“Para esa recuperación del espíritu nacional es necesaria también la conquista de la independencia económica de nuestra Patria para materializar de forma efectiva la independencia política de la república (…) mientras ello no se logre, todo ha de ser ficticio, porque el coloniaje económico importa al vasallaje político, y porque el imperialismo capitalista interfiere la vida de los pueblos en su desmedido afán de lucro”.

Juan Perón

Qué los parió a los gringos. Una gran siete. Navegar tantos mares. Venirse al cuete. ¡Qué digo venirse al cuete!”

(Canción: La Vuelta de Obligado, compositor: Miguel Agustín Brasco.

Popularmente conocida por la interpretación de Alfredo Zitarrosa, 1966)

  1. El contexto geopolítico (1806-1845)

El historiador José Luis Speroni (Buenos Aires, 1964) resalta dos acontecimientos lejanos que se vinculan a la agresión británica de 1806-1807 en el Río de la Plata, pero que también dan inicio a una estrategia que va a seguir el imperialismo británico a lo largo de los años. Los acontecimientos a los que refiere son el triunfo de Nelson sobre la flota franco-española en Trafalgar en octubre de 1805, lo que deja a Gran Bretaña con el dominio absoluto de los mares; y por otro lado, Napoleón derrota a la Coalición de Austerlitz (Reino Unido, Austria, Rusia, Nápoles y Suecia) en diciembre de ese año, logrando así que Francia se quede con el dominio centro-europeo, consolidando su dominación continental. De esta forma, Gran Bretaña va a utilizar como puntal su poder naval para asentar y consolidar su desarrollo, dominio y posición. El Almirantazgo británico había diseñado anteriormente una política que apuntaba al logro del dominio de los mares, bajo la noción de que con este lograría ser dueña de las rutas de navegación, y a partir de ese control, lograrían el dominio del mundo, “valiéndose de este medio el Reino Británico se convirtió en el Imperio Británico.[i]

Esa estrategia, la consideración británica de ser garante del libre comercio y su política balcanizadora sobre nuestro continente, es lo que se hace presente en la batalla que analizamos aquí: la Vuelta de Obligado.

La obturación del proyecto de la Patria Grande y el estallido en un mosaico de naciones, van de la mano con la política de impedir nuestra posibilidad de ser realmente independientes, rompiendo todo proyecto de desarrollo autónomo como el caso de la Confederación liderada por Juan Manuel de Rosas (1852) o del Paraguay de Francia y los López (1864-1870). Resulta significativo que lo que pretenden entre sus objetivos las potencias coloniales es quebrar la posibilidad del desarrollo industrial de nuestros países, y la imposición del libre comercio y el “primitivismo agropecuario”. No casualmente el filósofo y pensador nacional, Juan José Hernández Arregui (Pergamino, 1913-1974) apunta que un país sin industria no es una nación plenamente soberana, afirmando que “sin industrialización no hay independencia económica base de la soberanía nacional. Y sin soberanía nacional no hay autonomía cultural.[ii]

Así, la Batalla de la Vuelta de Obligado se inscribe como una expresión más del largo y violento proceso de expansión del capital mercantil motorizado por los sectores burgueses del Atlántico Norte.

El filósofo nacional Alberto Buela (Buenos Aires, 1946), afirma que con la llegada de los europeos a las Américas en 1492 arribaron también dos cosmovisiones (formas de entender/comprender el mundo): una mercantil, liberal, materialista, y otra, cristiana, humanista y sincretista[iii]. En ese sentido, podemos afirmar que el acontecimiento inaugura el ciclo de acumulación de riquezas (recursos: metales preciosos, especies, minerales) que terminará por afianzar al sector comercial y mercantil —burgués—, frente al sector “de la tierra”: los reyes y nobles feudales de Europa del Norte.

