La defensa de los derechos humanos y las políticas de memoria, verdad y justicia son uno de los pilares de nuestra universidad desde su nacimiento. Hitos como la plaza de los Derechos Humanos, el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo, el mural de Estela de Carlotto en el jardín Azucena Villaflor, son algunas de las expresiones visibles de este ideario, que enmarca y acompaña la vida cotidiana de la comunidad universitaria. Desde esta certeza, también, la UNLa ha editado dos importantes libros de arte con estas temáticas, y también ha presentado, a lo largo de los años, diversas muestras artísticas en las que los derechos humanos, la memoria, la verdad y la justicia han sido los temas convocantes de la obra de pintores, grabadores y escultores de extensa trayectoria en el arte argentino e internacional; a ellas se sumaron, en años recientes, exposiciones tales como Visible / Invisible – Tres fotógrafas durante la Dictadura militar en Chile —con los trabajos de Leonora Vicuña, Helen Hughes y Kena Lorenzini, realizados durante la dictadura de Augusto Pinochet— y la reedición actualizada de Identidad, originalmente inaugurada en 1998 en el Centro Cultural Recoleta.
Con la propuesta de hacer un breve racconto hablamos con Rubén Borré, artista y gestor cultural, y durante varios años asesor en artes visuales de la Universidad. “Ana Jaramillo apoyó mucho todas esas muestras —dice sobre nuestra ex rectora fundadora—. Venía a todas las inauguraciones, incluso algunas veces venía a pintar, con ese espíritu militante de los 70”.
¿Cuántas muestras se hicieron relacionadas con la memoria y los derechos humanos?
Yo creo que hicimos entre diez y quince, casi una por año, a lo sumo cada dos años. Hicimos muestras y además hechos que aún hoy están en el campus de Remedios de Escalada: Leo Vinci, por ejemplo, donó Presencia, una pieza que está frente al edificio Juana Manso, un homenaje a los detenidos-desaparecidos. Ahí mismo en el Manso, contra el rincón que da al camino, hay una pieza de Carlo Marchesotti, Mar Argentino II, por todos los caídos en Malvinas: esa obra fue Primer Premio Nacional y al año siguiente ganó el Gran Premio. También en el edificio Manso hay una obra de Enrique Azcárate en relación con los derechos humanos, que fue Primer Premio en el Salón de Mar del Plata.
¿Cuáles fueron los libros de arte editados con estas temáticas?
Ventana a la memoria y Derecho a la memoria. El primero se hizo a los treinta años del golpe cívico-militar de 1976. Ahí invitamos a diferentes pensadores y escritores a escribir sobre derechos humanos, y también a artistas para que ilustraran esos textos: entre ellos Luis Felipe Noé, Carlos Alonso, Antonio Pujía, Hermenegildo Sábat, Daniel Santoro, Norberto Onofrio, a quienes fuimos a ver, uno por uno, para invitarlos a participar. Antonio Seguí, por ejemplo, nos envió un trabajo desde Francia. Muchas de esas obras ahora son patrimonio de la Universidad, porque los artistas las donaron a la UNLa.
¿En qué momento se hizo Derecho a la memoria? Llama la atención que la tapa sea Sin pan y sin trabajo, la obra emblemática de Ernesto de la Cárcova…
Sí, en este caso fui al Museo de Bellas Artes y pedí autorización para utilizarla, la cual me dieron por escrito. Hay una anécdota muy interesante en relación con esa obra: cuando le fui a pedir un trabajo a Carlos Alonso, me dijo «Dejame buscar porque te voy a dar algo muy especial”, y efectivamente me dio una pieza que publicamos por el final del libro, llamada Con pan y con trabajo que es una relectura de ese cuadro. Este libro lo hicimos en 2009, cuando se cumplió un aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos del año 48. Se hizo a partir de una sugerencia de Ana Jaramillo: yo le propuse poner los treinta artículos de la Declaración, y ella dijo “Sí, pero hay muchas cosas que faltan”, y se puso a enumerarlas: “Ahí no se habla de la infancia, de las comunidades originarias…”, y nombró varias cuestiones más. Entonces empezamos a buscar cosas que no estaban en la Declaración de los Derechos Humanos, e invitamos a los autores a escribir sobre ellas. Fue muy interesante, participaron también artistas extranjeros, como el comisario de la Bienal de Derechos Humanos de Cataluña. Tanto Ventana a la memoria como Derecho a la memoria se agotaron y fueron premiados en un evento para editoriales universitarias.
