El crucero junto con un gemelo, el “Boise”, fue construido en los EE.UU. y botado el 12 de marzo de 1938 con el nombre de “Phoenix”. Después de servir a la marina de ese país, en 1951 la Argentina compró ambos cruceros y el 12 de abril de ese año se realizó en la Base Naval de Filadelfia la afirmación del pabellón argentino; el USS Phoenix pasó a llamarse ARA «17 de Octubre» y el USS Boise, ARA «9 de Julio». Ambos cruceros iniciaron en la Armada Argentina una de las etapas de modernización más importante en la historia de los medios y tácticas navales. Los sistemas del buque eran sofisticados y complejos, y brindaban posibilidades muy superiores a las habituales. Como tantas otras cosas, en 1955 el nombre del “17 de octubre” fue cambiado y desde entonces se denominó ARA “General Belgrano”. En 1969 fue designado buque insignia de la Flota de Mar.

Después de varias décadas de prestar servicio en tiempos de paz, al desatarse el conficto armado por Malvinas en 1982 el crucero recibió la orden de estar en condiciones de zarpar cuanto antes; esto significaba multiplicarse para apoyar al arsenal, recibir a nuevos tripulantes, desembarcar material prescindible y realizar tareas que pasaron a tener prioridad absoluta, tales como transformar la enfermería del buque en un verdadero hospital. El 16 de abril el crucero dejó tierra hacia el teatro de operaciones con una tripulación de 1093 hombres, compuesta por 56 oficiales, 627 suboficiales y marineros, 408 marineros conscriptos y el comandante del buque. Iban también los hermanos Ávila, dos civiles que oficiaban de cantineros, que decidieron seguir en el buque a pesar de no tener la obligación de permanecer a bordo en caso de guerra.

 

El ataque

En la tarde del domingo 2 de mayo, el crucero General Belgrano navegaba por el Atlántico sur en medio de olas de 8 metros de altura. El pronóstico meteorológico auguraba más lluvias y vientos huracanados.

El buque se encontraba a 35 millas al sur de la zona de exclusión determinada unilateralmente por Gran Bretaña alrededor de las islas cuando, a las cuatro de la tarde, fue atacado por el submarino nuclear Conqueror de la Armada británica. De inmediato la nave se sacudió violentamente: una poderosa explosión, seguida del cese inmediato de energía e iluminación paralizó a los 1093 tripulantes. Cuando parecía que el buque se elevaba por el aire, desde proa se produjo una segunda explosión: al caer la gran columna de agua, hierros y maderas se descubrió la falta de 15 metros de buque. Inmediatamente comenzó la inclinación a babor y un penetrante olor acre inundó el aire. Cesó la fuerza motriz y se apagaron las luces. La generación eléctrica de emergencia se inutilizó. El personal subió desde el interior del buque hacia la cubierta principal entre chorros de vapor y petróleo. Muchos transportaron sobre sus hombros a camaradas heridos y rescatados en un marco de incendios, inundaciones, enclaustramiento, oscuridad y pedidos de auxilio. Los médicos y enfermeros solo podían atender los casos graves y se reservaban las aplicaciones de morfina. La inclinación del crucero aumentaba 1º por minuto: a las 16:10 el buque ya estaba escorado 10º a babor y el casco se hundía con mayor incidencia de popa. Había 72 balsas salvavidas -de las cuales 62 eran las necesarias y el resto eran de reserva-, las cuales se arrojaron al agua. A las 16:18 la inclinación alcanzaba los 20° y el petróleo sobre la cubierta hacía difícil caminar sobre ella: había que aferrarse a la estructura del buque para no golpearse o caer al mar. Aparte de cuidar de sí mismos, algunos se trasladaban con materiales tales como radios de emergencia, brújulas, elementos de situación astronómica, bolsas de sanidad. A las 16:20 la situación tendió a agravarse y se llegó a un punto de no retorno. Fue entonces cuando el comandante dio la orden de abandonar el buque; paradójicamente, la rápida inundación evitó que los incendios afectaran las santabárbaras y complicaran más la situación. Diez minutos después la escora había descubierto parte del casco de la nave. A las 16:35 la popa sumergida y la gran inclinación hacían temer una vuelta campana. Cuando ya nada quedaba por hacer a bordo, ni por los hombres ni por el buque, el comandante se arrojó al agua; previo a ello lo hizo un suboficial que permaneció con él hasta el último momento; ambos nadaron hasta un grupo de balsas que los esperaban, enfrentando el riesgo de ser absorbidas por el barco al hundirse. Faltaban diez minutos para las cinco de la tarde cuando el crucero alcanzó una escora de 60°. De su interior salía un denso humo blanco. El anochecer avanzaba y la visibilidad disminuía bajo la lluvia.

A las 17 horas, mientras el crucero se hundía suavemente, desde muchas de las balsas incomunicadas entre sí por el temporal y la oscuridad se alzó un único grito: “¡Viva la Patria! ¡Viva el Belgrano!”. Trescientos veintitrés héroes se habían ido con él: 200 de ellos tenían entre 19 y 20 años. El ataque al crucero General Belgrano provocó la mitad de las pérdidas de vidas de soldados que dejó como saldo la guerra por la recuperación de las islas.

 

 

Fuente: Gesta de la Guerra de Malvinas | Veteranos de Guerra, República Argentina; en el portal http://www.armada.mil.ar/; 10/04/17.

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