El poder económico de los burgueses termina por manifestarse en poder político desde 1688 con la Revolución Inglesa, dando inicio a otro ciclo, de consolidación y construcción del armazón político burgués: República moderna o Estado Liberal de Derecho, que podríamos dar por concluido en la Revolución Francesa de 1789. Con la represión de los franceses a los revolucionarios haitianos (1791-1804) podríamos afirmar que se inicia un nuevo periodo, marcado por las guerras de conquista de los grandes Estados Nación Imperiales del Atlántico Norte (Francia, Inglaterra, Holanda, Bélgica, y luego, Estados Unidos) a los demás Estados y Naciones del planeta, motorizando las rencillas internas o inmiscuyéndose en las decisiones de “las periferias” como ha ocurrido en el caso del Río de la Plata durante los tiempos de la Batalla de la Vuelta de Obligado. Esta fase de la expansión imperial bien podríamos extenderla hasta la Gran Guerra de 1914-1918. Como puede observarse, parafraseando a Jauretche, una cosa es pensar con la cronología y los acontecimientos trascendentales de otros (Edad Antigua, Edad Feudal, Edad Moderna, Edad Contemporánea) y otra distinta, es pensar con una cronología que repase los acontecimientos que nos han afectado a nosotros.

En varias oportunidades el filósofo Aleksandr Dugin (Moscú, 1962) ha tratado el tema y lo ha asociado, por ejemplo, a la relación que tiene Argentina con el mar Atlántico y las islas sobre las que tiene soberanía, las Malvinas. Su compromiso con el tema y sus visitas al país lo han constituido como un pensador nacional en el sentido que lo entienden autores tales como Leopoldo Marechal[iv] o Manuel Ugarte[v], quienes sostienen que un pensador nacional es aquel que quiere y hace querer a nuestra tierra. En una conferencia dictada por Dugin en la Escuela Superior de Guerra Conjunta de las Fuerzas Armadas Argentinas, Dugin define al Atlantismo como la idea de civilización que propusieron y proponen las potencias del Atlántico Norte, con centro en Gran Bretaña primero y en Estados Unidos después. Afirma Dugin: “Es capitalismo puro porque el capitalismo aparece en la historia de Occidente junto con el periodo de los descubrimientos en las colonias y el descubrimiento más importante del mar. El mar deviene un destino para Occidente y, desde este momento, empieza el capitalismo; la modernidad; la ciencia moderna; la metafísica moderna con su sujeto racional, con su idea del progreso.[vi]

Vale destacar que si bien Gran Bretaña había transformado su estrategia de dominación en Suramérica, desde una directa hacia una indirecta con el célebre Memorial de Castlereagh (de mayo de 1807), eso no impide que tenga agresiones concretas tales como la ocupación colonial de Malvinas (1833), o bien la Vuelta de Obligado.

Gran Bretaña decide atacar al Plata luego de la denominada “guerra del opio” que comienza en 1842. Muy brevemente, la cuestión radicaba allí en que el Emperador de China se negaba a que los ingleses siguieran llevando opio a China por el flagelo que estaba causando en la población el consumo del mismo. Así, los ingleses deciden, más aún después de que el Emperador destruyó unos fardos de opio, intervenir militarmente. Cruentas batallas terminan finalmente con China cediendo a las pretensiones británicas, debiendo indemnizar a los comerciantes cuyo opio había destruido, pagar los costos de la guerra y además ceder la isla de Hong-Kong. Ese triunfo decidió a los ingleses, esta vez acompañados por los franceses, a venir al Plata.

