de haber entregado a sacerdotes de su orden a las garras de la represión. Las investigaciones posteriores no solo deslindaron su responsabilidad en esos casos, sino que señalaron a las publicaciones como parte de una conspiración de los sectores conservadores de la Iglesia para desacreditarlo.
En cambio, se acumularon testimonios sobre intervenciones suyas que salvaron vidas. En tiempo como los actuales, de negacionismo creciente, se pueden recordar sus palabras: “En Argentina fueron más de 30 mil. Siempre defendí el derecho a la verdad sobre lo que pasa, el derecho a una sepultura digna, el derecho a encontrar los cadáveres. En Argentina se sigue haciendo. Es un derecho, no solo de la familia, sino de la sociedad. La sociedad no puede sonreír al futuro teniendo a sus muertos escondidos. Nunca vas a tener paz con un muerto escondido”.
Ambiente y fraternidad contra el modelo del descarte
“Nada de este mundo nos resulta indiferente”, escribió en su primera encíclica, Laudato si’, casi anticipando la impronta de su ministerio. Ese documento, que habla de la tierra como una “madre bella”, fue innovador al sacar de un silencio eclesial milenario —que se extendió casi ininterrumpidamente desde San Francisco de Asís hasta el siglo XXI— al necesario “cuidado de la Casa Común”.
Fue el impulsor de agendas silenciadas. Por ejemplo, se reunió con los pueblos originarios de América del Sur y reiteró aquello que ya había suscrito en el documento de Aparecida, cuando era cardenal: denunció sin matices a quienes atentan contra sus formas de vida. También fue a Lampedusa, la isla italiana a la que llegan los hombres y mujeres africanos que arriesgan su vida para buscar una vida mejor en Europa, pero que muchas veces la pierden en el tránsito del Mediterráneo. Visitó el Muro de los Lamentos, pero rezó ante el muro que segrega a los palestinos. En ese viaje a Israel, se abrazó a dos amigos: un religioso musulmán y un rabino.

El huérfano
Era un día más. Francisco daría una charla para nenes que se preparaban para la primera comunión, un hito importante para quienes profesan la fe católica, y todo estaba preparado para una ronda de preguntas y respuestas. Sin más de diez años, un chico se acerca al micrófono pero, en vez de hablar, rompe a llorar. El Papa lo abraza, lo contiene, lo escucha en privado, como lo haría un abuelo. Luego de pedirle permiso, cuenta esa charla íntima: ese pequeño había tenido un padre ateo que, antes de morir, le había pedido que fuera a catequesis. El chico tenía miedo de que su padre estuviera en el infierno; Francisco lo consuela diciendo que su padre era una persona justa, que Dios no abandona a sus hijos cuando son buenos, y concluye: “Dios seguramente está orgulloso de tu papá”.
Por esos días, el cardenal alemán Gerhard Müller dijo que Francisco había “generado confusión” con ese gesto y que le tendría que haber dicho a ese nene que lloraba “que no se podía saber si su padre estaría o no en el cielo”.
La escena y la respuesta son una pintura de la Iglesia en la que Francisco se movía: una institución en la que hasta los chicos lloran con temor al infierno, en la que los cardenales prescinden del amor y del abrazo. Eso también fue sacudido hasta los cimientos por el jesuita.
Sociales
En algunos ámbitos históricamente anticlericales, las fotos de los Papas solo entran para ser acompañadas de frases como “la única Iglesia que ilumina es la que arde”. Pero un buen día, cerca del final, su imagen apareció sonriente entre las mesas de militancia estudiantil en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. No se trataba de un homenaje institucional, sino del reconocimiento de los jóvenes que —aún sin creer o creyendo en otras revoluciones— no podían dejar de sentir que se estaba yendo alguien que luchaba contra la desigualdad, que había caminado en el barro de las villas porteñas. Allí estuvo muchos meses Francisco convirtiéndose también en un ícono de las resistencias del tercer mundo.
Hasta luego
Lo habían internado y reapareció un par de veces: en una, casi sin voz, para agradecerles a los médicos; en la otra, en silla de ruedas, en poncho y camiseta. Delegó misas y tuvo un último baño de multitudes en San Pedro, el domingo de Pascua. Le quedaban pocas horas en este mundo; como dicen los católicos, estaba preparando su viaje “a la casa del Padre”. Pero así, frágil y agotado, quiso saludar a su pueblo, al que doce años antes había sorprendido desde el balcón pidiendo que lo bendijeran en silencio.
Sus últimas palabras no fueron memorables: pidió perdón por las molestias que ocasionaba a sus asistentes. Tampoco las necesitaba: dejaba atrás un legado del que aún no tenemos perspectiva, pero del que nos quedan sus abrazos.


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