Con respecto a las muestras, ¿hubo alguna que te conmoviera particularmente?
30.000 homenajes, “el mural de los cuadraditos”, fue una de ellas. El proyecto empezó en una charla de café con Jorge González Perrín, que dijo “Basta de que solo los pintores participen, hay que decirle a la gente que mande un dibujito en un papel de 5 x 5 centímetros y armar un mural con la gente”. Empezó a difundirlo, y fueron llegando dibujos de todo el país en cartas de Salta, de Jujuy, de todas las provincias. Fue impresionante, se juntaron miles. Un día lo hablamos con Ana porque iba a ser un mural muy grande, y ella propuso que lo pusiéramos frente a la biblioteca Puiggrós, para que lo vieran los chicos y las chicas que iban a consultar libros. Pasó también algo muy emocionante: antes habíamos hecho una muestra sobre los detenidos-desaparecidos en el edificio José Hernández, y cuando estábamos colgando las pancartas un estudiante se puso a mirar las fotos, muy conmovido, y nos dijo “Esa es mi mamá y ese es mi papá. Encontré a mis viejos acá”. Lo invitamos a inaugurar el mural de los cuadraditos, y por eso decidimos poner también el retrato de los papás que no tenían que ver, en realidad, con el proyecto original.

Otra muestra también muy fuerte para mí fue Devuelvan a los chicos, que hicimos con mucha colaboración de Estela de Carlotto. Hicimos unos carteles con los retratos de los 500 y pico de bebés y chicos recuperados y de los que faltaban, y después llevamos esas pancartas a la marcha del 24 de marzo en Plaza de Mayo con Estela, la Universidad y el grupo Arte & Memoria, con un cartel enorme que decía “Devuelvan a los chicos”.
También fue muy fuerte y muy importante la muestra de Chicha Mariani en busca de su nieta, Clara Anahí. Cuando fuimos a verla, Chicha nos dijo “Bueno, pero yo quiero armar algunas cosas que quizás para ustedes sean complicadas: quiero armar la casa donde estaban mi hija y mi nieta. En el piso yo quiero dibujar dónde estaba la cocina, dónde dormían, dónde estaba todo, en tamaño real”. Hicimos todo esto en el edificio José Hernández y acompañamos la casa con fotos de la hija, de la nieta, de la casa bombardeada… A la inauguración vino Chicha Mariani, que ya estaba muy grande.
También hicimos una muestra con 110 obras de Norberto Onofrio, muy ligado a los derechos humanos; de Osvaldo Jalil; de José Rueda, un grabador impresionante y artista social que fue Gran Premio Nacional e hizo toda una serie sobre 1492; de Julio Paz, un artista militante de Quilmes que en los 70 tuvo que exiliarse en Milán y nunca volvió al país: él fue quien acogió a Carlos Alonso cuando Alonso tuvo que irse de la Argentina.
En suma, trajimos las obras de grandes artistas que siempre estuvieron relacionados con la militancia por los derechos humanos, y que fueron un poco descartados por las galerías que no quieren, en general, tener obra testimonial que no se vende.
¿Cómo se hace para transformar el horror en arte?
Cuando fue el golpe del 76, yo tenía 26 años. Pintaba y era militante, trabajaba en un proyecto de desarrollo de comunidades en el Ministerio de Bienestar Social, en un área donde estaba el padre Carlos Mugica. Allí armamos un proyecto en Salta y después otro en Formosa, en Laguna Blanca. La propuesta era formar comunidades para que la gente pudiera volver a sus provincias, con todos los servicios necesarios. En Laguna Blanca se llegó a hacer el dispensario, y cuando estábamos por inaugurarlo le pusieron una bomba y lo prendieron fuego. Mi pareja y yo fuimos secuestrados unos días antes del golpe, y cuando nos soltaron estuvimos itinerando por distintos lugares hasta que tuve que salir del país. Así que en toda esa etapa dejé de pintar. Después, ya a la vuelta, fue difícil instalarnos, había que empezar todo de cero. Conseguimos finalmente un lugar y no sé qué se me dio, algo muy loco: me dije “Lo voy a tapar de pintura”. Y me puse a pintar mucho, fuerte, y creo que la pintura fue lo que me salvó.


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