La intervención colonialista en la Vuelta de Obligado, se encuentra también ligada al control de los puertos y las aduanas. Las potencias extranjeras no quieren que la Banda Oriental se integre a la Confederación como una provincia más. Se dominaría los dos puertos. Es necesario mencionar, como otro ejemplo más, que la división entre los orientales surge en 1836 como desenlace de un conflicto latente entre las fuerzas comandadas por Fructuoso Rivera, Comandante General de Campaña, y quienes promovían, como Manuel Oribe, una organización nacional integrada al acontecer de los vecinos federales del Río de la Plata, sin injerencias del Imperio del Brasil ni de las potencias imperiales extranjeras. Rivera, en cambio, se encontraba íntimamente vinculado a los unitarios que motorizaban la desvinculación entre Buenos Aires y las provincias, además de participar desde 1835 con los liberales brasileños que promovían la independencia como República de la Provincia de Rio Grande Do Sud (Guerra de los Farrapos o Revolución Farroupilha desarrollada entre 1835-1845). En consecuencia, Rivera, aficionado a guerras de segmentación, mantuvo durante buena parte de su vida una relación estrecha con los enviados diplomáticos de Francia e Inglaterra, quienes veían en él un instrumento para romper cualquier iniciativa de unidad entre las provincias hermanas. En octubre de 1842 Oribe derrota a Rivera, y en 1843 pone sitio a Montevideo (hasta 1851). Los sitiados dirigidos por Rivera y Paz pueden sostenerse por tantos años ya que Francia e Inglaterra cooperan con los sitiados desde sus barcos. Rivera acude a los franceses, ingleses, y hasta a un grupo de italianos y mercenarios comandados por el caudillo liberal Giuseppe Garibaldi. La alianza extranjera y estratégica diseñada por Rivera termina venciendo a Oribe, posibilitando el control del gobierno a los colorados. Tras la derrota, Oribe, en cambio, se alió con los federales de la Confederación para intentar volver al gobierno oriental.  

Establecer el contexto sobre el que se ha desarrollado la Batalla de la Vuelta de Obligado supone —debido a una Historiografía Argentina que ha estado históricamente signada por el interés de facción, la colonización cultural e ideológica y la anglofilia hasta hoy imperante en muchos de los espacios académicos[vii]—, tanto una lectura sobre lo que se entiende por “modernidad” como una concepción sobre la idea de Nación, nacionalismo y nacionalidad. No casualmente el historiador José María Rosa (Buenos Aires, 1906-1991) afirma que es la batalla más heroica de nuestra historia, a la cual la historia liberal solo le dedica dos o tres renglones. Es tan poca atención, dice, porque la historia argentina que se ha enseñado hasta ahora no es la de nuestra nacionalidad, sino la de nuestro coloniaje. La historiografía oficial no es nacional porque las colonias —en nuestro caso informal— no tienen su propia historia. Por eso sostiene que la historia nacional, la historia del pueblo, o contada desde el pueblo, emerge de los núcleos nacionales que se plantean construirla desde nuestro propio interés y no desde la visión del extranjero[viii].

Inglaterra y Francia avanzan por nuestros ríos por el solo derecho de ser naciones fuertes. Piensan que la Confederación no podrá impedirlo. Estos dos países consideran que la soberanía es solo de los países fuertes. Cabe destacar que los ríos de Francia e Inglaterra eran de exclusiva soberanía pero los de los países débiles eran para la libre navegación de las naciones comerciantes. Querían demostrar en los hechos la libre navegación[ix].

El pensador nacional Arturo Jauretche (Lincoln, 1901-1974), elige justamente las lecturas unitarias y liberales de esta batalla para explicar, en su Manual de Zonceras Argentinas (1968), la zoncera N° 8 sobre “La libre navegación de los ríos”. Escribe Jauretche: “En la escuela primaria no era de los peores alumnos y contaba con cierta facilidad de palabra, motivos por los que frecuentemente fui orador de los festejos patrios. En uno de esos había bajado de la tarima, pero no de la vanidad provocada por los aplausos y felicitaciones, cuando mi satisfacción empezó a ser corroída por un gusanito. Entre las muchas glorias argentinas que había enumerado estaba esta de la libre navegación de los ríos, y en ella empezó a comer el tal gusanito. El muy canalla —tal lo creí entonces— me planteó su interrogante, tal vez aprovechando lo vermiforme del signo:

—“¿De quién libertamos los ríos?

