En 2026 se cumplen ochocientos años de la muerte de San Francisco de Asís, una de las figuras más influyentes del cristianismo. Ocho siglos después de que el “Poverello d’Assisi” muriera en la pequeña capilla de la Porciúncula, su vida y su mensaje conservan una vigencia sorprendente. No se trata solo de un santo del pasado, sino de una voz que continúa interpelando al mundo contemporáneo en cuestiones tan urgentes como la pobreza, la paz y el cuidado de la creación.
Nacido en la ciudad de Asís, en Umbria (Italia), hacia 1181, Giovanni di Pietro di Bernardone, quien más tarde sería conocido como «Francesco» o San Francisco de Asís, creció en un ambiente acomodado por ser hijo de un próspero comerciante de telas. Durante su juventud llevó una vida despreocupada, marcada por celebraciones, sueños de gloria caballeresca y activa vida social en función de su renombre familiar[1]. Sin embargo, una serie de experiencias, la enfermedad, la guerra y, sobre todo, su encuentro con los pobres y enfermos, transformaron radicalmente su horizonte vital.
El episodio decisivo tuvo lugar en la iglesia de San Damián, donde, según la tradición, escuchó la voz de Cristo que le pedía “reparar su casa”. En un primer momento, Francisco interpretó estas palabras de manera literal, dedicándose a restaurar templos en ruinas. Pero pronto comprendió que la renovación a la que era llamado era más profunda: una transformación espiritual de la Iglesia y de la sociedad.
Su gesto más emblemático fue la renuncia pública a la riqueza familiar. Ante el obispo de Asís, se despojó de sus vestiduras y devolvió todo a su padre, eligiendo una vida de pobreza radical. Desde entonces fue conocido como “Il Poverello d’Assisi”, el pequeño pobre o pobrecito de Asís, y comenzó a vivir según el Evangelio, predicando la paz, la penitencia y la fraternidad.

En 1209 fundó la Orden de los Hermanos Menores, aprobada por el papa Inocencio III. Su propuesta era sencilla pero profundamente disruptiva: vivir sin posesiones, trabajar con las propias manos y anunciar el Evangelio a través del ejemplo. En una época marcada por el poder y la riqueza eclesiástica, su mensaje representó una auténtica revolución espiritual.
Las fuentes que narran su vida —especialmente las hagiografías de Tommaso da Celano y San Buenaventura— contribuyeron a construir una imagen que combina historia y simbolismo. En ellas aparecen episodios que marcaron profundamente su legado, como su predicación a los pájaros o el célebre encuentro con el lobo de Gubbio, relatos que reflejan una visión del mundo basada en la armonía entre todas las criaturas[2].

Esa relación singular con la naturaleza alcanzó su expresión más alta en el Cántico de las criaturas, compuesto hacia el final de su vida. Considerado uno de los primeros textos literarios en lengua vulgar, antecesora del italiano actual, el poema presenta una visión profundamente original: el universo entero como una fraternidad en la que el sol, el agua, el fuego y la tierra son “hermanos” y “hermanas”. Lejos de un simple lirismo, esta perspectiva encierra una teología de la creación que hoy resuena con especial fuerza.
Otro de los episodios centrales de su vida tuvo lugar en 1219, cuando Francisco viajó a Egipto en plena Quinta Cruzada para encontrarse con el sultán Al-Malik al-Kamil. En un contexto dominado por la violencia religiosa, su gesto representó una apuesta audaz por el diálogo y la paz. Este encuentro, más allá de sus resultados inmediatos, simboliza una actitud que desbordaba las fronteras culturales y religiosas de su tiempo[3].
En los últimos años de su vida, marcados por la enfermedad y el sufrimiento, Francisco profundizó aún más su identificación con Cristo. En 1224 recibió los estigmas, convirtiéndose en el primer caso documentado de este fenómeno. Dos años más tarde, en octubre de 1226, murió en la Porciúncula. Según las crónicas, pidió ser colocado desnudo directamente sobre la tierra, en un último gesto de fidelidad a la pobreza que había abrazado.
Su figura no tardó en adquirir una dimensión universal. Fue canonizado rápidamente, y su imagen inspiró a artistas como Giotto di Bondone, quien representó su vida en un célebre ciclo de frescos. También dejó una huella profunda en la literatura: Dante Alighieri, quien se inspiró en la vida y obra de San Francisco, le dedicó un canto entero en la Divina Comedia, presentándolo como un “faro de la humanidad”[4].

Ochocientos años después, su legado sigue vivo. La elección del nombre pontificio del papa Francisco en 2013 reavivó el interés global por su figura (ver Remembranza y Elogio). Inspirado en el santo de Asís, el pontífice insistió en la necesidad de una Iglesia austera para los pobres y en la urgencia de cuidar la “casa común”, como expresó en su encíclica Laudato Si’, cuyo título remite directamente al cántico franciscano.
El aniversario de 2026 no es solo una conmemoración histórica. Las celebraciones jubilares en Asís invitan a redescubrir una forma de vida basada en la sencillez, la fraternidad y el respeto por toda criatura. En un mundo atravesado por desigualdades, conflictos y crisis ecológicas, el mensaje de San Francisco aparece no como una reliquia del pasado, sino como una propuesta radicalmente actual.
Su vida recuerda que la verdadera transformación no comienza en las estructuras, sino en las decisiones personales. Que la paz exige coraje. Y que la pobreza, entendida como libertad frente a la acumulación, puede convertirse en una forma de plenitud. Tal vez por eso, ocho siglos después, San Francisco de Asís sigue siendo no solo un santo, sino un signo incómodo y necesario para nuestro tiempo.
[1] Jacques Le Goff, Francesco d’Assisi, Edizioni Biblioteca Francescana, Milano 1998, págs. 127-128.
[2] Tommaso da Celano, Vita prima S. Francisci, Analecta Franciscana X, Quaracchi 1926-1941, págs. 3-115.
[3] Chiara Frugoni, Francesco e l’invenzione delle stimmate. Una storia per parole e immagini fino a Bonaventura e Giotto, Einaudi, 1993.
[4] David Flood, Francisco de Asís y el movimiento franciscano, Aránzazu, Oñati 1996, págs. 229-230.

Hacer Comentario
Haz login para poder hacer un comentario