Pedro Wasiejko ha sido el dirigente de uno de los gremios más importantes del sector del neumático a partir de su trabajo en Bridgestone, firma de origen japonés con una característica muy poco habitual en la Argentina: la participación de los trabajadores en las utilidades de la empresa. Esta situación, que coincide con el artículo 14 bis de la Constitución Nacional reformada en 1994, es aún inédita en la Argentina, ya que más allá de este caso nunca se ha puesto en funcionamiento.
Por esta razón, la experiencia de los trabajadores de Bridgestone es una experiencia original si se la compara con el 99% de las empresas: resulta, además, muy relevante en este momento histórico del país en que se avasallan, como pocas veces antes, los derechos de los trabajadores.
“La prioridad era sostener la fuente de trabajo —dice Pedro Wasiejko—. En los años 90, con la convertibilidad de Menem y Cavallo, empezaron a desaparecer empresas y puestos de trabajo. Se venía una crisis muy fuerte que terminó explotando en diciembre de 2001. En ese momento, el sector del neumático tenía cuatro grandes fábricas: Fate, Goodyear, Bridgestone y Pirelli. Todas atendían el mercado interno y algo de exportación. La crisis llevó a que las empresas buscaran reducir costos laborales: en todo el sector productivo se achicaron beneficios y convenios colectivos. En Bridgestone ganábamos aproximadamente un 35% más que en Fate y en Pirelli. Eso tenía que ver con que empresas globales como Bridgestone, Michelin o Goodyear intentaban mantener salarios relativamente similares en todos los países donde operaban. Pero llegó un momento en que la empresa planteó que así no podía seguir. En ese momento la experiencia de Goodyear fue clave —continúa Wasiejko—. Allí el gremio rechazó cualquier reducción y terminó aceptando el cierre. Hoy, si uno recorre Hurlingham, encuentra un verdadero cráter social producto del cierre de esa planta. Nosotros, en Bridgestone, entendimos algo fundamental: la prioridad era mantener la fuente de trabajo”.
“Un sindicato no hace la revolución”
“Tuvimos discusiones muy duras con nuestros compañeros —sigue relatando Pedro Wasiejko—, nadie quiere aceptar retrocesos. Pero un dirigente sindical tiene que pensar estratégicamente. Yo vengo de una formación de izquierda, pero tengo claro que desde un sindicato no se hace ninguna revolución. El sindicato tiene que defender salarios, derechos y condiciones laborales, pero también tiene que garantizar que exista el sector productivo donde trabajan sus compañeros. Si la planta cierra, no queda nada. Entonces negociamos. La empresa quería una reducción cercana al 35%. Finalmente aceptamos una baja promedio del 15%, pero conseguimos otras condiciones. Reincorporamos sectores tercerizados al convenio, la doble indemnización para quienes se iban, la cobertura de obra social durante un año, indemnización parcial para quienes permanecían, y… una participación en las ganancias. También pedimos participación en el directorio, aunque eso no prosperó.
La empresa japonesa Bridgestone tenía otra cultura laboral. En Japón existe una relación mucho más estable entre empresa y trabajador. Si alguien se enferma o se accidenta, no lo despiden al año como ocurre muchas veces aquí. Hay una lógica distinta de compromiso mutuo. Nosotros les dijimos: ‘Si participamos de las pérdidas, queremos participar de las ganancias’, y les pareció razonable. Acordamos que, por encima del 6% de ganancias netas, un tercio del excedente fuera distribuido entre los trabajadores.
Desde 2001 esta cláusula se cobró siete veces, y en tres oportunidades fueron montos muy importantes. La primera vez, en 2004, prácticamente compensó toda la pérdida salarial que habíamos aceptado durante la crisis. Según Forbes, los montos que trascendieron públicamente fueron por ejemplo, en 2022, alrededor de $730.000 por trabajador, pagados en dos cuotas de $365.000. En 2023, sobre el ejercicio 2022, fue alrededor de $1.225.000 a $1.300.000 por trabajador. En 2025 se informó un pago total cercano a $990.000, con una segunda cuota de $625.000. Si hablamos de pagos realizados en 2025, lo publicado habla de unos $990 mil. En el período anterior (2023/2024), el monto había rondado los $1,2 a $1,3 millones.
Cuando se cortaron las exportaciones y llegaron las políticas de Milei, se produjo la tormenta perfecta. Esto obliga también a una autocrítica sindical porque lo más importante para un trabajador es tener empleo. Cuando una conducción sindical pierde de vista eso, las consecuencias son graves. La Argentina necesita discutir seriamente un proyecto industrial. No podemos vivir solamente de exportar commodities agrícolas, energía o minerales. Necesitamos industria y salarios altos. Australia tiene salarios muchísimo más altos que los nuestros y, sin embargo, tiene un mercado interno fuerte. Una empresa industrial debería generalizar la participación de los trabajadores en las ganancias, porque ese dinero vuelve al mercado interno y eso fortalece la economía. Es muy valiosa esta experiencia porque demuestra que puede existir cooperación entre trabajadores y empresarios”.

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