Y enseguida, como que ya estaba perplejo, agregó la respuesta:

—“De nosotros mismos. ¡Je, je, je! —agregó burlonamente. 

—“¿De manera que los ríos los libertamos de nuestro propio dominio?” —pensé yo de inmediato, ya puesto el disparadero por el gusano. Y continué — “Pero entonces, si no eran ajenos sino nuestros, ¿se trata sencillamente de que los perdimos?”. Busqué entonces algunos datos y resultó que era así: la libertad de los ríos nos había sido impuesta después de una larga lucha en la intervinieron Francia, Inglaterra y el Imperio de los Braganza [Brasil]. Y lo que no se había podido imponer por las armas en Obligado, en Martín García [combate de 1838 entre la Confederación y la flota francesa aliada de Rivera], en Tonelero, por los Imperios más poderosos de la Tierra, fue concedido —como parte del precio por la ayuda extranjera— por los libertadores argentinos que aliados con el Brasil vencieron en el campo de Caseros [Urquiza, Sarmiento, Mitre] y en los tratados subsiguientes.[x]

Destacamos aquí que en el Río de la Plata, desde al menos 1809, se habían desatado una serie de políticas librecambistas, potenciadas en los tiempos de Bernardino Rivadavia (1820-1828). En aquella época, Rivadavia tuvo la ferviente oposición de Manuel Dorrego: no es casual entonces que aquel que defendió la manufactura y los talleres locales terminara fusilado en los campos de Navarro por la “espada sin cabeza”. La batalla se produce durante la segunda gobernación de Juan Manuel de Rosas en la provincia de Buenos Aires, que además recordemos, tenía el cargo de Encargado de las Relaciones Internacionales de toda la Confederación Argentina. En su segunda gobernación iniciada en 1835 (y luego de que en la primera, 1829-1832, sentara las bases con el Pacto Federal), como dice Jauretche: el “Rosas estanciero va cediendo el paso a Rosas el político[xi]. Rosascomienza a aplicar una profunda política nacional de apoyo al desarrollo basándose cada vez más en los sectores populares y expresándolos, con medidas centrales tales como la Ley de Aduanas y la nacionalización del banco nacional.

Teniendo el contexto de análisis y de los acontecimientos históricos vamos a reseñar brevemente, ahora sí, una de las más gloriosas batallas de nuestra historia.

  1. La Batalla de la Vuelta de Obligado, 20 de noviembre de 1845

El 20 de noviembre de 1845 en las aguas del río Paraná, más precisamente a la altura de la localidad de San Pedro, provincia de Buenos Aires, en un lugar en donde el cauce se angosta y gira formando un dibujo sobre su margen derecha conocido como “Vuelta de Obligado”, las fuerzas de la Confederación Argentina lideradas por el Brigadier General Juan Manuel de Rosas (Buenos Aires, 1793-1877) se enfrentaron a la escuadra invasora anglo-francesa integrada por 22 barcos de guerra y 92 buques mercantes[xii]. José María Rosa argumenta que no se estaba allí para ganar la batalla militar necesariamente, sino para mostrarles a los gringos que no se la llevarían de arriba.

Vivian Trías en su sustancioso libro sobre Juan Manuel de Rosas, escribe: La política económica de Rosas, a partir de 1835, contrariaba los intereses ingleses y franceses. […] La prohibición de extraer oro y las incesantes emisiones de papel moneda perjudicaron ostensiblemente a los comerciantes británicos. []. Luego agrega en relación con el conflicto entre Oribe y Rivera, “La guerra es, evidentemente, perjudicial para la arquitectura económica que el imperialismo liberal venía edificando a escala mundial.[xiii]

En sintonía con ese proyecto liberal de dimensión mundial, el 17 de noviembre de 1845 zarpó de Montevideo la flota anglo-francesa que debía abrir el río Paraná para el comercio de las potencias imperialistas. La misma estaba integrada por 22 barcos de guerra más un centenar de mercantes ingleses, franceses, norteamericanos, sardos, hamburgueses y daneses. Al mando se encontraban los almirantes Francois Thomas de Trehouart (Francia) y Sir Charles Hotham (Inglaterra). 

Para impedir el paso de las naves, las tropas de la Confederación Argentina habían instalado en la Vuelta de Obligado baterías, cadenas y trincheras comandadas por el general Lucio Norberto Mansilla (Buenos Aires, 1792-1871). La defensa de los patriotas atravesaba el río con 24 buques mercantes “arrasados” unidos entre sí por tres gruesos y fuertes lienzos de cadenas de ancla. Además, se había dispuesto, como batería flotante y defensa, el bergantín “Republicano”. El general Mansilla además, en la ribera derecha del río montó cuatro baterías artilladas con 30 cañones, muchos de ellos de bronce, con calibres de 8, 10 y 12, siendo el mayor de 20, los que eran servidos por una dotación de 160 artilleros. La primera batería, denominada “Restaurador Rosas”, estaba al mando de Álvaro José de Alzogaray; la segunda, “General Brown”, al mando del teniente de marina Eduardo Brown, hijo del almirante; la tercera era la “General Mansilla”, comandada por el teniente de artillería Felipe Palacios; y la cuarta, de reserva y aguas arriba de las cadenas, se denominó “Manuelita” y estuvo al mando del teniente coronel Juan Bautista Thorne. En las trincheras había 2000 hombres, la mayor parte gauchos asignados a la caballería, al mando del coronel Ramón Rodríguez, jefe del Regimiento de Patricios. También participaron tropas del 2º batallón de Patricios.

Al amanecer del 20 de noviembre, cuando la niebla se disipó, los oficiales franceses e ingleses ordenaron el ataque. Mansilla grita allí una arenga que presagia la gesta: “¡Miradlos! ¡Allí los tenéis! Considerad el insulto que hacen a nuestra Patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!”[xiv]. Hacia las 18 horas del 20 de noviembre la lucha cesó. Las bajas argentinas sumaron 250 muertos y 400 heridos, mientras que las de los invasores, cerca de 30 muertos y 86 heridos. La lucha de los gauchos de la Confederación obligo a inmovilizar la flota invasora por más de 40 días en el lugar de la batalla; además, en el viaje de regreso, la escuadra imperialista fue atacada nuevamente[xv]

Cabe recordar que el general José de San Martín (por entonces en el exilio francés), le había ofrecido sus servicios a Rosas en 1838 contra la primera agresión (francesa), como asimismo, con su salud quebrantada, había manifestado que esa agresión era la más injusta de que haya habido ejemplo”[xvi], y que en su testamento expresa: “el sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido, al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataron de humillarla”. Y que, años más tarde, Rosas recordando este gesto del Padre de la Patria, en el suyo manifestara: “Yo, Juan Manuel de Rosas, a su ejemplo, dispongo que mi albacea entregue a su Excelencia el señor Gran Mariscal, presidente de la República paraguaya y generalísimo de sus ejércitos, la espada diplomática y militar que me acompañó durante me fue posible defender esos derechos, por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido y sigue sosteniendo los derechos de su Patria».

Una línea de continuidad se traza, un “puente” entre el pensamiento del mariscal Solano López, Juan Manuel de Rosas y San Martín, al menos en torno a dos cuestiones: la defensa de la soberanía de la Patria y el proyecto de desarrollo nacional.

Conmemorar hoy el 20 de noviembre entendemos significa recordar a los hombres y mujeres que dieron su vida a lo largo de estos doscientos años para que seamos un país plenamente soberano, libre de toda dominación extranjera adopte la forma que adopte. Al tiempo que tener presente que estos procesos de emancipación fueron continentales, de la Patria Grande, y por la justicia social. Por eso, este acto de rememoración no debe quedarse en el inmovilismo, sino que debe movilizar los espíritus. Como decía el “Pepe” Rosa, poner las pasiones del pasado al servicio de las presentes. La historia es rectora y sirve en tanto nos pueda orientar en la conformación de una política nacional. En este sentido Ernesto Palacio sentencia: “la historia ha de ser viviente, estimulante, ejemplificadora, o no servirá para nada”, y en todos los rincones de la Patria empieza a emerger el grito que corroe los cimientos de la dependencia: “PATRIA SÍ, COLONIA NO”.


[i]Speroni, José Luis. (1983). La real dimensión de una agresión. Una visión político estratégica de la intervención británica a América del Sur. 1805-1807. Buenos Aires: Círculo Militar, pp. 24.

[ii] Hernández Arregui, Juan José. (1973). Imperialismo y cultura. Buenos Aires: Plus Ultra, pp. 291-292.

[iii]Buela, Alberto, El sentido de América (seis ensayos en busca de nuestra identidad), Buenos Aires, Theoría, 1990.  

[iv]Marechal, Leopoldo, Heptamenón [1966], Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1966.   

[v]Ugarte, Manuel, La Nación Latinoamericana [Selección de textos], Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978

[vi]Dugin, Aleksand, Geopolítica Existencial. Conferencias en Argentina, Buenos Aires, Nomos, 2018, p. 31.

[vii]Di Vincenzo, Facundo, “La Colonización Historiográfica. Reflexiones acerca de una historia moderna y contemporánea para América Latina y el Caribe”, en Revista Viento Sur, Remedios de Escalada, Año VII, Remedios de Escalada, Lanús, Buenos Aires, Número 19, diciembre 2018. http://vientosur.unla.edu.ar/index.php/la-colonizacion-historiografica/

[viii] Rosa, José María. (1967). Estudios revisionistas. Buenos Aires: Sudestada.

[ix] Ibídem.

[x]Jauretche, Arturo, Manual de Zonceras Argentina, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor, 1968, pp. 77-78. 

[xi] Ortega Peña, Rodolfo y Duhalde, Eduardo L. (1975). Felipe Varela contra el Imperio Británico. Buenos Aires: Schapire, pp. 238.

[xii]Cady, Jhon, La intervención extranjera en el Rio de la Plata (1838-1850), Buenos Aires, Losada, 1945; Scalabrini Ortiz, Raúl, Política británica en el Rio de la Plata. Páginas de la Historia tenebrosa de un pasado político, Buenos Aires, Ediciones Hechos e Ideas, 1950: Rosa, José María, Historia Argentina. Tomo V: “La Confederación (1841-1852)”, Buenos Aires, Oriente, 1965; Halperin Donghi, Tulio, Argentina. De la Revolución de la independencia a la Confederación rosista, Buenos Aires, Paidós, 1972; Colli, Nestor, Rosas y el bloqueo Anglo-francés, Buenos Aires, Editoria Patria Grande, 1978.      

[xiii]Trías, Vivían, Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1974, pp. 181-182.     

[xiv] Mansilla, Lucio. Cit. en Rosa, José María. (1967). Estudios revisionistas. Buenos Aires: Sudestada, pp. 45-46.

[xv] Cady, Jhon, La intervención extranjera en el Rio de la Plata (1838-1850), Buenos Aires, Losada, 1945; Scalabrini Ortiz, Raúl, Política británica en el Rio de la Plata. Páginas de la Historia tenebrosa de un pasado político, Buenos Aires, Ediciones Hechos e Ideas, 1950: Rosa, José María, Historia Argentina. Tomo V: “La Confederación (1841-1852)”, Buenos Aires, Oriente, 1965; Halperin Donghi, Tulio, Argentina. De la Revolución de la independencia a la Confederación rosista, Buenos Aires, Paidós, 1972; Colli, Nestor, Rosas y el bloqueo Anglo-francés, Buenos Aires, Editoria Patria Grande, 1978.      

[xvi] Carta San Martín. Cit. en Galasso, Norberto. (2000). Seamos libres y lo demás no importa nada. Buenos Aires: Colihue, pp. 551.

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